Juan Gossaín escribe sobre este corregimiento sucreño al que no le cabe un pobre más.
Chochó es un corregimiento de Sincelejo, en mitad de la gran sabana de Sucre, donde viven alrededor de siete mil personas. Queda solo a ocho kilómetros de la cabecera municipal. La hermosura natural de esa región contrasta como una herida en la cara con la pobreza de sus habitantes. Es que, al contrario de lo que piensan los turistas, los pobres no forman parte del paisaje. O no deberían.
Por cuenta de las cosas que pasan en Chochó, cualquiera diría que ese pueblo está sucedido. No salen de un problema cuando entran en otro. La triste realidad es que Chochó demuestra que donde hay pobreza hay conflictos. La miseria común de sus pobladores, que debería volverlos solidarios, los hace adversarios. No hay nada más deprimente que ver a dos pobres peleando por plata. Los ricos, en cambio, se ayudan entre ellos.
En Chochó residen en este momento 1.382 familias, que hace años vivían de las faenas agrícolas y de pequeñas huertas caseras que les daban unos ingresos modestos, pero seguros, y les garantizaban la comida. Ahora son vendedores ambulantes o mototaxistas en las frenéticas calles de Sincelejo. El ñame no ha vuelto a florecer. Lo único que abunda por aquí es la escasez.
Lo bueno es que el Gobierno está construyendo 300 casas gratuitas en un sitio de Chochó que se conoce como Villa Karen. Lo malo es que el mismo Gobierno ya resolvió que dichas casas no serán para los habitantes del caserío, sino para los desplazados por la violencia que se refugian en poblaciones cercanas y lejanas. Se imaginarán ustedes el estallido volcánico que está a punto de producirse. La gente anda entre perpleja y furiosa. Los pobres nuevos contra los pobres viejos. Desplazados pobres que, a su vez, desplazan a otros pobres.
… y se llamó ‘Tierra Feliz’
Por inconcebible que parezca, y aunque el proverbio diga que un rayo no cae dos veces en el mismo sitio, ese conflicto no es nada nuevo en Chochó. La misma historia ocurrió hace siete años, cuando un grupo religioso, denominado Centro Familiar Cristiano, compró un lote en el pueblo y el Gobierno financió la construcción de 180 casas en una urbanización que se llamó, irónicamente, Tierra Feliz. Los afortunados adjudicatarios fueron escogidos por una entidad gubernamental llamada Findeter.
—Tal como van a hacer ahora –me dice Jefferson de Dios Ruiz, un dirigente de la comunidad–, aquellos propietarios tampoco eran de este pueblo. Venían de otras localidades.
Jacobo Quessep, personero municipal de Sincelejo, me cuenta la triste historia de Tierra Feliz:
—Hoy solo está ocupado el 60 por ciento del barrio. Los demás beneficiarios, como ya tenían vivienda propia en los sitios de donde procedían, prefirieron volver a ellas ante el temor de que se las quitaran.
Unas veinte casas están hoy abandonadas. Es el vecindario de la maleza.
—Los demás vendieron la vivienda que les habían entregado, o la arrendaron, y se marcharon nuevamente –agrega Jefferson.
En Chochó cuentan el caso de una señora que vivía en una de esas chozas de paja que suelen llamarse cambuches. Le entregaron en Tierra Feliz su casa nueva, digna y decorosa. “La vendió por cinco millones y volvió a su cambuche”, dice Jefferson de Dios, con desconsuelo, y con ese nombre tan singular.
Hasta el sol de hoy, nadie ha investigado semejantes episodios.
Pasaron los años y vino el nuevo gobierno con su programa de darles vivienda gratuita a los más pobres de Colombia, que no tienen con qué pagar el precio de una bolsa de cemento. En Chochó comenzaron a llenarse de ilusiones, que es con lo que más se llenan los pobres. Por fin les tocó el turno. La gente sonreía, feliz, cuando empezaron a construir las 300 casas gratuitas de Villa Karen.
‘En Chochó no hay necesidades’
Pero entonces fue cuando empezó Cristo de nuevo a padecer. Los chochoanos no volvieron a tener tranquilidad desde el día en que Jorge Herrera Bettín, gerente del Fondo de Vivienda de Sucre, informó en un programa radial que, por orden de la Presidencia de la República, esas viviendas serán para víctimas del desplazamiento que viven en otros lugares de Colombia.
Me comunico con un funcionario de la Presidencia y él accede a conversar conmigo bajo la promesa de mantenerle el anonimato. Se lo garantizo por esta santa cruz.
—Lo que pasa –me explica– es que las nuevas leyes de vivienda establecieron que un organismo de la Presidencia, llamado Departamento para la Prosperidad Social (DPS), es el encargado de identificar y seleccionar a los potenciales adjudicatarios de casas gratuitas.
Cuando el DPS encuentra un lugar específico donde las necesidades de vivienda ya estén cubiertas, si es que ese lugar existe en alguna parte de este país, entonces puede construir allí mismo y adjudicarles las casas a personas que vivan en otros sitios. Según la ley, tienen prioridad los desplazados y los que habitan en zonas de riesgo.
—Eso fue lo que pasó en Chochó –concluye el funcionario presidencial.
—¿Me está diciendo usted que en Chochó no hay pobres? –le pregunto.
—Yo solo repito lo que me dicen aquí –se altera él.
—Por favor, no cuelgue –le pido–. Espere un minutico, mientras voy a reírme, y ya regreso.
Otra vez el éxodo
Los nuevos pobladores que llegarán a Chochó están viviendo dispersos en lugares tan distintos y distantes como los barrios marginales de Sincelejo o los municipios de Colosó, Chalán, Ovejas, Toluviejo y San Onofre. Provendrán, incluso, de otros departamentos, como Bolívar, Cesar y varias poblaciones de Antioquia.
—Lo único que van a lograr con eso es meterle a este pueblo más pobres para que haya más pobreza –se lamenta Manuel Garrido, un edil de Chochó que se gana la vida como celador en Sincelejo.
Jefferson de Dios está pensativo. Por fin habla. “Darles casa a los forasteros, que nunca han vivido aquí, mientras los nativos no tenemos techo, es como ponerse a comer delante de los hambrientos”.
El drama es terrible para ambas partes: a unos los desplazó primero la guerrilla, después los desplazaron los paramilitares y luego los desplazaron las bandas criminales. A los otros los desplazó primero la pobreza y ahora los desplazan los propios desplazados.
—Sincelejo es una de las cuatro ciudades de Colombia con mayor desplazamiento –me explica el personero Quessep–. Cómo será que, de sus 300.000 habitantes, 90.000 son desplazados. El 30 por ciento, nada menos.
Pobres contra pobres
Me resisto a creer que el Gobierno, que es tan calculador, no hubiera previsto el tamaño del polvorín que está causando en Chochó. El Gobierno cree que un problema se resuelve creando otro y que la suma de dos errores conduce a un acierto. Cómo me gustaría saber quién fue el que inventó la estrategia perversa de quitarle a un necesitado para darle al otro. ¿De dónde sacará el Gobierno esas teorías?
Jamás una injusticia se ha corregido con otra. Yo conozco a los desplazados que se arraciman en los ranchos de Sincelejo. Su situación es tan dolorosa que no tienen una segunda camisa. Claro que sí: el Estado, que no cumplió con su obligación de protegerlos, tiene ahora la obligación de reubicarlos. Es apenas justo que lo haga. Pero no es desplazando a otros como va a lograrlo. Si vas tapando un hueco con la tierra que sacas de otro, siempre te va a quedar un hueco abierto.
Al momento de despedirse, Jefferson de Dios me tiende la mano mientras dice:
—Le he enviado tres oficios al Ministro de Vivienda. Lo único que le pedimos y le imploramos es que nos escuche. Que se entere de lo que está pasando aquí. Jamás nos ha contestado. Me conseguí el número de su celular y todos los días lo bombardeo con mensajes escritos. Tampoco.
Me da la espalda para marcharse. Es entonces cuando murmura:
—El último recurso que tenemos es mandarle decir una misa al Cristo milagroso de la villa de San Benito Abad, que queda aquí cerquita.
Epílogo
Sara Judyth Villalba es una vecina de Chochó. Trabaja como locutora en una emisora musical de Sincelejo y alguna vez soñó con ser una gran periodista. “Hemos acudido a todo el mundo, pero nadie nos hace caso”, me dice, con un suspiro. “Es que, como en este pueblo no somos más de mil doscientos voticos…”.
La administración Uribe provocó hace siete años el conflicto de Tierra Feliz. La de Santos lo repite ahora en Villa Karen. Parece que la experiencia y los tropiezos no sirven para nada. Parece que todos fueran cortados con la misma tijera. Los gobernantes creen que la pobreza se remedia echando a pelear a los pobres.
JUAN GOSSAÍN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
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http://www.eltiempo.com/colombia/caribe/chocho-un-pueblo-desplazado-por-los-desplazados_13107857-4