Se reconfiguró la expectativa de una victoria cómoda de Juan Manuel Santos en las elecciones presidenciales después de los resultados electorales del domingo. Cuenta con el apoyo de los liberales, Cambio Radical y su partido de la U, pero el Centro Democrático de Uribe dejó evidencia de su mínimo de votación, el conservatismo quedó en libertad de elegir y las demás candidaturas podrían concertarse para tratar de cambiar el rumbo de la reelección presidencial anunciada.
Como único beneficiario del caudal uribista de este domingo, le llegó la hora al candidato del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga, de probar que puede ser el interprete del mismo respaldo popular que el expresidente Álvaro Uribe demostró en las urnas, al menos para forzar una segunda vuelta que le permita buscar el apoyo del conservatismo y alcanzar una apretada victoria frente a la campaña reeleccionista. Con otros factores, esta es la misma opción en la que quedaron el conservatismo o la Alianza Verde.
También de algún modo, Marta Lucía Ramírez se salió con la suya. A pesar de la disidencia santista que se resiste a respaldar su nombre, la votación de su partido le dio la razón a su reclamo de que una organización política no puede renunciar a su vocación de poder. Sin diluirse en la campaña reeleccionista, quedó con la alternativa de apoyar una alianza válida en caso de no pasar la vara de la primera vuelta.
Sin embargo, tendrá que superar la división de su colectividad, que sólo puede favorecer la campaña reeleccionista. Si algo extraordinario sucede y la propuesta de Marta Lucía Ramírez toma rumbo, su ascendente uribista podría resultar favorable a su suerte política. Sería una particular encrucijada para triunfar en el escenario de los estrechos márgenes, pero si el conservatismo sostiene su candidatura y logra pasar la primera vuelta, no es descartable una victoria azul.
El candidato de la Alianza Verde escogido este domingo, el exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa Londoño, ha perdido tantas veces que ya sabe lo que tiene que trasegar para alcanzar una victoria. Lo cierto es que al margen del caudal electoral alcanzado por su colectividad en las elecciones legislativas, los votos depositados en su favor para la nominación presidencial constituyen un resultado atípico que vale a la hora de sumarse con propiedad al debate por la jefatura del Estado.
Enrique Peñalosa es un dirigente con argumentos, que suele equivocarse en algunas decisiones políticas, pero que tiene con qué enfrentar cualquier debate sobre la conducción del Estado. En otras palabras, nada pierde con intentar su paso a una segunda vuelta. No obstante, tiene el panorama más complejo de todos: la menor votación y la división interna de la Alianza Verde, con una base importante de opinión que respalda su nombre, pero también una amplia franja de electores que lo resiste.
Expresiones en las urnas como la votación alcanzada por la politóloga Claudia López en el Senado o la abogada Angélica Lozano en la Cámara, prueban que sí existe un caudal electoral de voto espontáneo, que bien canalizado puede ser determinante. La tarea de Enrique Peñalosa es cómo ser el líder de esa corriente de inconformes con la política tradicional y abrirse paso con ellos para pasar a la segunda vuelta. Ya después, convencer con un verdadero centro de quehacer político con electores independientes.
El otro camino de inconformidad es el voto en blanco, que tuvo un registro importante este domingo, pero que aún es insuficiente para que tenga la trascendencia que buscan sus promotores. Se ha rumorado que puede ser la bandera del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, sobre todo en caso de que su permanencia en el poder decline. Las encuestas dicen que es posible y la realidad indica que un asunto son los comicios legislativos y otro los presidenciales. En el juego de las probabilidades también cuenta.
Todo podría cambiar entonces si hay alianzas, pero con las fichas actuales en juego, el punto de partida es admitir que el favorito hoy es el presidente candidato Juan Manuel Santos. El proceso de paz es su bandera y a pesar de la oposición del uribismo o de las críticas de los conservadores, son más las voces de quienes quieren jugársela porque no siga existiendo en Colombia una política en la que la carrera por la Presidencia dependa de los vaivenes del conflicto armado.
En esa medida, tras la jornada electoral de este domingo, Santos ratificó que está adelante en la competencia electoral. Lo respalda un amplio frente de su Unidad Nacional, cuyos partidos demostraron, a pesar de los pataleos del uribismo, su poder en las urnas. Además, tiene en su mano la llave para seguir negociando con las Farc en La Habana, clave factor electoral, a pesar de que llega al Congreso con los suyos el mayor opositor a que ese diálogo se haga al precio de la impunidad.
En cuanto al Polo Democrático y la Unión Patriótica ya son, con cuentas claras, candidaturas de honor. Primero tendrían que unirse alrededor de un mismo proyecto de izquierda, y después, buscar otras fórmulas para fortalecer una candidatura de segunda vuelta. De lo contrario, su norte parece condicionado a respaldar el proceso de paz sin plegarse a Santos, o remotamente apoyar a Peñalosa o a Marta Lucía Ramírez, los eventuales palos de la contienda electoral.
La reelección presidencial en primera o segunda vuelta ya está servida, pero la política es dinámica y siempre es posible que algo pueda pasar. Después de los resultados electorales de este domingo, en la casa santista no hay temporales a la vista y el refuerzo vicepresidencial es de talla: Germán Vargas Lleras, quien también tiene argumentos y sobrada experiencia para conseguir votos. Además, jugando de local a la hora de cantarles la tabla a las Farc, así el proceso de paz de Santos sea hoy su causa.
Ya se sabe quiénes van a conformar el Congreso para el cuatrienio 2014-2018 y con qué bancadas para forjar alianzas. Entra en su recta final el debate político con dos meses cruciales de campaña en los que, como ya muchas veces en los últimos tiempos, la paz o la guerra vuelven a pesar a la hora de las decisiones. Esta vez, con un ambiguo proceso de paz a bordo, que tendrá muchas pruebas de fuego este año de transición y muchos detractores y defensores en el nuevo mapa político que dejaron las elecciones.
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