Que 1.381 toneladas de alimentos, por un valor aproximado de 46.000 millones de pesos, acaben cada día en las canecas de la basura en Bogotá no tiene ninguna justificación. El impresionante dato surge del último Estudio de Caracterización de Residuos Sólidos, hecho por la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp) en la capital.
Los autores del informe concluyeron que cerca del 60 por ciento de los alimentos que compran los ciudadanos se vencen o se pudren en neveras y alacenas, y que el 7,53 por ciento de la comida preparada va a la basura, problema que hace parte de un grave fenómeno global.
En un mundo que tiene 900 millones de personas desnutridas o hambrientas, cada año se descartan 1.300 millones de toneladas de alimentos, es decir, un tercio de la producción total.
De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), más de la mitad de la comida desperdiciada en Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia se desecha en la etapa del consumo, mientras que en los países en vías de desarrollo, como la mayoría de los latinoamericanos, dos tercios de las pérdidas ocurren durante el almacenaje.
Lo triste es que 55 millones de personas de la región pasan hambre crónica o no tienen garantizado el acceso a alimentación básica, y cerca de 9 millones de niños están desnutridos. Semejante panorama va en contravía de la creciente demanda mundial de alimentos; de hecho, el PNUMA y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estiman que, si esta sigue aumentando al ritmo actual, será necesario incrementar la producción en un 60 por ciento de aquí al 2050.
Lo que sucede en Bogotá es más paradójico si se tiene en cuenta que, mientras la Uaesp analizaba el tamaño del desperdicio de los ciudadanos (entre el 2009 y el 2012), la FAO daba a conocer los resultados del Informe sobre la Inseguridad Alimentaria en el Mundo.
Según este, Colombia es la nación de la Alianza del Pacífico con más gente en estado de franca desnutrición: 5,1 millones de personas, seguido de lejos por Perú.
Esto pone una enorme distancia entre el país y la meta de reducir a la mitad el número de personas subalimentadas, planteada en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, es decir, pasar de los 6,9 millones de afectados en 1990 a menos de 3,45 millones en el 2015.
El asunto no se reduce solo a la disponibilidad de alimentos para quienes los necesiten. Detrás hay otros aspectos igual de preocupantes, como la sobreexplotación del planeta. De acuerdo con la ONG ecologista World Wildlife Fund (WWF), si el mundo mantiene el ritmo actual de gasto de recursos naturales para satisfacer sus demandas, entre ellas la alimentaria, se necesitarían dos planetas para el 2030 y casi tres para el 2050.
No se puede pasar por alto la descarada utilización de la necesidad de alimentos para generar rentas desproporcionadas. En otras palabras, las estrategias del mercadeo también son un factor que induce al desperdicio. Para la muestra está el hecho de que solo en Brasil el 20 por ciento de los productos comprados se van a la basura sin siquiera haber sido abiertos, en buena medida por las fechas de vencimiento y condiciones de consumo especiales, contenidas en las etiquetas y que distorsionan la real calidad del artículo. Se necesitan conciencia, humanidad. Ningún país con gente desnutrida o hambrienta se puede dar el lujo de tolerar semejante despilfarro.