Manuel* conoció los dos lados de la moneda: de paramilitar pasó a ser asesor de niños excombatientes y ahora es funcionario del ICBF.
Las ráfagas de las balas lo tenían aturdido. Caminaba con el agua hasta la cintura y con hambre. A Manuel, que le daba miedo matar, le tocaba disparar parejo porque si no gastaba municiones lo acusaban de infiltrado.
La historia empezó en 1997, en Paz de Ariporo (Casanare), “que de paz no tenía nada porque la guerrilla y los paramilitares se disputaban el pueblo”. Cuando tenía 12 años, arreglaba motos para los dos grupos. Casi un año después la guerrilla lo acusó de paramilitar y fueron a buscarlo dos veces al taller para matarlo, pero él no estaba. El dueño del negocio le dijo que ya no podía trabajar allí. “Como no tenía para dónde irme porque mi mamá me abandonó por esa época, las AUC me acogieron. Me dijeron que si me iban a matar que fuera por algo”.
Tuvo tres meses de entrenamiento y lo mandaron al Bloque Vencedores de Arauca. “Nos hostigaban todos los días. A los paramilitares que atrapaban los encontrábamos despedazados y a los guerrilleros que uno agarraba, lo mismo. Me quedaba escondido para no ver eso”.
Veinte días después tuvo que llevar unos heridos a La Chapa, Casanare, y el comandante Diego le dijo que se quedara ahí porque en Arauca lo iban a matar. Se convirtió en su escolta y, finalmente, en ‘coordinador financiero’ (cobraba las vacunas) en el norte de Casanare. Ya no se ganaba los 400.000 pesos que le pagaban como combatiente, sino dos millones y medio.
Andaba con su fusil colgado paseándose por el pueblo mientras la Policía y el Ejército se mantenían al margen porque “se les daba mucha plata”. Pero la tranquilidad se acabó cuando cumplió 16 años. La guerrilla mató a casi todos los policías y los nuevos no se dejaron comprar. A Manuel lo detuvieron. Duró cerca de 20 días en una cárcel de Yopal hasta que llegó el ICBF. Como pensó que sería fácil volarse se fue con los funcionarios para Bogotá: “Casi me devuelvo cuando me dijeron que estaría con niños guerrilleros, pero cuando me contaron que sus papás los tenían que entregar para que no los mataran, entendí que eran víctimas y no tenía por qué odiarlos”.
Manuel empezó a forjar un nuevo camino. Estuvo sietes meses en un hogar sustituto, se graduó como bachiller y, cuando cumplió la mayoría de edad, el ICBF lo mandó al programa para jóvenes desvinculados, que coordinaba la ONG española Benposta. Pocos meses después Manuel se convirtió en monitor. Era el enlace entre los profesionales y los muchachos.
En 2004 Cafam tomó el programa y Manuel siguió vinculado. En 2007 empezó a estudiar Administración de Empresas, gracias a una beca que le dio Tejido Humano.
Genaro Díaz, administrador del Centro Juvenil de Cafam y exjefe de Manuel, lo nombró asesor de proyectos productivos en 2010. “Aunque no se había graduado, conocía a los jóvenes mejor que ninguno. Asegura que por lo menos 100 muchachos tienen empresas gracias a su labor. “No solo cambió su vida, sino que se convirtió en un transformador”. En Cafam también gestionó su proyecto de vivienda y el de otros 20 jóvenes.
En 2012 cumplió su sueño: trabajar para el ICBF. “Ellos fueron los que lograron que yo dejara de ser un niño delincuente. Quiero ser como el muchacho que me recogió en la cárcel”. Todo el año trabajó para la Subdirección Restablecimientos de Derechos, en el grupo de víctimas, con afectados por la ola invernal. Sigue trabajando con la misma subdirección, con el grupo de niños desmovilizados.
Pero su caso es uno de los pocos con final feliz. La rehabilitación de niños soldados, en especial la de las niñas que dejan los grupos armados, es una de las tareas más difíciles que enfrenta una sociedad que sale de un conflicto armado. Por el ICBF han pasado más de 5.000 menores de edad como Manuel. Muchos cambian de vida y salen adelante. Otros, lamentablemente, no lo logran.
* Por solicitud expresa del funcionario, su nombre real y su imagen no aparecen en esta nota.