Por: Arturo Charria
Todos tenemos una historia que contar.
Esta comienza a las seis de la mañana en el patio del Colegio La Salle de Cúcuta en 1999. En la formación que todos los lunes hacíamos antes de entrar a clases, el sonido de las hélices de unos helicópteros era el protagonista. Yo los veía pasar, uno tras otro, sin saber lo que ese sonido significaría para mi vida años después.
El otro protagonista es Edwin López, a quien conocí en marzo de 2001 cuando él había terminado materias de Electromecánica en la Universidad Francisco de Paula Santander (UFPS). Al año siguiente, yo vine a estudiar a Bogotá, mientras él comenzaba sus estudios de Filosofía en la Universidad de Pamplona. Los fines de semana, Edwin volvía a Cúcuta donde contribuía, como pocos, a la escasa vida cultural de la ciudad: era profesor de danza en la UFPS, tenía un grupo de teatro, dirigía talleres de escritura para niños en el área cultural del Banco de la República y formaba parte del comité editorial de la revista estudiantil Museo.
En el 2003 todo cambió. El sonido de los helicópteros volvió a romper el silencio de mis noches, como en aquellas mañanas de colegio. Me despertaba en la madrugada, se metía en mis conversaciones, destemplaba mis dientes, me obligaba a caminar pegado a los muros cuando recorría las calles de Bogotá.
El 13 de abril de ese año, entre las 5 y 6 de la tarde, recibí una llamada. Un grupo de sujetos encapuchados se había llevado a Edwin de la casa de sus padres. Destruyeron la puerta, lo golpearon y lo montaron en una camioneta que aceleró en el silencio de la madrugada. Era domingo de ramos.
Nadie decía nada. En la universidad, en la biblioteca, bajo la sombra de los árboles, muchos tenían miedo. En otra parte de la ciudad, todo era rumor y silencio. La presencia del paramilitarismo en la región no era un secreto, pero pocos se atrevían a nombrarla.
Comencé a buscar en la prensa el rastro de Edwin. Revisé las imágenes, los titulares, los pie de foto; escarbé todo tipo de archivos. Nada hablaba de Edwin, pero todo tenía que ver con él. Comenzaron a repetirse palabras como masacres, desplazados, asesinatos, desaparecidos. Fui reconstruyendo, con las historias de otras víctimas, su rostro; pero también el de sus victimarios y el de sus cómplices.
El cuerpo de Edwin apareció el 6 de junio de ese mismo año junto al de Gerson Gallardo, estudiante también de la UFPS, ambos sin vida y con señales de tortura. Estaban en cajones, en la vía que de Tibú conduce a la Gabarra. Pero su cuerpo solo era otra pieza en el laberinto de la verdad.
El sonido de las hélices volvió como un ruido a mi memoria. Aquel año de 1999 se dio una ofensiva militar contra las FARC y el ELN en la región del Catatumbo. Desde el aire se bombardeaba y, simultáneamente, desde Necoclí más de 200 paramilitares se trasladaban en siete camiones encapotados que pasaron sin problemas por los retenes de la Fuerza Pública.
La presencia del paramilitarismo en la región dejó una estela de terror y muerte que ha pasado con indiferencia por los ojos de muchos cucuteños. No importa la magnitud del horror, no importa que el mundo entero se escandalice cuando descubre que a diez minutos de Cúcuta, en Juan Frío, los paramilitares construyeron hornos crematorios para quemar los restos de 560 personas asesinadas por ellos. No importa, nada conmueve a la ciudad. Todo en Cúcuta sigue siendo un rumor o, lo que es peor, una aceptación de los hechos.
Ahora pienso en la crisis que vive la ciudad, en el desempleo, en la pobreza, en la falta de un liderazgo efectivo. Pienso en la dura situación que atraviesa Cúcuta, pero ya no busco responsables: la ciudad entera lo es. Basta con ver el resultado de las pasadas elecciones y la razón por la que mucha gente afirmaba que votaría por César Rojas, quien ocupará la Alcaldía desde el primero de enero de 2016: “Votamos por él porque tiene el apoyo de Ramiro. No importa que haya matado gente o que sea paramilitar, al menos hizo obras”. Ramiro Suárez fue alcalde de Cúcuta entre 2004 y 2007. Actualmente se encuentra condenado a 27 años de cárcel por haber ordenado el asesinato de Alfredo Enrique Flórez, exasesor jurídico de la Alcaldía de Cúcuta, asesinato que se consumó con apoyo de grupos paramilitares. La sentencia fue ratificada en diciembre de 2013. Ramiro Suárez es el jefe político de César Rojas. Según denuncias de la senadora Claudia López, Suárez se comunicaba desde la celda con los electores de la ciudad, en conferencias transmitidas vía Skype, y lo seguirá haciendo a través de las palabras del alcalde electo.
Ahí está la raíz del problema: en la aceptación social que tiene el delito entre miles de habitantes de la ciudad y en la incapacidad de ver los helicópteros que aún siguen rondando los patios de los colegios, que vigilan como buitres la sombra de un gigantesco animal moribundo, muerto.
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