DOS GRANDES MENTIRAS, TEJIDAS durante años por el Estado y los medios de comunicación, y bien asimiladas por la ciudadanía, son los principales obstáculos del apoyo al proceso de paz. La primera es que las Farc son delincuentes comunes. La segunda, que están al borde de la derrota.
Fueron los instrumentos más poderosos para destruir políticamente a las Farc. La primera la fraguó Andrés Pastrana, la segunda, Álvaro Uribe. Pero hoy la primera constituye una barrera moral para la negociación de la paz, porque si son delincuentes comunes, no debería otorgárseles beneficios políticos para hacer proselitismo electoral. La segunda constituye una barrera práctica. Si están al borde de la derrota, para qué negociar en lugar de mantener la presión militar.
La “despolitización” de las Farc empezó cuando se conoció que habían entrado al negocio del narcotráfico, así se les hubieran adelantado en lucrarse del negocio carteles, políticos, jueces, banqueros, comerciantes de arte, carros, finca raíz. Quienes los denunciaron fueron sus competidores, los traficantes metidos a paramilitares, con el fin de ganarse la indulgencia del Estado. No está claro si las Farc actúan en el negocio como intermediarios entre los cultivadores y los traficantes, porque ha habido denuncias de que proveen directamente a carteles mexicanos. Pero teniendo el control de las áreas de cultivo, y armas, podrían haber monopolizado el negocio y convertirse en un cartel de proporciones similares al de Medellín o Cali, y hay evidencia de que el negocio sigue muy fraccionado y que las Farc negocian con las bacrim.
También se les negó la condición política por cuenta del fin del comunismo, pero no puede haber más evidencias del testarudo apego de las Farc a la revolución. Desde su disciplina militar, su discurso, hasta su acción internacional, pasando por sus milicias urbanas, todos los actos de las Farc han tenido una intención política. Empezando porque siempre han invertido los recursos del narcotráfico y del secuestro en combatir al Estado. La mejor prueba de ello es que, con el aumento de los ingresos a raíz de la expansión de los cultivos ilícitos, en lugar de paramilitarizarse para disfrutar de la riqueza, las Farc la invirtieron en hombres y armas para escalar la guerra.
La evidencia de que las Farc no están derrotadas es abundante. Desde las estadísticas hasta las acusaciones de la oposición dan cuenta de que las Farc se adaptaron a la seguridad democrática y pueden sobrevivir aun sin los ingresos del secuestro. Perdieron la superioridad en la relación de fuerzas que iban alcanzando a principios del siglo, pero siguen teniendo un tamaño y unos ingresos superiores a los que tenían cuando se les ofreció una amnistía en los años ochenta.
Si las Farc no están derrotadas después del mayor esfuerzo político, económico y militar de la historia, y si conservan su condición política después de haber caído el comunismo, perdido influencia sobre la población y haberse contaminado de narcotráfico, no queda sustituto a un acuerdo para superar el conflicto.
Las Farc no están en La Habana por cuenta de estas mentiras, sino de una verdad contundente: quien las convenció de su derrota política fue Hugo Chávez, mostrándoles, con su ejemplo, que el camino no son las armas.
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