Si no podemos evitar que las Farc conviertan micrófonos y cámaras en vitrina de proselitismo dirigido a sus militantes, hagamos lo imposible para pensar que lo que digan no es con nosotros. Si creemos que el discurso inaugural de ‘Iván Márquez’ era algo distinto a una arenga dirigida a sus tropas, aceptaríamos lo que pregonan los enemigos del proceso: que las Farc empezaron pateando la mesa.
Las declaraciones de ‘Márquez’ sirvieron más a los enemigos que a los amigos del proceso, organizados en gavillas de desinformación. Para inventarse el fracaso de lo que apenas empieza, se niegan a aceptar que lo que se busca con estas conversaciones no es la paz inmediata y total sino la salida negociada de uno de los actores de la guerra, el más antiguo y obstinado.
Para preservar nuestra confianza, necesitamos no hacerles caso a los discursos exaltados y a las lamentables acciones de fuerza, combustibles del pesimismo. Importan más los acuerdos que llevarían a desmovilización y reinserción de esta guerrilla y un marco jurídico que no podrá pasar por encima del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.
Todo triunfo sortea el riesgo del fracaso. Pero fracasar en este intento no significará cederles la razón a quienes creen que el conflicto se puede acabar por vía militar y con la postración de las guerrillas. Sin embargo, estas deben recordar que la credibilidad que necesitan para el futuro no la obtienen solo entre sus militantes sino entre los ciudadanos, incluso entre quienes repudiaron sus métodos y nunca comulgaron con su ideología, pero estarían dispuestos a darle una generosa oportunidad a la reconciliación.
Si las negociaciones abren escenarios de participación política a exguerrilleros; si el Gobierno les ofrece garantías de seguridad y la sociedad desactiva sus dispositivos de odio y venganza, «la transformación de la estructura del Estado y el cambio de las formas políticas, económicas y militares» no será decisión de la guerrilla desmovilizada sino de los colombianos.
Las Farc no son inocentes de crímenes atroces cometidos en la guerra. Tampoco el Estado, que consintió el fortalecimiento de ejércitos paramilitares con los que hizo la guerra antisubversiva. Este proceso no se hace para que los cabecillas sean extraditados ni para que, abandonados por estos, miles de combatientes entreguen las armas en la puerta de la foto y salgan por la puerta trasera como mano de obra criminal en busca de mercado.
Las partes se sientan para decir la verdad, no para mentirse y mentirnos. Si no existe esa verdad, si de aquí no sale un acuerdo para la reparación moral y material de las víctimas, daremos un paso adelante para que, luego, la rabia y el resentimiento nos empujen dos o tres pasos hacia atrás.
El éxito de este proceso no significará la conquista de la paz sino la desaparición de un poderoso actor de la guerra, pretexto de los criminales en la lucha antisubversiva. Pero parecería que, más que con los guerrilleros, los detractores de este proceso tuvieran una enconada pelea con el presidente Santos, el hombre que, al aceptar la existencia del conflicto y abrir la llave a las conversaciones, les enmendó la plana y la agenda.
Presumen lo mismo que ‘Iván Márquez’ en su discurso: que Colombia es un negocio entre Gobierno y guerrillas y no entre estos y una inmensa mayoría de ciudadanos que decidiremos cuál es la clase de país que queremos una vez se haya cerrado este capítulo del conflicto y se vuelva imperativa la guerra contra injusticias y desigualdades.