No la ha tenido fácil el partido Unión Patriótica, probablemente el más emblemático de la izquierda colombiana.
Por todo. No sólo son los 3.500 militantes muertos que cargan a sus espaldas, como una especie de fantasma impune, sino también los asesinatos simbólicos de sus líderes que, no sobra decirlo, hicieron tambalear la hegemonía del establecimiento en su momento, como Jaime Pardo Leal, asesinado a balazos en una carretera; como Bernardo Jaramillo Ossa, a quien abrieron a tiros en la terminal del Puente Aéreo de Bogotá. La lista es bien larga.
Aparte de todo este exterminio físico, nombrado de esta forma incluso por tribunales internacionales, la Unión Patriótica tuvo que ver con tristeza cómo una decisión administrativa le quitaba la personería jurídica. Es decir, aparte de que sus miembros fueran atacados en su vida, el nombre del partido, probablemente a lo único que podían aferrarse los sobrevivientes y los exiliados, desapareció.
Son dicientes, sin embargo, los vestigios que quedaron una vez todo esto pasó: la historia de la colectividad nunca fue olvidada. Así fueran pocos los que la recordaran, la voz acallada de esta buena parte de la izquierda siguió su lucha firme por dejar respirar la memoria de este país.
Nos levantamos hace poco con la noticia de que el Consejo de Estado había anulado dicha resolución administrativa, devolviéndole al partido la esperanza de continuar su curso, 20 años después, en la arena política. Esa inaceptable pausa, sin embargo, suena bien a futuro sobre todo en términos democráticos.
Que un partido como este entre en un momento histórico tan particular como el que vivimos es importante, por decir lo menos. La izquierda de partidos enfrenta hoy una crisis de legitimidad: han sido sus propios fantasmas internos, su división y, también, sus gobiernos emblemáticos, los que la han dejado con una opinión no tan favorable. Que llegue ahora la Unión Patriótica, con el peso de su propio nombre, es un aire renovado que podría dar mucho en el debate público. Que exista siquiera, es un avance.
Sin embargo, no sobra el llamado de atención: ya hubo en el pasado un intento por exterminar total y sistemáticamente este movimiento. ¿Va a pasar lo mismo? ¿No habría que cuidar y darles voz y visibilidad a sus víctimas? ¿A sus exiliados, tal vez?
La Unión Patriótica ha aclarado, a través de su presidente, Omel Calderón, que ellos no serán un apéndice de las Farc, ahora que se discute en La Habana la participación política de este grupo guerrillero. De acuerdo con sus declaraciones, las Farc ya tienen algunas organizaciones con las que podrán lograr ese cometido. Ahora que volvieron, deberíamos oírlos, lejos de las estigmatizaciones innecesarias que se dieron en el pasado. Y también que quienes en su momento pretendieron continuar con la práctica de “todas las formas de lucha” y contaminaron su ejercicio político hayan aprendido la lección. El momento histórico no resistiría lo contrario, como tampoco su futuro político.
Enhorabuena, pues, el regreso de este partido de izquierda a balancear un panorama político, que si bien de alguna forma se está reconfigurando, también presenta ciertos baches que pueden confundir a la sociedad de cara a las siguientes elecciones. Celebramos esta noticia. Ojalá este país haya evolucionado algo en 20 años y podamos dar una mirada más democrática a quienes representan una visión distinta y alterna de la forma en la que se ha hecho política tradicionalmente.