La aguerrida Angélica Bello deja lecciones y exigencias. Una, que es el Estado el que debe poder más en estos casos. Mujeres y hombres que tienen la entereza de reclamar lo suyo y defender a los demás necesitan protección, amplia y suficiente.
Es una triste verdad que las mujeres y los niños son las principales víctimas de las guerras. En el conflicto irregular y brutal que vive Colombia, no han sido la excepción. Ellas, como madres, como hijas, como secuestradas, como desplazadas, han pagado una cuota que espanta.
Algunas, con un coraje admirable, han tenido el valor de plantarles cara a sus victimarios. Tal vez el nombre símbolo sea el de la cordobesa Yolanda Izquierdo, quien bien puede subir a las páginas de las heroínas. Ella y su familia padecieron los atropellos de las Auc. No contaban con que era una mujer que desconocía el miedo y se erigió como cabeza de unas 800 familias que habían tenido que dejarlo todo, empujadas por las bocas de los fusiles. Pagó con su vida el reclamar justicia, el exigir lo que les había costado sudor y sacrificios.
La evocamos hoy, cuando se acaban de cumplir, el 31 de enero, 6 años de su asesinato. Y también para rendir tributo a Angélica Bello, una araucana llena de valor, que igualmente tuvo la desgracia de toparse en su camino con esas mismas autodefensas unidas de Colombia que la corrieron porque pertenecía a la Unión Patriótica. Ese «pecado» político le costó un espantoso calvario.
Fue desplazada, perseguida a lo largo de medio país, sufrió un atentado, le reclutaron a sus hijas, que recuperó a punta de decisión y clamores. Y, con todo, tuvo el valor de crear, en el 2006, la Fundación Nacional de los Derechos Humanos de la Mujer. La seguían como hienas. En Bogotá fue raptada en un secuestro exprés, humillada y vejada. Por más grandes que sean los espíritus, a veces el acoso de los criminales los mina. No la mataron las balas, pero ella, al parecer, este 16 de febrero, resolvió partir para la tierra prometida, donde al fin hallaría la paz. «Presionada por su dolor o por sus amenazas, no sé por qué, no pudo más», dijo el Presidente.
La aguerrida Angélica deja lecciones y exigencias. Una, que es el Estado el que debe poder más en estos casos. Mujeres y hombres que tienen la entereza de reclamar lo suyo y defender a los demás necesitan protección, amplia y suficiente. Son vidas muy valiosas, que llevan la bandera de la justicia y se las tiene que rodear en todo sentido. Ahora queda acompañar a sus hijas e hijo y no dejar que la fundación cierre sus puertas, pues sería darles motivos de risa a sus victimarios.
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