La atención de la dirigencia política y de la sociedad se debe concentrar en este momento en encontrar fórmulas que les den tranquilidad a las Fuerzas Armadas en el postconflicto.
Contener el lenguaje con el cual se refieren a las Fuerzas Armadas es, quizás, el mayor reto de los dirigentes de la guerrilla en este momento de negociaciones de paz. La tentación diaria es responder con palabras ofensivas a las referencias duras que hacen los generales o el ministro de la Def
ensa. Mayor tentación aún es el aprovechar los micrófonos para hablar de los cambios que requieren las Fuerzas Militares y de Policía el día en que se firme la paz.
Pero los jefes de las Farc y del ELN no pueden olvidar el papel crucial que juegan los militares en las negociaciones, en el cese de hostilidades que sigue a la firma del acuerdo y en la protección de la guerrilla desmovilizada y desarmada. Mi experiencia y la de mis compañeros en el proceso de paz a principios de los años noventa fueron muy dolorosas y quisiera que las guerrillas de hoy las tuvieran en cuenta.
Siento una punzada en el corazón al hablar de algunos acontecimientos de esa época. En medio de las conversaciones fueron asesinados por una patrulla del Ejército Enrique Buendía y Ricardo González. Cumplían una misión acordada entre el gobierno nacional y la Corriente de Renovación Socialista. Faltó muy poco para que se rompiera el proceso de paz que adelantaba esta fracción del ELN. Pasó lo mismo cuando mataron a Carlos Pizarro en hechos que aún no se han esclarecido.
Fue un verdadero calvario. Nadie quiere recordar. Pero la cifra es aterradora. De los 8.500 guerrilleros que participaron en la paz de los años noventa, 1.100 fueron asesinados en el tiempo de la reinserción. Algunos por agentes del Estado. Otros por las organizaciones paramilitares toleradas o apoyadas por miembros de la Fuerza Pública. Fue así de triste. La cúpula militar y policial tiene que garantizar que esto no vuelva a ocurrir.
Pero los dirigentes guerrilleros deben ayudar al cambio de actitud de los militares. Las palabras de Iván Márquez en Oslo llamando a cambiar la doctrina militar o las declaraciones recientes de Andrés París señalando la urgencia de una reforma a las Fuerzas Armadas crean gran inquietud y rechazo entre los generales y coroneles. El hecho es más delicado si se piensa que la Fuerza Pública se ha convertido en un campo de disputa con quienes se oponen al actual proceso de paz y hacen grandes esfuerzos por crear malestar en las filas.
La transformación de las Fuerzas Armadas será una discusión ineludible después de la terminación de la guerra. El mismo general Sergio Mantilla, comandante del Ejército, lo ha reconocido así, hace apenas un mes, en una intervención ante los medios de comunicación.
La experiencia del país muestra que sin un cambio del estamento militar es imposible construir una paz duradera. En los años noventa se cometió ese error. Se realizó una reforma política y no se tocó el tema militar. Pero el debate sobre este aspecto tan sensible lo deben liderar los dirigentes políticos, los académicos y los propios militares en el momento oportuno. Los guerrilleros tendrían que ser muy discretos en este punto.
Hay más. La atención de la dirigencia política y de la sociedad se debe concentrar en este momento en encontrar fórmulas que le den tranquilidad a las Fuerzas Armadas en el postconflicto. Oí mencionar en una reunión con militares que para ellos sería necesario un RRD. Reconocimiento, recuperación y dignidad. Tiene mucho sentido la idea. La guerrilla tendría que ver con buenos ojos esta propuesta.
Es decisivo que los miembros de la Fuerza Pública comprometidos en violaciones a los Derechos Humanos en medio del conflicto o al Derecho Internacional Humanitario accedan a los beneficios de la Justicia Transicional. También un proyecto económico y social para los miles de soldados que dejarán las filas. Una paz que otorgue beneficios a una de las partes y discrimine a la otra es abiertamente injusta.
Sé que estas propuestas generan grandes controversias en las organizaciones de derechos humanos y en los sectores de izquierda. Pero sin eludir la realización de juicios justos y preservando la búsqueda de la verdad y la reparación de las víctimas, es necesario acudir a penas alternativas y a procesos de reinserción para los militares.
http://www.semana.com/opinion/articulo/las-palabras-farc-hacia-ffaa/342114-3