Los nombres de Alexánder Montero y Nelson Fernando Vargas no son reconocidos por la mayoría de colombianos. Sin embargo, ellos están en la lista de víctimas de la modalidad criminal que logró sacudir a un país que por años se acostumbró a la barbarie: los ataques con ácido.
Desde el 2004, según las cifras de Medicina Legal, 456 hombres fueron agredidos con sustancias corrosivas. Representan poco menos de la mitad del total de víctimas. El miércoles, uno de esos ataques le costó la vida a Alejandro Correa Castaño, un joven antioqueño.
La mayoría de veces, los motivos y la identidad de los delincuentes siguen en la sombra. Solo en 11 de esos expedientes hay alguna relación afectiva comprobada entre la víctima y la persona responsable del ataque: se trataba de la esposa o la compañera sentimental.
Esa, dicen las autoridades, es una clara diferencia frente a los casos contra mujeres, donde los móviles pasionales son mucho más frecuentes.
Alexánder y Nelson Fernando se han sometido a varias cirugías para intentar revertir sus graves lesiones. Ambos aseguran que además de la indolencia de la sociedad y de las barreras que han encontrado en el sistema de salud, la impunidad es una carga que los sigue victimizando. Por esos 456 ataques no hay ni una sola condena penal. Y en la lista de los 11 casos que esta semana fueron priorizados por la Fiscalía no aparece ninguno en el que la víctima sea un hombre. (Lea también: Anuncian tres proyectos para endurecer castigos a agresores con ácidos).
Las pistas en esos expedientes son precarias. Pero muchos apuntarían a situaciones de hurto y hasta a retaliaciones por el no pago de ‘vacunas’.
Los mismos delincuentes lo quemaron dos veces
Nelson Fernando Vargas Sierra ha tenido que sortear dos ataques con ácido. En el primero, el 23 de junio del 2012, cerca de la zona franca de Fontibón, en Bogotá, varios hombres lo atacaron para robarle el celular, y uno de ellos le lanzó ácido en el lado derecho de su cara.
Aunque la herida no fue tan profunda, permaneció 20 días incapacitado.
Dos meses después, el 23 de agosto, tras su recuperación, identificó a los agresores y los denunció a la Policía. Vargas dice que esos mismos delincuentes ingresaron a su casa y volvieron a atacarlo con la misma sustancia química, esta vez por venganza.
La segunda agresión fue terrible. Tanto que, casi dos años después, la herida aún sangra cuando se baña con agua fría o se expone directamente al viento y al sol. El brazo izquierdo también sigue afectado por las quemaduras.
Vargas está seguro de que la disolución de su hogar está directamente relacionada con el ataque. Su esposa se fue porque temió que los delincuentes pudieran atentar también contra su hijo, de 20 años.
A los 49 años, dice que ha tenido que enfrentar el rechazo social y que sus marcadas heridas le han cerrado puertas. Hoy trabaja como vigilante en un conjunto residencial del norte de Bogotá.
Asegura que como no se atrevió a denunciar a los agresores por temor a una nueva retaliación contra él y su familia; su caso permanece estancado en lo judicial.
Por ahora, dice que lo más importante es lograr la autorización de su EPS para que le hagan la cuarta cirugía en el rostro.
Nelson Vargas plantea como una solución para frenar la cadena de ataques que el Gobierno Nacional ejerza control en la venta de todo tipo de ácidos.
Lleva ocho cirugías y le faltan al menos siete
Alexánder Montero tiene 30 años y ocho cirugías a cuestas. El 2 de agosto del 2013, al salir de un bar ubicado en los alrededores de la avenida Primero de Mayo con Boyacá, en Bogotá, un hombre lo atacó con ácido, al parecer por una venganza personal.
La brutal agresión le produjo quemaduras de tercer grado en la cabeza, la cara y el pecho.
Montero cuenta que aunque dos días antes alguien lo llamó al celular a advertirle que le iban a hacer daño, nunca imaginó la pesadilla que se le venía encima.
Tras superar casi tres meses de incapacidad, y con un inmenso deseo de salir adelante, se gana hoy la vida como asistente en ventas de una empresa que comercializa elementos para ebanistería.
El hombre asegura que la rabia que siente por la agresión no es menor que la que le produce saber que ni la atención necesaria en salud ni la justicia aparecen en su historia, a pesar de que ha tocado todas las puertas.
Esas, afirma, son dos batallas que siente perdidas. El día de su tragedia, mientras la cara le ardía, los médicos duraron 40 minutos definiendo cuál era el paso siguiente para evitarle mayores daños: “Yo sentía que el ácido me derretía la piel (…) En el hospital no sabían si ponerme vendajes o lavarme el rostro”.
Todavía sigue pagando las deudas en las que tuvo que incurrir para pagar por su cuenta las infiltraciones y para comprar protectores solares y cremas especiales. Ahora busca que su EPS le autorice otras siete cirugías reconstructivas.
Sobre la justicia, denuncia que solo seis meses después del ataque la Fiscalía lo citó para recibirle la declaración. Y eso fue gracias a la gestión de un abogado que no permitió que su caso se archivara.
Versiones encontradas sobre crimen de La Estrella
Medellín. Atraco o crimen pasional. Esas son las hipótesis en el caso de Alejandro Correa, el joven de 22 años muerto el miércoles en Medellín, tras ser atacado en La Estrella (Antioquia) con una sustancia química.
La primera línea de investigación nació de las palabras de su madre, María Cecilia Castaño, quien dio a entender que el menor de sus dos hijos tenía una relación sentimental con Aura Luz Vélez, la mujer casada que lo acompañaba.
Y es precisamente esta última quien asegura que su amigo perdió la vida en un intento de robo. “Alejandro acababa de hacer ejercicio. No tenía nada. Y ella solo llevaba las llaves y una ‘menuda’ (monedas). Los tiraron al suelo. Como Aura es muy nerviosa, se tapó el rostro y no alcanzó a ver si eran dos o uno solo. Alejandro intentó pararse y ahí se lo arrojaron (el ácido). A mi esposa le cayó en la pierna y en el estómago”, narra Rubén Roldán. En entrevista con EL TIEMPO, el marido de Vélez introduce un elemento que podría enredar aún más las pesquisas: su esposa y él habían recibido amenazas por su amistad con Correa, padrino de confirmación de su hija Laura. “Si no deja de andar con el morenito de San Francisco (barrio de Itagüí), le vamos a echar ácido”, le habrían dicho a ella en enero. “La llamaron de un público. Desafortunadamente, no se colocó denuncio”, cuenta Roldán, cuya familia no asistió al sepelio de quien él llama “un hijo más”.
Un mes antes de su muerte, Correa, estudiante de ingeniería informática, sufrió un ataque con gas pimienta.
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