Hay que parar la guerra, pero la violencia no solo está detrás del fusil guerrillero o paramilitar. Está más en la calle, en cantinas, en parques, en la propia casa.
Aunque impacten muchas veces, las estadísticas son una herramienta indispensable y de gran utilidad. En los últimos días, los colombianos han conocido números impresionantes. Ya se ha comentado con suficiente amplitud el Informe de Memoria Histórica, donde se revela que en los últimos 54 años, a causa de la violencia, perdieron la vida 220.000 colombianos. Y, para mayor alarma, el 80 por ciento eran civiles.
La semana pasada también se dieron a conocer las cifras de un importante trabajo, publicado por el Centro de Estudios Económicos Regionales (Ceer), del Banco de la República, sobre las causas de las muertes de otros 200.524 compatriotas –57 por ciento hombres y 43 por ciento mujeres–, ocurridas durante el año 2010 en Colombia.
La violencia es la primera causante de esos decesos, seguida del cáncer. Pero, así parezca una triste lógica, llama la atención que cuando en el mundo la primera causa de muerte es el cáncer –cada año se presentan aproximadamente 11 millones de casos–, en Colombia la violencia cobre más vidas que el terrible mal. La investigación halló que los homicidios constituyeron el 27 por ciento de muertes y que el 61 por ciento de ellos ocurrió por agresiones, que son el primer factor por el que aquí mueren los hombres.
Son datos que impresionan. Más si se tiene en cuenta que en la región los homicidios de varones no superan el 6 por ciento. Pero Colombia sabe echarse encima unos tristes récords. En esto supera a las naciones con un nivel económico similar al nuestro, no solo de Suramérica, sino de otros continentes.
Por otra parte, por desgracia, las mujeres siguen siendo las principales víctimas del cáncer. Es la causa del 23 por ciento de fallecimientos femeninos, no obstante los esfuerzos oficiales y las campañas de prevención. En este aspecto, aún falta conciencia, no solo ciudadana, sino muchas veces de las entidades prestadoras de salud para la atención oportuna. Eso no se puede negar. Y ojalá la nueva normativa que hace curso en el Congreso se ocupe de este drama.
Lograr un cambio que permita que cada vez más gente muera por causas naturales debe ser un objetivo común. Hay que comenzar por buscar remedios y así parar la inveterada agresividad que nos está matando. La justicia es un eslabón de la cadena. Recuperar el sentido de respeto por la vida ajena y rescatar los valores –que también están como muertos– desde las aulas, desde el hogar, se asoma como el camino que se debe seguir.
Aunque este propósito parece más difícil cuando se conocen otros datos no menos vergonzosos. Entre enero y octubre del 2012, por ejemplo, según Medicina Legal, hubo 47.000 casos de violencia intrafamiliar.
Aquí hay una tarea pendiente: parar la guerra, pero se debe hacer énfasis en que la violencia no solo está detrás del fusil guerrillero o paramilitar. Está más en la calle, en cantinas, en parques, en la propia casa, es decir, en una sociedad irascible.
El que se nos muestre el mapa, el que se nos ponga el termómetro, como lo son estos informes, tiene que servir para despertar conciencia y buscar correctivos. Porque este no es solo un costo en preciadas vidas, sino que arrastra grandes implicaciones económicas y sociales para el país.
El Gobierno, el Congreso, los medios, la academia, los políticos –que alistan toda clase de propuestas de campaña– debemos ocuparnos primordialmente de estos asuntos. Es doloroso que el cáncer mate a miles de personas. Pero que el tumor de la violencia no le ayude más a sembrar de cruces el país.
http://www.eltiempo.com/opinion/editoriales/el-tumor-de-la-violencia-editorial-el-tiempo_12961624-4