Terminado el ajetreo propio de la jornada electoral, y con los resultados de cerca del 99 por ciento de las mesas, es posible tener más claro el nuevo aspecto del ajedrez político del país.
Varias conclusiones deja el reacomodo. Como se mencionó ayer, sobresale la aparición de una nueva fuerza política al amparo del expresidente Álvaro Uribe, hecho tan relevante como la llegada al Capitolio, en muy buena hora, de figuras de amplio reconocimiento nacional y sobre las cuales hay consenso respecto a sus calidades intelectuales.
Habría que comentar también que la abstención, una vez más, estuvo por encima del 50 por ciento, dato que llamó la atención de la misión de veeduría electoral de la OEA, junto con el alto número de votos nulos, alrededor de un millón y medio, cifra demasiado grande que plantea la obligación de una reforma que simplifique la mecánica electoral. De igual forma, será necesario un control político riguroso sobre aquellos parlamentarios que resultaron elegidos no obstante las serias dudas sobre su pasado y su nivel de cercanía con personajes en líos con la justicia.
Pero hay un hecho en particular que sobresale por sus implicaciones para el futuro inmediato del país: lo favorable del balance final para el presidente Juan Manuel Santos. A pesar de la cantidad de curules del Centro Democrático –suceso que, en esencia, es una muy buena noticia para la democracia en cuanto robustece el nivel de la deliberación, aspecto fundamental para el buen ejercicio legislativo–, si se revisa la conformación final de ambas cámaras, el Ejecutivo conservó las mayorías.
Estas serán indispensables para llevar a buen puerto los numerosos proyectos que tiene en carpeta, a los que está atada la suerte de un eventual segundo período de Juan Manuel Santos. Son, como ya se ha planteado, iniciativas tan cruciales como inaplazables y tienen que ver con reformas de fondo de la justicia, la salud, la educación y el sistema político. Sin olvidar, por supuesto, la responsabilidad de levantar la estructura legal que sostenga los posibles acuerdos con las Farc.
Dicho lo anterior, hay que poner de relieve que en el nuevo mapa aparecen elementos que, pese a la referida continuidad de la coalición mayoritaria favorable al Presidente, pueden ser potenciales palos en la rueda. Es el caso del desempeño de la nueva bancada uribista y del margen de incertidumbre que existe respecto a qué camino podrán tomar las fuerzas minoritarias a la hora de definir posturas frente a asuntos claves. Una incógnita que cobija al mismo Partido Conservador, dadas sus recientes divisiones internas.
Lo ocurrido el domingo también aporta luces sobre las elecciones presidenciales del próximo 25 de mayo. Los buenos resultados de los partidos de la Unidad Nacional representarían para Santos, en principio, un parte positivo. Aun así, la jornada deja preguntas abiertas. Por ejemplo, hasta qué punto el respaldo a la lista del Centro Democrático se puede trasladar a su candidato, Óscar Iván Zuluaga, o si la importante cantidad de votos –cerca de dos millones que logró Enrique Peñalosa en la consulta de la Alianza Verde– puede alcanzarle para sacudir una contienda que, hasta ahora, no logra despertar entusiasmo.
En todo caso, el de los próximos cuatro años será un Congreso en el que se escenificará un pulso entre el oficialismo y una oposición sólida. De la manera como este se desarrolle dependerá que esta institución recupere el prestigio que ha perdido y que es fundamental para el vigor de la democracia.
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