Hace más de 100 años se proclamó el Día de la Mujer, que tiene lugar el día de hoy. Se trata del reconocimiento a una lucha por los derechos que ellas tienen en una sociedad prominentemente machista.
Es bastante lo que ha cambiado en un siglo: las mujeres han conseguido en muchos casos apropiarse de sus vidas y definirse a partir, ya no de un hombre, sino de lo que ellas mismas escogen. No ha sido fácil esa lucha, sin embargo.
Pese a los grandes cambios (mujeres trabajando, votando, dirigiendo), las mujeres de hoy, de pleno siglo XXI, esas que, por no ir tan lejos, viven en alguno de los 139 países que han declarado en su Constitución la igualdad de género, siguen siendo sujetas de ataques: desde el lenguaje hasta la acción física, desde el rechazo hasta el acoso. Muchas no se dan cuenta siquiera. Lo asimilan, lo normalizan, incluso lo defienden. Para eso debería servir un día como hoy, para reflexionar en torno al rol de la mujer en este mundo de hombres, de discursos y prácticas machistas.
La igualdad formal que proclaman las leyes hace que se disfrace la realidad. Pensar que por ese hecho (que, sin duda, es importante, es una batalla ganada) la realidad ha cambiado por completo, es un grave error. Las mujeres tienen los mismos derechos, sí, pero en la realidad los hombres siguen siendo más privilegiados: en cargos, en sueldos, en su posición en el mundo. La mesa de negociaciones en La Habana, por citar un ejemplo suelto, está dirigida por hombres. La composición de las altas cortes, en su mayoría, también. La ley de cuotas se incumple. Y no se trata de que los hombres estén mejor preparados y sea justo. Harto ya ha dicho la sociología acerca de los “techos de vidrio” que impiden que las mujeres suban a ocupar altos cargos pese a estar igual —o mejor— preparadas que los hombres.
Este es, apenas, un nivel de la discriminación. Está, también, la que es llevada al extremo de lo físico: Rosa Elvira Cely, violada y empalada en el Parque Nacional, en pleno centro de Bogotá, por alguien que es calificado por la sociedad como un “loco” y no como un hombre que discrimina. La defensora de derechos humanos Angélica Bello, ultrajada una y mil veces por el simple hecho de ser mujer, porque su cuerpo se convirtió en objeto de guerra, como pasa en esta guerra. Podríamos seguir.
Y saliéndonos de Colombia, abordando el mundo, la situación no cambia: la mitad de las mujeres en el mundo tienen empleos inseguros, no se les deja decidir sobre su cuerpo y sexualidad, se les niega el aborto, cuando éste debería ser un derecho pleno; incluso, en algunos países se les castiga por transmitir el virus del sida. Ser mujer en este mundo no es fácil. Un día como hoy debería servir para reflexionar sobre esto.
El Día de la Mujer, sin embargo, se ha vuelto un evento en el que se refuerzan los estereotipos más antipáticos que hay sobre las mujeres: la ternura, la delicadeza, a su vez la debilidad, la capacidad de servilismo. No está mal hacer un homenaje a las mujeres. Un hombre con una flor en la calle no debe ser sujeto de rechazo. Pero otras cosas deben hacerse, otras realidades deben y pueden imponerse. La discriminación, como acto naturalizado, empieza por casa, por la realidad íntima de cada hombre en relación con las mujeres.
El día de hoy es para hacer las preguntas claves del día a día. De otra manera, se convertirá en lo que nunca quiso ser: un evento para seguir obstaculizando el paso de las mujeres por este mundo.
http://www.elespectador.com/opinion/editorial/articulo-409009-celebramos-cada-8-de-marzo