Por: Francisco de Roux
Gandhi, Martin Luther King y monseñor Romero, en situaciones análogas a la nuestra, tomaron el camino de oponerse a la violencia y dirigir las voluntades a la reconciliación.
La guerra ha vuelto a tomar fuerza. Terminó la tregua unilateral de las Farc, que había bajado en 80 por ciento la confrontación armada. Hay una escalada demoledora de la frágil credibilidad de la paz, que pasa de asaltos a policías y soldados a bombardeos a guerrilleros, golpes a torres y oleoductos, y nuevos bombardeos. Las Farc dicen que atentan contra la estructura económica del enemigo, pero es el pueblo el que siente la agresión injusta. El Gobierno dice que aplica la estrategia israelí de dialogar como si no hubiera guerra y hacer guerra como si no hubiera diálogo, y es sabido que esta estrategia fracasó en el conflicto interminable de Oriente Próximo. Queda la esperanza de que algunos acuerdos serios lleven a desescalar la confrontación, y de que el Papa ejerza su liderazgo moral para la reconciliación de esta nación católica.
Porque estos son momentos para retomar nuestra tradición cristiana. Me apoyo en la lección inaugural de la teóloga María Clara Lucchetti Bingemer, en la Universidad Javeriana, para traer la historia bíblica de la “pedagogía progresiva”, en la que Dios, entre guerras y violencias, va revelando paulatinamente el misterio de amor, que desconcierta a los israelitas y “deconstruye” totalmente la idea que tenían de salvación. Hasta que aparece definitivamente la intención de Dios en Jesús, que manifiesta la misericordia y el perdón sin medidas.
Jesús desarma al “dios de los ejércitos”, hecho a imagen y semejanza de los hombres de la guerra, que necesitan un dios que les asegure la victoria; y revela al “Dios desarmado”, de la no violencia, de la defensa de los excluidos, de la dignidad humana, la confianza fraterna a todo riesgo y el respeto a la creación.
Jesús pasa por el sufrimiento y la muerte para mostrar que el misterio del Amor está junto a las víctimas de la historia y también a los atrapados en el dolor de sus errores. Muere perdonando a sus victimarios. Por eso los cristianos afirmamos que el Amor es el último sentido de la historia.
Este Dios, que une la entrega por la dignidad humana con la no violencia, no se manifiesta en una ilusión de mansedumbre romántica, sino que se abre paso entre pasiones y virtudes humanas en una historia llena de conflictos. La misma fe cristiana ha tenido que purificar su mensaje porque carga como ejemplos dramáticos de contradicción contra la cruz la Inquisición y las Cruzadas. Por eso Juan Pablo II pidió perdón por los métodos de violencia y de intolerancia utilizados en la evangelización, e hizo del Jubileo del Año 2000 la ocasión de purificación del “contratestimonio y del escándalo” de la Iglesia en el milenio pasado. Por eso mantenemos la esperanza de que Dios nos reconcilie un día en Colombia, a pesar de nuestros odios.
Hoy, más que nunca, tenemos que escuchar a Jesús: “Oyeron que se dijo: ojo por ojo y diente por diente; pero yo les digo que no se opongan a quienes les hace mal. Oyeron que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobres justos e injustos. Porque si ustedes aman solo a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen?”.
Gandhi, Martin Luther King y monseñor Romero, en situaciones análogas a la nuestra, tomaron el camino de oponerse a la violencia y dirigir las voluntades a la reconciliación. En este empeño confiaron en la promesa de Jesús: “Alégrense cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes. Regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos, pues del mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes”.
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-dios-desarmado/16000626