Están quebradas todas las familias de las zonas cafeteras del país. Desde el pequeño productor, el jornalero, el condutor del jeep, el tendero, todos.
Si usted fuera a misa el próximo domingo a la iglesia de Quinchía (Risaralda) encontraría las bancas desocupadas. Uno que otro fiel, uno que otro desorientado. Pero el grueso de la feligresía, las mujeres de los cafeteros que viven en las veredas y corregimientos no estarían allí. Porque no tienen para pagar el jeep que las lleve a su encuentro con Dios, no por falta de fe.
A don Mario de Jesús, dueño de la finca la Esperanza, en la vereda Buenavista, producir un kilo de café le cuesta más o menos $ 5.800. Como están las cosas hoy, don Mario de Jesús lo puede vender a $ 4.500, precio que ya tiene el subsidio del gobierno (más o menos $ 232 por kilo). Así que ese cafetero, este pequeño productor de Quinchía, técnica y práctica y vitalmente, está quebrado. No tiene con qué comer. ¿Quién más está tan quebrado como la familia de don Mario de Jesús? Las familias de los jornaleros que le ayudaron en la limpia, en la siembra, con el abono, con la fumigación; está quebrada la familia del arriero que saca el café desde la finca hasta donde pasa el jeep; está quebrada la familia del conductor del jeep; están quebradas las familias de los semilleros que producen los colinos; están quebradas las familias de los carniceros; las familias de los dueños de las cafeterías, los almacenes de ropa, los billares; está quebrado hasta el cura, porque no hay quien dé limosna. Está quebrado Quinchía. Están quebradas todas las familias de las zonas cafeteras del país.
La principal zona cafetera del país es una maravilla de la creación nacional. Todo funciona bien. Es un placer viajar por sus carreteras, hablar con sus maestros, con los cafeteros, con la gente de las ciudades. Un placer que no se tiene en otras partes de Colombia. La dignidad que ha infundido la cultura del café es impresionante. Son gente orgullosa de ser campesina. Inteligente e ilustrada. Gente que practica el gran arte de una buena conversación. Gente acostumbrada a un buen vivir que se ha labrado a pulso durante más de 100 años. Y todo aquello gracias a la cultura del café. Entonces, lo que está quebrado en este momento es una cultura entera.
En otros tiempos, la Federación Nacional de Cafeteros hizo esfuerzos impresionantes para solventar ese bienestar. A la Federación le debemos mucho. En esos tiempos, el presidente de la Federación era alguien de la zona cafetera. Que entendía muy bien la cultura del café. A nadie había que explicarle qué era un colino, un beneficiadero, una elda o una despulpadora.
En el momento que escribo esta columna acaba de comenzar el paro cafetero. Estoy en Combia (Risaralda) y me entero de lo que pasa. El presidente de la Federación Nacional de Cafeteros está en el norte de Bogotá. ¿A quién representa el presidente de la Federación?
Es claro que el Gobierno ha hecho un esfuerzo económico enorme subsidiando en algo a los cafeteros. Dice que es un billón de pesos. En caso de que fuera cierto, ese billón de pesos todavía no es suficiente: tienen un déficit de $ 1.300 por kilo. Políticamente, el Presidente puede generar altos niveles de popularidad cuando se ufana de haber dado mucho. En los medios venden esa idea también. Y quienes no conocen la cultura del café también creen que es mucho. Pero ese mucho no es suficiente. Siguen quebrados. Entonces habrá paro cafetero para rato.
Y no será un paro fácil de detener. No lo podrá detener con placebos porque tiene a los cafeteros al frente. Y son gente educada, sobre todo digna. Una dignidad que nos ha dado prestigio internacional. Nos dicen en el mundo entero los ‘cafeteros’. Así le dicen a la selección Colombia, somos el equipo cafetero. Yo me siento del equipo cafetero, como todos los colombianos.
No es un paro de sembradores de cubios (con todo el respeto que merecen). Ojo con eso.
cristianovalencia@gmail.com