En La Gloria (Cesar) por lo menos 400 personas asesinadas por los paramilitares fueron arrojadas al Magdalena.
“Si mataban a alguien en Aguachica o en Santa Rosa, lo traían para acá. Los tiraban al río desde tres lugares distintos, entre ellos donde hoy se encuentra la empresa palmera. Nadie podía recoger los cuerpos porque lo mataban”, cuenta un habitante de La Gloria y escribe el nombre de una mujer y su hija que fueron asesinadas en Aguachica (Cesar).
Los pescadores de La Gloria se acostumbraron a la imagen dantesca de un cuerpo bajando por las aguas. Incluso aprendieron a diferenciar entre las personas asesinadas antes de ser lanzadas al Magdalena y las ahogadas. Los cuerpos de las primeras son planos y uniformemente putrefactos; en cambio a los segundos se los reconoce por sus vientres hinchados.
Un pescador asegura que entre 2004 y 2005 —cuando, paradójicamente, el Gobierno y los paramilitares negociaban la paz— se hizo usual ver por lo menos uno o dos cuerpos a diario. “A veces bajaban cinco u ocho cadáveres. Una vez vi cinco juntos. Todos amarrados con alambre”.
Cuando se topaban con los cuerpos les tocaba irse y no regresaban a pescar en ese lugar por un buen tiempo. No era sólo el temor a cruzarse con un muerto. Era el miedo a ver un asesinato y ser asesinado por haber sido testigo del crimen.
De esta forma el río de la vida se fue volviendo el río de la muerte. El Magdalena se ha visto afectado, además, por la explotación y la contaminación, y por el uso de tecnologías no permitidas, como el trasmallo y la dinamita.
Para proteger a estos peces las autoridades han vedado su pesca durante el tiempo de apareamiento. Sin embargo, no se les han dado a los pescadores opciones para sobrevivir mientras la veda.
Los habitantes de La Gloria se han visto en la necesidad de trabajar para las empresas palmeras o en el cultivo de piña. El río ya no da para comer. La Iglesia y la Red de Programas de Desarrollo y Paz, organizadores de la peregrinación de la Virgen por el río Magdalena, esperan que con el paso de la procesión vuelva ser como antes. Porque la cosas que se le han hecho al Magdalena ya no se pueden remediar.
Por: Sebastián Jiménez Herrera /Enviado Especial
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