Como el resto del país, los centros urbanos no han sido ajenos a los embates de la guerra. La han vivido de múltiples formas y con múltiples consecuencias. Por eso su papel también resulta esencial en un escenario de posconflicto.
Ha venido haciendo carrera en algunos círculos la aparente apatía que acompaña a los habitantes de las grandes ciudades del país frente a la paz. Es más, se afirma que reflejo de ello son las encuestas que copiosamente se vienen haciendo en torno al plebiscito, pues mientras sobresale el interés de las áreas rurales por participar en él, en las capitales hay indiferencia y desánimo.
En un ambiente polarizado como el que rodea la consulta del próximo 2 de octubre, nada tendría de extraño que los discursos salidos de tono estén generando esa supuesta indiferencia, aunque preferimos pensar que lo que se está dando es un choque de ideas entre quienes apoyan el Sí y el No y que, por tratarse de ámbitos con amplia resonancia, el asunto lo que está generando es un sano debate.
Sin embargo, dicho contexto da pie para romper mitos que en el historial de guerras que ha sufrido la nación han tomado arraigo. En particular, aquel según el cual los centros urbanos no han vivido el conflicto con la misma intensidad y las mismas consecuencias que en el campo.
Y aquí hay que partir de una verdad de a puño: la guerra, no importa cómo ni en dónde se libre, termina tocándolo todo, afectándolo todo y trayendo consecuencias generales. Nadie escapa al rigor de ella, vívase en el campo o en la ciudad. Claro, los matices son distintos porque la forma en que se ha abordado el conflicto colombiano ha sido desde lo rural y ha escalado hasta los entornos urbanos, en forma de desplazamientos, asentamientos informales, carencias, rechazo, crecimiento desordenado, pobreza y, por supuesto, violencia.
Obviamente, no se ha llegado aquí a los extremos de Kigali, capital de Ruanda, donde el odio y las diferencias raciales produjeron un millón de muertes ante la indolencia del mundo. Tampoco vivimos el asedio que hoy provoca el terrorismo en las más importantes capitales europeas, el mismo que cobra decenas de víctimas diarias en Oriente Próximo.
Pero las ciudades colombianas no han estado exentas de las múltiples manifestaciones de crueldad del último siglo. Pocas se salvaron de los estragos que causó la furia bipartidista o la demencial guerra declarada por el narcotráfico.
Hoy por hoy, Bogotá es la principal receptora de víctimas de todas las guerras libradas en el país. Vivió el bombazo de las Farc al club El Nogal; en las últimas décadas se produjo un éxodo de 650.000 personas que abandonaron parcelas, animales y familias para refugiarse en la gran ciudad; son seres que pierden sus raíces, su cultura, su identidad. En pleno centro de Cali, las mismas Farc secuestraron y luego asesinaron a los diputados del Valle, y en sus calles se libran guerras de milicias. Medellín vivió la peor violencia de narcos y la toma de comunas por grupos criminales de todo orden. Cartagena también sufre el embate del desplazamiento, lo mismo que Valledupar. Ninguna se salva.
Por estas y múltiples razones más, las ciudades no pueden ser indiferentes a los anhelos de paz o a las decisiones que en torno a ella se piensan tomar. Máxime en un escenario de posconflicto, en el cual son precisamente los centros urbanos los convocados a promover el desarrollo y el conocimiento, en aras de mejorar las condiciones del campo y las comunidades que lo habitan.
Así como en las postrimerías de las guerras libradas por la humanidad fueron las ciudades las que jalonaron el progreso y devolvieron la esperanza a millones de víctimas, en Colombia son ellas las llamadas a construir los caminos hacia una nueva era de convivencia entre actores que antes parecían irreconciliables. Y ello incluye no solo la aceptación del otro, sino las oportunidades que puedan brindárseles en busca de cimentar las bases de una nueva ciudadanía.
El desafío es aún mayor para las llamadas ciudades intermedias, que han experimentado el arribo de hordas de desplazados por la guerra sin contar con una infraestructura ni la provisión de bienes y servicios públicos esenciales, afectando con ello la calidad de vida de sus moradores y ampliando todavía más las brechas sociales.
Una nación que, como la colombiana, atraviesa un proceso de urbanización sin antecedentes convierte a sus ciudades en el epicentro de grandes decisiones. La paz es una de ellas. Del buen tino con que se desenvuelva este tema en adelante dependerán también los avances que Colombia pueda mostrar en otros frentes, como el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio –planteados por Naciones Unidas– o un mejor desempeño en los índices de prosperidad de sus municipios.
Construir una nueva relación entre el campo y la ciudad parece ser la máxima que debiera gobernar las decisiones del futuro. Pues, como decíamos al comienzo, si la guerra la hemos sufrido todos, la paz también la merecemos todos.
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