Un miembro tan destacado de la dirigencia cafetera como Mario Gómez Estrada señala a la revaluación como factor principal del actual problema y clave para la solución.
Cuando se ponía oídos sordos a las quejas por los estragos de la revaluación y de la disruptiva enfermedad holandesa, no se previó, al calor de los dogmas de los prosélitos de la Escuela de Chicago, que la cuerda fuera a reventarse por donde menos se podía esperar.
Por el gremio tradicionalmente disciplinado de los cultivadores de café, cuya organización fuera, en otras épocas, modelo de eficiencia democrática, demostrada tanto en las bonanzas como en las crisis en que se jugaba su suerte, simultáneamente con la del país. Menos habiendo un jefe del Estado salido de la entraña de su organización, conocedor como el que más de las interioridades y sobresaltos de los vaivenes del ramo.
Por supuesto, el mercado del café se ha venido a menos por diversos factores. Entre otros, la baja dramática de su producción en Colombia a menos de ocho millones de sacos, cuando lo usual era de 11 millones, sumada a la baja del precio externo y del precio interno que subsidios extraordinarios del Gobierno no han conseguido compensar.
A quienes conocimos un poderoso Fondo Nacional del Café, pacientemente formado después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Pacto Interamericano de Cuotas vino a ser tabla de salvación, nos extrañan profundamente las penurias de hoy. Recordando, al mismo tiempo, cómo la Federación Nacional de Cafeteros llegó a hacer las veces de Gobierno en los acuerdos de compensación con las naciones de detrás de la Cortina de Hierro.
Un sentido de equilibrio y ponderación regía el manejo de las finanzas del Fondo, hasta el punto de que su elevado patrimonio no excluía las reducciones o las alzas del precio interno al unísono de las externas, sin problemas. Fuera de tener empresas complementarias de la magnitud y el éxito de la Flota Mercante Grancolombiana, a quien estas líneas escribe le correspondieron, en la cabina de mando, la crisis de estrangulamiento exterior en 1967 y la impetuosa bonanza de 1977.
En un ambiente de tensiones políticas y desaceleración económica como el actual, no dejaba de ser temerario el recurso de irse al paro en respaldo de las peticiones del gremio al Gobierno. Ha debido evitarse a toda costa para ahorrarse el riesgo de procurar soluciones en medio del conflicto o con su respaldo fáctico. Elementos de la guerrilla o de la delincuencia armada no perderían la ocasión de perturbar el orden público a su manera Y, por otra parte, las alas políticas acérrimamente opuestas al jefe del Estado no harían un alto en sus campañas proselitistas y, en particular, en sus acres consignas.
Sin descontar que otros sectores agrarios también afectados tendieran a hacer causa común con los cafeteros. Tales los cacaoteros, arroceros y demás en condiciones parecidas. A los productores de calzado, textiles y leche se les arregló la competencia privilegiada y desleal, elevando los aranceles aduaneros.
Los deplorables incidentes y brotes de violencia hasta ahora ocurridos debieran mover a redoblar los esfuerzos por que se vuelva a los cauces civilizados del avenimiento. Con sorpresa y beneplácito hemos hallado que un miembro tan destacado de la dirigencia cafetera como Mario Gómez Estrada señala a la revaluación, en declaraciones a Portafolio, como factor principal del actual problema y clave para la solución. Cree que al llegar el dólar al nivel de 1.950 pesos, indicado por el ministro Cárdenas, «la caficultura necesitaría muy poquito apoyo del Gobierno y nos evitaríamos los paros».
La intensidad del conflicto pudiera hallar una ceja de luz, un nuevo amanecer de concordia constructiva, en el reconocimiento de esta causa específica de la desventura de los cafeteros y en la voluntad eficaz de removerla.
Ojalá sea así por su bien y el de Colombia.