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Midiendo el aceite

By 31 de enero de 2013No Comments
Con el secuestro de los dos policías en Pradera, las Farc minan la confianza de la opinión en el proceso, elemento fundamental para que este llegue a feliz término.

El secuestro, el pasado domingo, de dos patrulleros de la Policía Nacional en Pradera (Valle del Cauca), por cuenta de la columna móvil ‘Gabriel Galvis’ de las Farc, ha tenido, como era de esperarse, repercusión en La Habana. Mientras las Farc, representadas por ‘Iván Márquez’, sin renunciar a su acostumbrada indolencia, dijeron desconocer el hecho para luego afirmar que, en cualquier caso, «se reservaban el derecho» a retener prisioneros de guerra, el Gobierno, a través del jefe del equipo negociador, Humberto de la Calle, ha hablado duro y le ha recordado a esta organización, palabras más, palabras menos, que su margen de acción es muy reducido y que este proceso resistirá pocos dardos de este talante.

Un plagio que afecta el buen discurrir de un proceso en el que los colombianos han depositado la esperanza de ver concretado su viejo anhelo de paz. Por esto, pero también porque nada justifica recurrir al secuestro como estrategia, la acción de esta agrupación merece la más severa condena.

Así mismo, es muy importante dejar claro que se trata de un secuestro, como el que padecían los tres ingenieros liberados ayer. Aquí no hay espacio para atenuantes ni eufemismos. Se equivocan las Farc al presentar el hecho como una retención de prisioneros de guerra, como bien les hizo caer en cuenta ayer Human Rights Watch. No hubo rendición tras un combate, los policías fueron abordados mientras llevaban a cabo una investigación. Una vez más, esta organización juega a cumplir las reglas de la guerra solo cuando le conviene; las mismas en las que hoy se escuda son las que desde su perspectiva se evaporan cuando reclutan a menores o siembran minas antipersonas.

Lo ocurrido hay que leerlo a la luz del inobjetable hecho de que la opinión pública tiene en su inmensa mayoría una imagen negativa de los hombres de ‘Timochenko’ y muchos son escépticos frente a qué tan dispuestos están a llegar a un acuerdo. De ahí su estrecho margen. Y no solo esto. Las Farc juegan con candela, pues también exponen su imagen ante la comunidad internacional, que en estos meses han tratado de recomponer.

Cierto es, por otro lado, que las partes acordaron negociar en medio de la guerra. Pero no es menos verdadero que en el terreno existe una inobjetable ventaja por parte de las Fuerzas Armadas, que han permitido que cada vez sean más los colombianos ajenos a las acciones de esta agrupación, realidad que, de nuevo, pone el balón en el terreno de la subversión. Más si a mediano plazo existe la posibilidad de llevar a las urnas su plataforma política. Un estado de cosas que la obliga a dar constantes señales de que está en La Habana para silenciar los fusiles y no en busca de un respiro en una estrategia que no renuncia a la combinación de todas las formas de lucha.

Es menester tener en cuenta también a quienes anhelan ver este río revuelto para comenzar a pescar. Así que estas acciones de la guerrilla terminan siendo muy funcionales a los propósitos de los sectores que ven en el fracaso de los diálogos la piedra angular de su nuevo plan de acción con miras a las contiendas electorales del año entrante. Vaya paradoja.

En suma, con acciones de este tipo, las Farc parecieran querer, como se dice coloquialmente, ‘medirle el aceite’ al Gobierno. Pero las repercusiones que ha tenido su experimento deben hacerles caer en la cuenta de que el motor que mueve la voluntad de paz del Gobierno funciona en gran medida con el lubricante de la confianza de los colombianos en los diálogos. Acciones como esta abren una fuga que puede llevar a que muy pronto las cosas vuelvan a un escenario de un Estado en franca superioridad militar enfrentando a una guerrilla aún más desacreditada.

www.eltiempo.com/opinion/editoriales/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12568506.html
 

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