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El abandono de los ancianos

By 13 de enero de 2015No Comments

Se murió el viejito solo en un andén. Descansó. Su vida se había convertido en un laberinto de tiempo, que no le daba para saber de dónde era ni dónde vivía ni nada. Tampoco sabía cómo se llamaba. Como no recordaba nada, se la pasaba de andariego; dormía en la calle y pedía comida en los restaurantes. El abuelo, qué vaina, se murió sin nombre.

La situación de los abuelitos callejeros en Colombia es más dramática que la de los niños de la calle. Un niño tiene muchas posibilidades de ser atendido por la asistencia del Estado o la caridad pública. Un anciano no tiene ninguna posibilidad. No le importa a nadie. El Estado hace pocos esfuerzos para buscarlos, atenderlos, proveerles alguna clase de bienestar. Como colombianos nos hemos acostumbrado a las imágenes más crueles, como si fueran normales. Nada de lo que aquí pasa es normal. Esa indolencia hacia los viejos no es normal. Los que, carajo, hicieron de todo por este país, los que se partieron la espalda por el bienestar de unos hijos que a lo mejor serán profesionales, esos que entregaron sus mejores años para el desarrollo del país, son tratados como trastos viejos cuando les llega la edad de la inocencia. Es claro que la primera responsabilidad recae sobre la familia, pero, cuando la familia desaparece, tendría que hacer su aparición el Estado.

Los ancianitos son como niños chiquitos, igual de sensibles al maltrato y al amor. El maltrato los pone mustios, huraños, a veces violentos, y los enloquece. Obvio. La suma de su angustia por no saber quiénes son ni de dónde vienen, más el maltrato y el abandono, no puede arrojar un resultado distinto que la locura. Cosa que empeora la situación. Si se mal mira a un ancianito de la calle, ¿qué puede esperar un ancianito loco de la calle?

Nuestra indolencia no tiene límites. Como sociedad nos protegemos de la desesperanza haciendo la vista gorda. Pero de tan gorda, la vista ya no aguanta. Tenemos que hacer el esfuerzo para que los ancianitos no mueran en la calle locos y abandonados. Tenemos que hacer el esfuerzo para que no haya niños haciendo volantines en los semáforos. Nos urge. Porque si comenzamos a indignarnos con esas imágenes cotidianas, a lo mejor presionamos a los burócratas del Estado para que promuevan soluciones.

Si comenzamos a mirar nuestras calles, podremos reconocer que las cosas no están bien, y solo desde ese reconocimiento podremos presionar por soluciones. Si, por el contrario, nos ponemos las gafas oscuras, las de no ver la miseria ni la desolación, ¿quién podrá solucionar un problema que no se mira ni se nombra?

Ojalá los noticieros de televisión empezaran una campaña mediática por la suerte de los abuelos callejeros. Todos sabemos que tienen el don de sembrar pensamientos, de educar, de movilizar conciencias. Ojalá.

Hace un par de días quise hacer un inventario de abuelitos abandonados en el centro de la ciudad. En menos de cuatro horas y quince cuadras pude identificar al menos veinte, abandonados, con la mirada perdida, algunos cargando pesados fardos.

Colombia entera está repleta de ancianos abandonados. Usted mismo los podrá ver. No importa a dónde viaje. Es fácil reconocerlos: están en la calle, están viejos, tienen la mirada de angustia más triste del mundo, y hablan solos.

La solución tiene que ser duradera, permanente. Nada de dos atendidos o quince. No. Tiene que ser una política del Estado, con eslogan y promoción mediática: no más abuelitos en las calles.

Si ustedes los hubieran visto entenderían mucho más estas palabras: se murió un viejito solo en un andén.

Cristian Valencia
cristianovalencia@gmail.com

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-abandono-de-los-ancianos/15089126


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