Desde su casa, Mejía cuenta que tres balas lo rozaron: una en la mano, otra en el hombro y una última en la frente. Algunas esquirlas penetraron en su sien. Él, una periodista inglesa, una estudiante y el conductor viajaban en una camioneta hacia Valledupar, en la medianoche del jueves pasado, pues Mejía debía cumplir allí con un compromiso médico a las 9 de la mañana. La carretera es bastante transitada a cualquier hora; en esta ocasión, sin embargo, no encontraron tanto tráfico. Llegaron a un punto de nombre Quitafrío en el que un muro de piedra, que bloqueaba la vía, los obligó a detenerse.
En ese momento —recuerda Mejía—, empezaron las ráfagas. El conductor dio reversa en zigzag hasta que varios montículos de arena se lo impidieron. Entonces tuvo que frenar y los seis o siete individuos que atacaban la camioneta —Mejía no recuerda el número exacto— se acercaron y siguieron disparando. Los hombres salieron corriendo de la camioneta a pedir ayuda; las mujeres, con ayuda de los otros dos, salieron y se pusieron boca abajo contra el suelo, al costado del vehículo.
Cuando volvieron con la Policía, ninguno de los atacantes se encontraba allí. Mejía fue trasladado al hospital de Pueblo Bello y luego a Valledupar. La única versión que ha llegado a sus oídos sobre la razón de este ataque es que en esta zona existen grupos civiles armados que se dedican al robo; quizá fueron ellos quienes lo agredieron, quizá lo confundieron. Mejía asegura que ya puso el caso en manos de la Fiscalía, la Sijín y la Policía, pero no ha recibido respuesta ni sabe de ninguna investigación en curso por el hecho.
La comunidad pidió la intervención del Gobierno, el Ministerio del Interior y la Defensoría del Pueblo para esclarecer los móviles del ataque. Mejía, sin embargo, está resignado: “Es común que quede impune”.
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