Desde niño, tuvo claro que quería ser cura. Se prepara para recibir el premio de Fundación Chirac.
La paciencia del padre Francisco de Roux (Cali, 1943) pocas veces se ve socavada, pero cuando asesinaron a sus compañeros de Cinep Elsa Alvarado y Mario Calderón se derrumbó y en los últimos años, en el Magdalena Medio, hastiado de que los guerreros de todos los bandos asesinaran a la población, les pedía que lo mataran a él. Incluso les dijo dónde lo encontrarían: todas las mañanas, trotando por el terraplén de Barrancabermeja.
Foto: Archivo (El Tiempo)
El padre Pacho, o Pacho, a secas, es un hombre tranquilo y modesto hasta la exageración. Al felicitarlo por el premio de la Fundación Chirac, replica: «Sé que todos esos premios son mérito de hombres y mujeres que han dado la vida por la paz de Colombia y con quienes he tenido el privilegio de caminar. No sé por qué me los entregan a mí. Y cuando los he recibido lo hago por ellos. Pertenecen a su causa».
Esas palabras le salen de lo más profundo de su ser y se asemejan a las que repetía desde pequeño, cuando comenzó a manifestar su inclinación por la vida religiosa.
Su papá no le hacía mucho caso y, al llegar al bachillerato, lo matriculó en el colegio Berchmans de Cali, donde estudiaban sus hermanos mayores. Amigas y amigos en esa ciudad alegre recuerdan la frase que hacía pública, sin temor a la mofa: «Quiero ser jesuita». La única en su casa que lo alentaba era su mamá, su aliada incondicional: no quería que la tradición familiar (cinco hermanas monjas y dos hermanos jesuitas) se perdiera, y ambos se dieron a la tarea de convencer al papá. Lo lograron. Pocos meses antes de cumplir los 16 años ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en La Ceja (Antioquia).
Su formación académica fue exhaustiva: teólogo, licenciado en Filosofía y Letras, magíster en Economía en los Andes, la Sorbona y el London School of Economics.
«Era a finales de los años 60. Años del cura Camilo Torres, de la Teología de la Liberación, de los sacerdotes de Golconda y del famoso documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana sobre la fe y la justicia», rememora.
Al terminar los estudios de filosofía, sus superiores lo enviaron de profesor a la Javeriana. «Con un sacerdote joven nos fuimos a vivir al barrio San Agustín del Sur, en un inquilinato, detrás de la Picota. Ocupábamos una habitación de las cinco que tenía la casa, con una taza de inodoro y una ducha en el centro del patio para todos los habitantes. Íbamos a trabajar a la universidad. En medio de lo crudo de la vida en este barrio, de donde salía a la madrugada a buscar un bus como todos los vecinos, sentí que junto con la Teología, para ser sacerdote debía estudiar Economía, para luchar eficazmente contra la injusticia social. El Provincial aceptó mi petición. Por siete años estudié clásicos, marxistas, neoclásicos y keynesianos. Después me daría cuenta de que los problemas humanos son mucho más profundos y complejos de lo que enseña la Economía».
Su primer empleo fue como investigador en el Centro de Investigación y Educación Popular Cinep, uno de los institutos más preciados por la Compañía en el país, del que el padre Pacho llegó a ser su director durante 10 años, tiempo en que compartió techo y comida con los habitantes del barrio San Martín, populoso núcleo obrero de la capital.
Fueron las décadas de los 70 y 80, cuando su popularidad entre los más pobres y la izquierda intelectual se desbordó. Sonrisa franca, voz suave y pausada, solidario, buen oyente y cálido con quien lo buscaba lo hicieron el cura más solicitado para bautizos, novenas navideñas, inauguraciones, matrimonios y, claro, para los entierros que, por esa época, se multiplicaron por el asesinato de decenas de dirigentes cívicos y políticos.
Se caracterizó también porque fue de los primeros que usó ropa corriente y dejó el alzacuellos blanco para ocasiones especiales y la sotana para la misa. Misa como la que celebró en la céntrica iglesia de San Francisco a los huelguistas del paro bancario de 1976, junto con otros jesuitas, que fue muy publicitada.
La Provincia
Su vida citadina llegó a su fin en 1995. Así lo recuerda: «El Cinep y la Sociedad Económica de Amigos del País fueron contratados por Ecopetrol y la USO para hacer un diagnóstico sobre la situación social en torno a la petrolera de Barranca; me pidieron que fuera el director de ese estudio. Reuní a un grupo de académicos y de líderes ribereños de mucha autoridad moral y capacidad de convocatoria. Al terminar el diagnóstico, que duró cinco meses, entregamos los 11 volúmenes acordados. Logramos lo que más nos importaba: delinear un proceso social sostenible que recogía las luchas y organizaciones que buscaban la paz y la justicia en la región, y que empezó por llamarse Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio».
En el Magdalena Medio su ‘feligresía’ fueron 800.000 personas, habitantes de 30 municipios, sumidas en la desesperanza y en la violencia.
«Cierto -dice-, pero más exacto es afirmar que estos campesinos y pobladores contaban con un par de líderes espirituales de inmenso coraje y claridad con quienes entrelazamos una profunda amistad: Jaime Prieto Amaya, obispo de Barranca -muerto en el 2010- y Leonardo Gómez Serna, obispo de Magangué, quien sigue luchando. Fue al mismo tiempo un escenario de muchos diálogos con los que se enfrentaban en la guerra.
Diálogo humanitario para proteger la vida de la gente. Diálogo con respeto a todos. Pero un diálogo en el que las cosas se decían con franqueza. Después, el programa continuó en manos de los campesinos, obreros y pobladores que llevaban los proyectos con la coordinación de Libardo Valderrama, jesuita entusiasta y creativo; y hoy, bajo la dirección de Ubencel Duque, líder regional de inmenso valor moral, sabiduría y fortaleza humana. Ellos han contado con el apoyo de Camilo Castrellón, obispo de Barranca. De este grupo de gente tan capaz salió Miriam Villegas para tomar la dirección de Incoder y luchar por la tierra para los campesinos».
Fueron 13 años intensos, de extenuantes jornadas. Él asegura que la tarea grande la hicieron los campesinos, las mujeres, los jóvenes y las organizaciones a quienes tuvo «el privilegio de acompañar». Allí puso en práctica sus conocimientos económicos, éticos y religiosos, por la complejidad de las circunstancias. Años en los que se desarrolló un proceso que, aún hoy, sigue contribuyendo a aumentar la calidad de vida de sus pobladores, a disminuir los asesinatos y a recomponer un tejido social agujereado, mediante la transformación del odio y la confrontación.
El nombramiento del padre de Roux como Provincial de los jesuitas, hace ya cuatro años, lo ha enrutado hacia otras responsabilidades.
No por ello sus oponentes lo abandonan. Hace unos meses circuló un artículo de Ricardo Puentes Melo, director editorial del portal Periodismo Sin Frontera, que lo acusaba de ser cura guerrillero, de pactar con los paramilitares y de negociar secuestros. «Le envié al periodista un correo electrónico, que algunos amigos convirtieron en comunicado público -recuerda-. En él desbarataba las acusaciones y le pedía tener una conversación a la que, le dije, iría solo, al lugar donde quisiera. Así terminé dialogando con uno de mis más duros detractores».
Las acusaciones y los reconocimientos son recibidos por el padre de Roux sin alterar su rutina de ejercicios diarios (esté donde esté) de meditación, de gobernar a los jesuitas en el país, de acompañar a quienes más lo necesitan, de compartir con amigas y amigos de toda la vida, con su familia y con sus «sobrinos-nietos», su más preciado tesoro.
«Los insultos de los detractores no me afectan, vienen de personas que están atrapadas en la guerra. Pienso que lo hacen convencidos de que es su deber. ¡Cómo me gustaría ayudarles para que se liberaran de la guerra que se los tragó, como se tragó a Colombia».
El ‘Nobel’ francés al trabajo por la paz
El premio de la Fundación Chirac, considerado el ‘Nobel’ francés de la paz, le será entregado el 22 de noviembre en el Museo de Quai Branly (París). Del jurado hacen parte Chirac y 9 personas más, entre ellas el ex secretario de la ONU Boutros Boutros-Ghali y Federico Mayor, ex director de la Unesco. Se concede desde el 2009 y tiene una bolsa de 100 mil euros.
MYRIAM BAUTISTA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
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