Las palabras vehementes de ‘Laura Acuña’ parecen una lección aprendida de memoria, un discurso dicho tan al unísono por toda la guerrillerada de las Farc que se asemeja al contenido de una cartilla escolar: “Las Farc no se van a acabar. Nos vamos a dedicar a la política, porque al fin y al cabo las armas solo son un instrumento”.
‘Acuña’, de 36 años, es parte de la compañía móvil Mariana Pérez, del Bloque Oriental, el mismo que el ‘Mono Jojoy’ convirtió en una letal máquina de secuestro hace más de una década. Al momento de una entrevista en un paraje de los llanos del Yarí, viste botas pantaneras, pantalón verde militar y franela estampada.
Antes de comenzar pide un momento porque, en su concepto, no está presentable para las fotos. Se aleja unos pasos hacia donde están otras colegas suyas y regresa, sin demora, porque la idea no era maquillarse como dicta la vanidad femenina tradicional, sino vestirse las pecheras militares para darle un aspecto más guerrilleril a su humanidad de escasos 1,50 de estatura. Sus uñas están pintadas de rojo y luce un anillo con una figura de mariposa, reloj en la mano derecha, manillas rosadas y aretes.
“Algo bueno es la posibilidad de verse contribuyendo a la nueva Colombia por la que hemos luchado”, dice con voz tenue. “Se vienen muchas cosas buenas: potenciar el trabajo de organización y explotar las capacidades de la gente para el desarrollo económico; poner el conocimiento que uno tiene al servicio del país”, añade con asomos de un acento bogotano y léxico de universitaria. Al fin y al cabo, creció en la capital del país, muy alejada de esta maraña; se graduó como ingeniera química, ejerció la docencia universitaria y conformó equipos de investigación.
“Me parece emocionante transitar hacia el camino de la lucha política abierta. Yo tengo mucho optimismo, pese a que alguna gente mantiene una desconfianza natural, porque uno sabe que las cosas se pueden dañar”, apunta.
Y si bien acepta que extraña a su mamá y su hermano menor, con los cuales hace años que no se comunica para no ponerlos en riesgo, no contempla volver a vivir con ellos, porque para ella el futuro que le espera no es un retorno al pasado que dejó hace 12 años para irse al monte. Si vuelve a Bogotá, sería para continuar difundiendo el pensamiento de las Farc.
Para ella la paz es también la posibilidad de reencontrarse con antiguos afectos que hizo en la guerrilla y de los cuales fue separada debido a misiones de uno y otro lado, en obediencia a la disciplina fariana que invita a poner la revolución por encima de cualquier cosa.
Mensajes desde Cuba
La convicción de que pronto saldrá un acuerdo definitivo de La Habana se advierte en la tropa común y silvestre, que lo expresa con fluidez, independientemente de que muchos sean campesinos que, al contrario de ‘Laura’, no han pasado de la primaria.
El mensaje es afianzado diariamente en las sesiones de estudio individual y en las charlas en las que se ponen en común no solo los avances de la negociación con mensajes que llegan directamente de La Habana, las reacciones en el ámbito nacional, sino acontecimientos de la geopolítica mundial y hasta el resultado de los partidos de fútbol.
“Si se da la firma, que es lo que estamos esperando, la idea es continuar trabajando con base en las orientaciones de los superiores y seguir con el legado que dejaron nuestros jefes, como el camarada ‘Manuel Marulanda’, desde el escenario político”, expresa ‘Yenny López’, guerrillera y a su vez hija de un guerrillero.
En ese plan, dice, lo ideal sería poder compartir con el hijo de 11 años al que dejó de 12 meses, pero acota que lo primordial es buscar los cambios que necesita el país.
“Si se puede que él esté a mi lado, bienvenido será, pero mi prioridad es seguir en el camino hacia la revolución”.
En el léxico de cartilla que se difunde sobre lo que será el futuro aparecen también de manera constante las palabras ‘terrepaz’, ‘posacuerdo’ e ‘insurgir’.
En el campamento que este diario visitó, hasta el más raso de los guerrilleros habla de que se dedicará a la política y a la organización comunitaria, pero se nota que la filigrana de cómo será esa incursión en una lid donde el poder se conquista con votos es una de las preguntas que aún las Farc no han escalado hasta sus bases.
En la versión de ‘Mateo’, de 28 años, que se cataloga como civil porque no viste uniforme ni porta armas a la vista, pero a la vez hace parte del cuerpo de seguridad de ‘Bayron Pérez’ –el jefe del frente Yarí– “desmovilizarse significa entregarse al enemigo”, lo cual no tiene considerado, aunque dice ser plenamente consciente de que muy pronto el único ataque que emprenda será a punta de argumentos.
Justamente ambigüedades como las de este joven marcan otra inquietud por resolver a la hora de definir cuántos serán incluidos en los beneficios estatales, pues si bien existen cálculos que los hombres en armas de las Farc son cerca de 8.000, también hay una red cuya organicidad es difusa, con civiles que proveen las remesas, gente que les brinda información y otra que les hacen esporádicamente favores.
Por su parte, ‘Mauricio Jaramillo’ o ‘el Médico’, miembro del secretariado, apunta que las Farc van a ‘insurgir’ en la vida nacional, un vocablo curioso si se tiene en cuenta que la Real Academia de la Lengua Española lo define como sublevarse. “Vamos a comunicarnos con la población, con el pueblo. No nos vamos a quedar quietos”, agrega.
En el campamento se percibe que este promete ser un proceso en nada parecido a los realizados en el pasado con otras guerrillas, las milicias y los paramilitares, donde cada desmovilizado se fue a casa para comenzar a buscar trabajo o a desarrollar proyectos económicos particulares para sobrevivir.
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De hecho, todos los guerrilleros con los que hubo contacto expresaron la convicción de que si bien no seguirán portando armas, sus vidas continuarán como ahora, cuando no se tienen que preocupar por un ingreso económico porque la organización no les paga pero los provee de comida y de todo cuanto necesitan. Tampoco deben tomar decisiones, sino obedecer órdenes dentro de una estructura piramidal que es común en los ejércitos pero no en los movimientos políticos.
Con contadas excepciones, prácticamente no conocen otra vida, ya que fueron reclutados a los 15 años o menos. Por ejemplo, de los 23 años que tiene ‘Felipe Rodríguez’, un guerrillero alto y flaco que procede de Caucasia (Antioquia), diez han sido con las Farc, e incluso su pareja es una guerrillera.
La gran mayoría han perdido el contacto con hermanos y padres, y aspiran a visitarlos, pero poseen lazos mucho más sólidos con sus compañeros de lucha. “Uno no sabe para dónde lo van a mandar, o qué lo van a poner a hacer, porque lo primero es la lucha”, dice ‘Felipe’.
En el horizonte de todos están los llamados Territorios de Paz (terrepaz), donde aspiran a seguir viviendo en comunidad y desarrollar proyectos productivos que les garanticen la subsistencia. Serían algo así como las células primarias para la proyección de las ideas del grupo y para la planeación de su devenir político; el laboratorio de sociedad que proponen para Colombia.