Por: Francisco de Roux
Los desaparecidos son, en sus ataúdes vacíos, la herida más insoportable de nuestro conflicto.
Los nuevos alcaldes y gobernadores tienen en sus manos la paz territorial y en ella, la crisis enorme de los desaparecidos, que dio origen al último acuerdo de La Habana. Son las mujeres y los hombres que se esfumaron en el Palacio de Justicia, los secuestrados en todo el país que nunca regresaron, los soldados que se tragó la selva, los guerrilleros enterrados como NN, los huesos anónimos de la Escombrera y de las fosas comunes, los desconocidos eliminados como ‘falsos positivos’, los jóvenes cuyas fotos cargan la tenacidad de las madres buscadoras, los reclamados en monumentos de esperanza en pueblos campesinos. El tema, incómodo, rara vez se menciona entre burócratas y políticos, líderes espirituales y académicos, pero el mundo lo sabe: Colombia es una nación de decenas de miles de desaparecidos.
Para encarar este horror se abre en La Habana una ventana ante el abismo más tenebroso de nuestra guerra degradada: los desaparecidos. Porque los muertos viven en nosotros y dan fuerza a nuestro empeño por la paz, pero los desaparecidos son, en sus ataúdes vacíos, la herida más insoportable de nuestro conflicto.
El acuerdo es un salto cualitativo en el proceso de La Habana, empujado por la llegada de las víctimas sobrevivientes que mostraron allí la barbarie del hombre colombiano y, al mismo tiempo, hicieron sentir que no éramos solamente brutalidad, sino también grandeza y generosidad espiritual y capacidad de reconstruirnos. Este salto dio al proceso la dimensión sagrada del ser humano, y con ello el valor que lo hará prevalecer y que no es el honor militar ni guerrillero, ni el triunfo político de las elites, ni el cálculo económico de los empresarios, sino el respeto que nos debemos, muertos o vivos, todos y todas, por encima de las ideologías, las armas, el poder y el dinero.
El acuerdo es para encontrar a los desaparecidos, y se cumple en la entrega de las personas o los cadáveres o los huesos o los residuos que evidencien su fin, o en la entrega del certificado de la imposibilidad de hallarlos después de todos los intentos. No es un proceso jurídico para definir responsabilidades, que corresponde a otra instancia. Crea las condiciones sistemáticas que unen en la búsqueda al Estado, los victimarios, las comunidades y familiares; junta todas las fuentes de información posibles, compromete todos los recursos y se articula con la experticia de la Cruz Roja Internacional.
Las víctimas de la masacre del 16 de mayo de Barrancabermeja montaron en teatro esta semana, en rara coincidencia con el acuerdo de La Habana, la obra La ventana de mayo, dirigida genialmente por la mexicana Yolanda Consejo: desde hace 17 años Jaime Peña vio por la ventana que los paramilitares se llevaban del andén a su hijo Jaime Yesid, y quedó esperándolo, como quedaron las familias de los otros 31 jóvenes de la comuna 7 de la ciudad petrolera. A través de la Ventana de mayo, la obra nos asoma a todos los desaparecidos de Colombia y del mundo que están afuera, igualados por la nada en el vacío de noticia, de destino, de vestigios; y nos mete en las preguntas terribles de sus familias: ¿Viven? ¿Sufren? ¿Si los mataron, dónde están? Por su parte, desde la nada incierta, los mismos desaparecidos nos miran a los que estamos adentro, indiferentes, olvidados o enfrentados en disputas de poder, a espaldas del dolor y la tragedia.
Las ventanas de La Habana y de mayo nos dejan ver lo único que definitivamente importa: la grandeza humana que recibimos de Dios y que nosotros realizamos en la historia, en medio de aciertos y errores, si caminamos juntos, heridos y reconciliados con nuestros muertos y desaparecidos de todos los lados, hacia la utopía de una Colombia en que desaparezca para siempre la barbarie.