Ellos son un ejemplo de lo que puede hacer una persona que decide salirse de un conflicto.
El exitoso caso del exguerrillero del M-19 Antonio Navarro –quien tras dejar las armas ha sido constituyente, ministro, alcalde, gobernador y congresista– no es el único en el mundo.
La lista de excombatientes que han abandonado la lucha armada y han tomado el camino de la política es larga, y cada uno tiene su propia historia.
La Agencia Colombiana para la Reintegración, en manos de Joshua Mitrotti, invitó al país a un grupo de estos excombatientes, de distintas partes del mundo, los cuales son un ejemplo de lo que puede hacer una persona que seriamente decide salirse de un conflicto y ejercer la política, haciendo uso de las herramientas de la democracia.
Durante una semana, expertos en conflictos en otros países compartieron sus experiencias en Colombia, con el fin de enriquecer el conocimiento sobre los pasos que se deben dar para lograr una reincorporación efectiva a la vida civil, la cual incluye acceso a salud y educación y vincularse a un trabajo, entre otros requisitos.
En momentos en que las Farc están a punto de firmar un acuerdo para el fin del conflicto y desmovilizarse, EL TIEMPO habló con dos participantes en guerras de otras latitudes que han pasado de la lucha armada a la vida civil: María Antonia Navarrete y Henry Robinson.
Navarrete es una curtida exguerrillera salvadoreña que, tras la firma de la paz en su país, en 1992, abandonó la vía armada y escaló posiciones hasta llegar a ser congresista y funcionaria. Ella muestra con orgullo su título en ciencias sociales, pues, incluso, da clases en centros de estudio de su país.
Y Robinson es un exintegrante del Ira, el grupo independentista irlandés responsable de varios actos terroristas, quien hoy día trabaja con Google en un programa contra el extremismo –uno de los males que más azotan al mundo actualmente– y ha creado organizaciones en defensa de la familia y en contra de la violencia.
Ambos explicaron por qué vale la pena cambiar las armas y la búsqueda de soluciones mediante la violencia por el poder de las ideas, y les enviaron un mensaje a quienes aún están en la guerra en Colombia, para que sigan su propio ejemplo.
‘El que se alzó es porque nunca tuvo una oportunidad’
María Ofelia Navarrete, ¿de dónde es usted?
De Chalatenango, un pueblo en El Salvador que es frontera con Honduras, y con uno de los departamentos más olvidados de allí. Allá nací, crecí y vivo. Desde muy niña fui ganando –a base de sufrimiento– la sensibilidad humana como para entender que no es delito ser pobre, es delito no luchar por salir de la pobreza.
¿Y usted qué hizo?
En 1972 sufrimos una derrota electoral que nos trajo una gran frustración. En ese año yo servía en las mesas receptoras de votos y hubo un fraude monumental, a la vista de todo el mundo y con el visto bueno de los Estados Unidos, de la embajada. Entonces me prometí no volver a involucrarme en política porque era una mentira y los pobres no podíamos porque nos reprimían.
¿En qué consistía esa represión?
En que si usted pertenecía a un partido de oposición, así fuera medio tibio, era sujeto de golpes y maltratos por los cuerpos represivos.
¿Y qué pasó entonces?
Me involucré con una organización social con la que hacíamos plantones en las entidades públicas.
¿Cuál fue la respuesta a esas acciones?
El régimen respondió con brutalidad, con barbarie; iban las camionadas de guardias y había balaceras y matados y desaparecidos, era horrible. Esto fue creciendo, y la persecución se hizo más masiva, ante lo que se nos planteó una disyuntiva.
¿Cuál?
O aprendes a defenderte o te matan, y algunos preferimos defendernos.
¿A qué grupo armado se vinculó?
A las Fuerzas Populares de Liberación (Fpl). Al principio estaba en mi casa, pero en 1979 me tuve que ir con mi familia, que eran mi esposo y mis hijas. Mi hija más pequeñita tenía 4 años.
¿Cuántos hijos tiene?
Tenía tres, pero a una, la mayor, me la mataron en la guerra, ella era sanitaria (enfermera) y combatiente.
¿Qué hizo usted en la lucha armada?
En los primeros años fui solo combatiente. Luego aprendí a ser sanitaria, pero seguía combatiendo. Después di instrucción política a la población civil porque una gran parte de ella que estaba insatisfecha, a la bulla de nosotros, se alzó, unos con más consciencia y otros con menos, pero esto fue a lo largo y ancho del país.
¿Esto lo hacía desde la clandestinidad?
Sí, si me agarraban me despellejaban, con mis hijas y con mi esposo.
¿Qué hacía su esposo?
Él desempeñaba otras tareas. Mi hija mayor, en 1982, cuando tenía 12 años, se incorporó a los hospitales, le dieron cursos y fue sanitaria. Las dos pequeñitas siempre andaban conmigo, caminando, pero cuando la segunda creció también la incorporamos con su tarea propia. Y la más pequeñita siguió conmigo. Le enseñé a leer en el monte, ella era la que nos mantenía las comunicaciones, era mi radista.
¿Cómo eran los combates con el ejército salvadoreño?
Siempre estábamos bajo las bombas. No estábamos en un solo sitio, sino que nos estábamos moviendo. En varias ocasiones iba a combatir y dejaba a mi hija más pequeñita en el campamento, porque estaba más segura en la retaguardia. Pensaba en que posiblemente no regresaría, pero también reflexionaba que siempre estaría este pueblo que vería por mis hijas.
¿Cómo se reincorpora usted a la vida civil?
Después de esto vienen los acuerdos de paz, en 1992. Como siempre fui de la dirección de la organización, cuando irrumpimos a la legalidad me pusieron a coordinar y construir el partido en todo mi departamento. Ese trabajo lo hice desde 1992 hasta 1997, cuando me eligieron para la Asamblea Legislativa (Congreso de El Salvador), en la que estuve hasta el 2000.
¿Cómo fue esa experiencia por la Asamblea Legislativa?
Le confieso que mi paso por la Asamblea no fue tan halagador.
¿Por qué?
Primero, quizás por mi mentalidad, por mi experiencia de vida y, en alguna medida, por mi nivel de desarrollo intelectual. Hoy comprendo que la gente, a veces, para defender cosas políticas tiene que hacer algo indigno, como dice Maquiavelo, pero yo no nací para eso. Los compañeros me querían elegir nuevamente, y les pedí que no, y no fui.
¿Qué hizo entonces?
En el 2000 entré en la Universidad Nacional y me gradué, saqué un profesorado en ciencias sociales. Luego empecé a enseñar en la escuela y en el 2009 ganamos las elecciones presidenciales y me llamaron para ser vicegobernadora del departamento y luego viceministra de gobernación. Terminé el mandato y volví a enseñar.
¿Cómo era la relación con los civiles al principio?
Primero, yo saludaba y nadie me contestaba. Pensé que la gente era demasiado reaccionaria o que nos odiaban mucho, pero yo siempre hablaba con ellos, hasta que me gané su confianza.
¿Cómo fue su proceso de pasar de las armas a la vida civil?
Para mí no fue difícil porque yo fui a la revolución abrazando la causa de que iba allí para mejorar las condiciones de todos los salvadoreños, aun de los que nunca me iban a conocer. Entonces, aunque en la práctica no haya sido exactamente como yo lo pensé, en mi corazón descansa que hice todo lo que hice por mucho amor al pueblo.
¿Qué diría a un combatiente colombiano para animarlo a desarmarse?
Esta es una gran oportunidad para ti y para todos los colombianos, porque lo es. No es la segunda oportunidad; el que se alzó en armas fue porque nunca tuvo una. Ahora tiene la gran opción de juntarse con los que antes eran ‘enemigos’, entre comillas, y demostrar que todos son colombianos, tienen capacidad de amar, ayudarse y ser solidarios. Este es un momento que debe ser anhelado por todos. Si hay alguno u otro que no está satisfecho ni contento, esos son berrinches. Si el Gobierno colombiano accedió a sentarse en la mesa de negociación, en serio, es porque también va a cumplir con la responsabilidad de garantizar a toda la ciudadanía el respeto a los derechos humanos y promover políticas que empujen al pueblo a caminar juntos para construir una nueva Colombia.
‘Lo decidí por el tenis’
Señor Henry Robinson, ¿cómo fue su proceso de pasar de combatiente a la vida civil?
Yo era oficial del grupo Ira (del inglés Irish Republican Army, Ejército Republicano Irlandés). Este proceso de dejar las armas y pasar a la vida civil no es algo automático sino que se demora. Uno tiene momentos de claridad en los que empieza a cuestionarse si de verdad esa lucha en la que está es una alternativa o si posiblemente hay una forma pacífica de cambiar las cosas. Hay diferentes etapas en las que uno abre los ojos y se da cuenta de que, de pronto, los asesinatos y las matanzas no están haciendo la diferencia y es hora de considerar otro camino.
¿Qué lo llevó a esa decisión?
Todo empezó cuando fui arrestado. En ese momento tenía 19 años. Acababa de herir a un paramilitar rival. Negaba que lo hubiera hecho, pero en el fondo yo sabía que sí. Un día, en uno de los patios de la cárcel, había unas 150 personas que eran de la banda criminal a la que pertenecía el paramilitar al que yo acaba de herir.
¿Y qué pasó?
Yo no lo sabía en ese momento. Estando ahí, se me acercaron algunas personas y me dijeron que querían conversar. Me llevaron a un cuarto y me dijeron que sabían quién era yo y que había herido a uno de sus miembros. Yo negué todo.
¿Y ellos qué hicieron?
Comencé a caminar para otra parte del penal, pero me encontré con otros miembros de ese mismo grupo que me golpearon con palos y me echaron agua, hasta que la seguridad de la cárcel me tuvo que sacar, muy herido, y me llevaron al hospital de la prisión.
¿Qué pensaba, estando en el hospital, de la cárcel?
Estando allí, en una esquina del cuarto había un televisor y empecé a ver un partido de tenis del Abierto de Wimbledon y me pregunté: ¿por qué hay gente que tiene su vida tan normal y yo estoy acá? Entonces me dije que tenía que haber otra manera. Por esa razón siempre digo que lo decidí por el tenis.
¿Qué hace actualmente?
Empecé a trabajar con algunas ideas que impulsa Google contra el extremismo, y allí he conocido a excriminales de bandas como Al Queda. Allá comencé a utilizar estos conocimientos sobre la violencia, pero de otra manera, es decir que los empecé a aplicar a la solución, no al problema.
¿Cómo ve la reintegración en Colombia?
El trabajo que he visto en la Agencia Colombiana para la Reintegración no se puede comparar con nada de lo que se ha hecho en el mundo, y ojalá se pueda repetir en futuros procesos.
¿Qué le diría a un combatiente colombiano sobre ese paso?
Le diría que no estamos en el siglo XX, que este es el siglo XXI y que este es su último chance para, realmente, darse una segunda oportunidad. No tomar esta oportunidad de la paz es contrarrevolucionario.