En medio de la selva amazónica, dos comunidades reciben computadores y red por primera vez.
La existencia de venenos vegetales capaces de matar a un ser humano en solo unos segundos y de árboles sagrados cuyas hojas brillan en la oscuridad no parece ser ya suficiente misterio para los indígenas tikuna que habitan las riberas del río Amazonas. El asombro, toda la sobrecogedora grandeza del río, tiene por estos días un reemplazo provisional: la llegada a la selva de un puñado de computadores con conexión a internet.
A pesar de que los tikuna aún no saben bien cómo interpretar lo que bien podría ser visto como una nueva amenaza o un nuevo triunfo, las comunidades de Mocagua y San Martín asisten a la inauguración del kiosco digital en el Parque Natural Amacayacu como se asiste a la presentación de un circo que anuncia la llegada de un nuevo animal a la tierra de todos los animales: con incredulidad curiosa, en silencio.
“No sé qué es internet. Yo creo que ahí uno puede hablar con los extraterrestres. Ellos existen. Hay otros que viven debajo del agua y van a invadir la Tierra. Yo vi un bebé que se convirtió en extraterrestre”, dice Nelson Santos, de 9 años, con la certeza de alguien que ha estado acostumbrado a escuchar de sus abuelos un inventario constante de fábulas y prodigios.
Otros niños, los que alguna vez han oído hablar de internet, a la misma pregunta responden con palabras breves. “Buscando, investigar sobre los saurios y plantas carnívoras. Objetos, hacer tareas. Funciona tocando las teclas y así uno se puede comunicar con los extraterrestres”, termina Erik en un castellano de sílabas tensas, como si hablara en un idioma extranjero, apoyando la teoría conspirativa de su compañero.
Después de salir de Leticia, al parque se llega luego de un recorrido de dos horas en un expreso, una lancha bimotor que avanza a contracorriente por un río que, engrosado por infinitos otros ríos, puede llegar a medir en su desembocadura hasta 240 kilómetros de ancho. No por nada le dicen el río mar. (Lea también: Abel Santos, el guardián de la lengua tikuna).
Arrullados por el sube y baja rítmico de la lancha, el tiempo se hace casi imperceptible, sobre todo en estos días de desove y temporada de lluvias en los que la aparición súbita de las múltiples aletas dorsales de los delfines rosados es motivo suficiente para creer que se está presenciando un sueño.
Es 19 de diciembre y el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones planea una entrega maratónica de ochenta Kioscos Vive Digital a los miembros de guarniciones militares, comunidades indígenas y parques naturales del país; todos ellos con acceso a internet, programas de capacitación en el manejo de computadores, servicios de fotocopias y escáner. El objetivo es llegar a veinte departamentos para cumplir con la meta de instalar 7.621 kioscos en toda Colombia.
Al llegar al parque y ver el recibimiento que los indígenas tienen preparado en señal de agradecimiento, la sensación primera es la de que a pesar de que “algo extraordinario había ocurrido alguna vez, el mundo de la vida indígena que Schultes había conocido ya no existía, y de que aún lo poco que quedaba de las ricas culturas de la región estaba destinado a desaparecer”, como escribió en El río el antropólogo Wade Davis, que en 1974 venía por primera vez a Colombia persiguiendo los pasos de Richard Evans Schultes, el biólogo americano reconocido sobre todo por ser el pionero del estudio farmacológico y de las propiedades alucinógenas de las plantas amazónicas.
Esa intuición inicial va cambiando con las horas, al ver que los niños reconocen cada planta por su nombre y que son capaces de sentir la presencia de una iguana o de un delfín con la misma naturalidad con la que un hombre de ciudad presiente unos segundos antes el sonido de su alarma.
Sin embargo, los visitantes extranjeros todavía llegan persiguiendo ese mito frágil de las danzas, el ritmo ceremonioso de los tambores y los trajes escasos. Semejante anacronismo parece provenir del relato del misionero dominico español Gaspar de Carvajal en su libro Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, del que se desprende que los tikuna vivían en una armonía perfecta con la naturaleza, aislados, inmersos en unos rituales sagrados que podían durar semanas enteras.
Para ellos, para los turistas, las comunidades siempre tienen preparada una representación de una danza tradicional con trajes típicos y tambores que parece satisfacer el anhelo fotográfico de muchos.
Es cierto que los tikunas ya no conservan el vigor espiritual de antes y que su conocimiento medicinal, que no necesita de ningún rigor científico para ser verdadero, se limita hoy a unas pocas manos. El abismo entre los abuelos y sus hijos es enorme.
Es cierto también que la situación de los jóvenes es preocupante y que, como lo revela José Ignacio Lozano, alcalde de Leticia, existe “una tasa de suicido en jóvenes indígenas muy alta. Fundamentalmente porque cuando terminan su bachillerato se quedan en la casa sin nada que hacer y se ven en esa situación de desespero”.
Por eso la llegada de internet no es poca cosa: con él se abre una perspectiva, un mundo. Los abuelos tikuna, un poco más proféticos, se atreven a decir que si se aprende a usar la tecnología con fines comunitarios, sería como mezclar lo mejor de los dos mundos y así poder defender entre todos su camino hacia el futuro. “Yo trabajo en la parte de turismo y nos puede servir para que los visitantes vengan más. Desde hace 20 años soy guía profesional. No sé nada de internet pero allá hay un ayudante. Es muy necesario para que vengan turistas”, asegura Víctor, un abuelo de 62 años que vive en San Martín.