Familiares de desaparecidos recorren esa montaña de escombros antes de que comience la excavación.
Cada que María Graciela Builes da un paso en La Escombrera de la comuna 13 de Medellín, donde estaría enterrado su hijo hace más de una década, siente que sus piernas tiemblan, la invade un escalofrío por dentro, pero saca fuerzas y continúa.
La acompañan nueve mujeres, familiares de desaparecidos. Caminan tomadas de la mano sobre esa montaña de escombros, antes de que la Fiscalía empiece la búsqueda de sus muertos.
Sus pies se hunden entre el pantano, se detienen y cierran los ojos. Rezan el Padre Nuestro y le piden a Dios que les ayude a encontrarlos. Cada una lleva la fotografía de su ser querido con el nombre y la fecha de su desaparición forzada.
Gloria Amparo Urrego también llega a La Escombrera, pero no la puede caminar. Con fuerza empuja la silla de ruedas en la que se desplaza por culpa de una bala que le rompió la columna vertebral hace 13 años, justo en la época más temible de la comuna, cuando la guerra le quitó familiares, amigos y vecinos.
El lodo salpica su ropa, la silla se queda atrapada, pero las viudas y madres la ayudan a continuar.
Las guía el antropólogo forense Jhon Freddy Ramírez, quién liderará la excavación que iniciará mañana para buscar a 95 desaparecidos. Pero nadie tiene certeza de cuántos restos hay enterrados allí.
Mientras caminan, él les promete que no habrá riesgo de perder ni un solo hueso: “Tendremos mucho cuidado en la excavación y verificación para que no se nos pase nada”.
–¿Cuánto tardará la identificación de nuestros hijos? ¿Tendremos que esperar más tiempo?– pregunta María.
–Si encontramos restos, vendrá otro grupo de la Fiscalía, los llevará al laboratorio y acelerará el proceso de identificación– responde el antropólogo.
–¿Qué pasará con las prendas que encuentren?– continúa la madre.
–Se enviarán al laboratorio para analizarlas y se las mostraremos a ustedes para que las identifiquen. Si nadie las reconoce, permanecerán en la Fiscalía hasta que alguien lo haga–contesta.
El investigador tiene una retroexcavadora de juguete en sus manos, se agacha y la pone a andar en el terreno para mostrarles cómo será el trabajo.
Les dice que la máquina es liviana y que no dañará los huesos. Solo se usarán durante el primer mes para remover 3.000 metros cúbicos de material, mientras que otros 21.000 metros cúbicos se retirarán de manera manual con pico, pala, palustres y brochas.
Eso tranquiliza a las mujeres, que continúan su camino en esa pila de escombros que en una década se formó con bloques de cemento, tejas, latas y vidrios que volquetas arrojaban allí sin importar que hubiese presencia de cuerpos.
Mientras María camina a paso lento, cuenta su historia y rompe en llanto. Recuerda que la semana que su hijo desapareció los paramilitares del bloque Cacique Nutibara le dijeron que no lo buscara más vivo.
Entonces María esculcó cada bolsa de basura arrojada en su barrio, Belencito Corazón. Buscaba a su hijo, quería descubrir su paradero, pero estaba aterrada, también tenía la esperanza de que siguiera vivo. Tiene la fotografía de Jesús, su hijo, colgada del cuello. En el retrato dice que desapreció el 6 de enero del 2002, cuando tenía 22 años.
Fue a Medicina Legal, a los cementerios de la ciudad y a otros barrios de la comuna 13, pero no lo encontró.
Tocó casi todas las puertas de Belencito, hasta que al fin una mujer le dijo que los paramilitares se lo llevaron esposado para La Escombrera con la cabeza empapada de sangre, y que mientras él caminaba, lo empujaban y lo chuzaban con una navaja en el estómago.
En los siguientes días la madre, desesperada, detenía todas las volquetas que iban a arrojar material a La Escombrera, le mostraba a los conductores la fotografía de Jesús y les preguntaba si lo habían visto. Nunca encontró nada.
En sueños, María escuchó a su hijo decirle: “Mami, usted me va a encontrar”.Ella cree que es un mensaje y por eso está en La Escombrera, el único lugar de la comuna 13 donde le falta buscarlo.
El antropólogo les asegura que en el momento en que encuentren restos o prendas, las dejarán entrar hasta el lugar a observar la exhumación.
Gloria dice que volverá en silla de ruedas las veces que sea necesario a ese cementerio clandestino. Hará lo posible por encontrar la verdad sobre esas personas que hicieron parte de su vida y que se fueron por culpa del conflicto urbano entre paramilitares y guerrilleros.
Ella recuerda cuando hombres encapuchados se llevaban a los jóvenes amarrados en fila, directo a La Escombrera. Uno de ellos era su hermano.
El forense las acompaña, les dice que no tengan temor a que pase el tiempo sin resultados, que los investigadores no desistirán.
También asegura que paramilitares señalaron tres lugares donde, entre 1999 y 2002, arrojaron a sus víctimas. Y ni así hay certeza de su paradero.
María y las demás mujeres esperan desenterrar la verdad. Con cada hueso que encuentren, reconstruirán la historia de sus desaparecidos, que de ninguna forma será más dolorosa que la incertidumbre de no encontrarlos.
http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/la-escombrera-de-medellin/16182956