Skip to main content
Noticias

La mujer que logró frenar con un balón la violencia en zona de Kenia

By 31 de mayo de 2016diciembre 2nd, 2024No Comments

De niña, caminaba dos kilómetros de la mano de su padre para llegar al pueblo más cercano a ver algún partido del Mundial de fútbol en el único televisor que había. Era un reto encontrar un espacio libre junto a toda la comunidad, que se reunía para disfrutar del deporte más popular, incluso en esa zona olvidada de Kenia, cerca de la frontera con Etiopía.

Fatuma Abdulkadir Adan cargaba el peso de ser mujer en un país donde es raro que los hombres tengan solo una esposa –lo común son tres o cuatro–, donde las niñas, cuando llegan a los 12 o 13 años, son obligadas a casarse y donde la mutilación genital es una tradición.

En Marsabit, su pueblo natal, no había agua potable pero sí tribus armadas con AK-47 que a diario se enfrentaban, acabando con pueblos y violando a su paso a cuanta mujer se encontraban. Ese territorio, del norte de Kenia, era de paso prohibido. Era un ‘país’ marginado dentro de otro país que sí contaba, al menos, con escuelas y hospitales. 

Fatuma logró terminar primaria, algo que muchas mujeres no consiguen porque a esa edad están embarazadas o casadas. Los dos primeros años –recuerda– fue a la escuela descalza. Su familia era tan pobre que enfermarse resultaba casi como una sentencia de muerte, porque no había dinero para medicamentos o ir al doctor.

Para cursar bachillerato viajaba dos días, y siempre que salía escuchaba el mismo comentario: “No lo va a lograr”. Pero su empeño la llevó a ocupar un lugar entre los tres mejores estudiantes de su clase.

Su papá, maestro de escuela, soñó con verla en la universidad y por eso siempre la acompañó en ese viaje, que tardaba cuatro días, desde Marsabit hasta el valle de Rift, en el sur de Kenia. De no haber sido así, la habrían secuestrado para casarla con algún hombre.

Las dificultades económicas la obligaron a postergar sus estudios durante un año. Su padre pensó que eso la llevaría al suicidio o a vender su cuerpo por dinero, pero Fatuma se rebuscó la forma de trabajar. Pidió prestado un computador, y con una vieja impresora se dedicó a transcribir e imprimir trabajos de los universitarios. Así pagaba el hostal donde vivía y la comida, mientras su padre hizo cuanto pudo para recoger fondos y costear el resto de su carrera. No la terminó en cuatro años, pero lo hizo en seis y se convirtió en abogada.

Graduarse en leyes aseguraba buen trabajo, y bien remunerado. Pero el deseo de Fatuma era regresar a su comunidad para transformarla. Las firmas de abogados se pelearon por tenerla; era la primera mujer abogada del norte de Kenia, y al final tuvo que decidir entre una vida con una casa grande, con piscina, seguramente manejando un Mercedes Benz –como dice–, o ser humilde y volver a sus raíces.

Y fue el corazón –señala– el que la empujó en su decisión. En el 2003 creó una organización para ayudar jurídicamente, de manera gratuita, a la gente de su región. La llamó Iniciativa para el Desarrollo del Cuerno de África. El escritorio se lo donó su padre, y los primeros voluntarios los reclutó con la ayuda de su hermano, quien involucró a un grupo de seis amigos.

No la pudo registrar a su nombre por ser mujer; tuvo que ser con el de su padre. Empezó a acercar a las comunidades, conformadas por tribus, muchas rivales. Fue paciente, aguantó el rechazo y las burlas, pero insistió hasta que la escucharon. Primero, los mayores, líderes y tomadores de decisiones en las comunidades. Luego, las mujeres, siempre menospreciadas y carentes de voz ante el pueblo. Y al final, los jóvenes, esos que veían como una locura cambiar una AK-47 por un balón hecho con trozos de basura.

Su proyecto involucró el fútbol, lo que para su gente era como ir a la guerra. Pero Fatuma les habló de fútbol para la paz, a pesar de que en ese territorio nadie creía en ella. Sacó del juego las tarjetas que castigan a los jugadores y las cambió por otras que premian el juego limpio. Y trajo a las mujeres a la cancha.

Su labor, que ha impactado a cerca de 6.000 personas, la llevó a ser candidata al Nobel de Paz en el 2005, y hoy recorre el mundo compartiendo su experiencia.

A mediados de abril pasado estuvo en Bogotá, donde conoció iniciativas similares, como Tiempo de Juego y Colombianitos, fundaciones enmarcadas en estrategia streetfootballworld, una red global que agrupa más de 100 organizaciones que, a través del fútbol, generan tejido social.

En diálogo con EL TIEMPO, compartió su historia y detalles de su proyecto, que empezó con dos equipos y que hoy tiene 348 en la zona norte de Kenia.

¿Por qué el fútbol?

En la comunidad, el fútbol fue la forma de acercar a los jóvenes, aunque durante mucho tiempo fue casi como una guerra entre tribus. Ellos sabían que me gustaba; y aunque algunos se resistían, otros aceptaban mis ideas. Así me fui ganando su confianza, y empezamos a salir a otras comunidades para convencerlos de que dejaran sus AK-47 por una pelota hecha con pedazos de basura. Al principio me decían que estaba loca, pero se dieron cuenta de que era su forma de tener voz. Comenzamos con dos equipos, de dos tribus, y hoy tenemos 348.

Su modelo reemplaza del juego las tarjetas amarilla y roja, ¿cómo es eso?

Implementamos un concepto en el que, en lugar de ellas, tenemos tarjetas verde y blanca. La verde, para el juego limpio individual; y la blanca, para el juego limpio colectivo. Además, estas dan puntos y si los equipos no los tienen, no pueden ganar trofeos. Los puntos de paz empezaron a ser muy importantes para los jóvenes, y de esta forma dejaron de hacerse daño.

Logró reunir en un equipo a tribus enemigas…

 

Para que un equipo juegue en mi liga, si se puede llamar así, debe tener una mezcla de diferentes tribus, debe simbolizar lo que nosotros somos. Así, los niños empezaron a invitar a otros a jugar con ellos y, sin darse cuenta, esa fue la forma de aceptar al otro.

¿Cómo es eso de que en la cancha juegan y discuten?

En el medio tiempo o descanso, los equipos no se separan, sino que todos se sientan en la mitad de la cancha y se abre un espacio de discusión sobre cómo llevar estas estrategias de fútbol por la paz a nuestras vidas. Ahí empezaron a salir muchas ideas positivas.

¿Cómo involucró a las mujeres?

Cuando empezamos el programa con las mujeres, en el 2008, tenía 12 niñas. Las llevé a un torneo en Nairobi, y de regreso ocho de ellas fueron secuestradas. Eso fue un golpe muy duro, me sentí culpable porque las expuse, y fueron dos años luchando contra ese recuerdo. Pero tenía que salir adelante porque traerlas de vuelta a la comunidad era imposible. Rehaciendo ese proceso, tuve que ganar la confianza de las madres para que apoyaran de nuevo a sus hijas.

Con ellas tiene un programa que se llama ‘Rompiendo el silencio, mujeres en el fútbol’, ¿de qué se trata?

En este espacio hablamos de temas que nos afectan, como la mutilación genital femenina, los abusos, el matrimonio infantil, el acceso a la educación. Esto empezó de ceros y hoy tenemos todo un currículo que se toma por un año y que es necesario para graduarse al siguiente nivel educativo; de esta forma nos aseguramos de que las niñas se mantengan en la escuela.

¿Cómo ha logrado su programa reducir la violencia en su región?

El mensaje acá es que la paz no es solo mi problema, sino el de todos. Nuestra labor ha permitido que el número de muertos se haya reducido notablemente: en lo que va del año son tres casos, y para esta época del año eran 78. Además, no se ha presentado un solo secuestro de niñas.

Más que una entrenadora de fútbol, usted ha entrenado a toda una comunidad…

Mi labor ha sido mostrarles cómo enfrentar la violencia y cómo salir de ella. La mayoría de las personas culpan al Gobierno de no traernos la paz, pero este es asunto de todos. Mi respuesta es que no quiero ser una víctima de la violencia, soy un recurso para la paz, y al final todo este trabajo ha sido como empezar a construir una comunidad: primero con los mayores, luego con las mujeres y finalmente con los jóvenes.

¿Qué ha sido lo más difícil en estos 13 años?

En el 2005 hubo una masacre en el condado, atacaron una escuela y cerca de 200 niños fueron asesinados. Eso me dio muy duro, siempre supe que nos estábamos matando, pero no a ese nivel. Además, solo ese año supe que mis papás eran de diferentes tribus, que eran enemigos, por decirlo de alguna forma. Yo era una mezcla. La pregunta que me hacía era ¿qué pasa con la sangre que llevo? ¿Es una mezcla? ¿Es sangre ‘sucia’? No podía cortarme en dos por tener padres de tribus diferentes, así que empecé a asistir a reuniones en una y otra comunidad, a ganarme su confianza; siempre esperé mi oportunidad, y así empecé a construir paz.

¿Cómo mantiene su organización?

Todo empezó con trabajo voluntario, y así hemos dado un paso tras otro. Ahora tengo 32 personas trabajando directamente, a las que se les paga con contrato. Después de 13 años es una estructura sólida, construida a partir de aprender de los errores. Hoy estoy orgullosa de ese trabajo.

Su trabajo la llevó a ser nominada al Nobel de Paz, ¿alguna vez lo imaginó?

Cuando empecé todo esto, no fue pensando en ganar premios, fue para estar segura. Ahora soy madre, y recuerdo que la mía me escondía bajo la cama por culpa de la violencia que se vivía. No quiero que mis hijos ni que los niños sientan el mismo miedo que yo tuve. La paz que tengo hoy es más importante que cualquier premio. Mis dos hijos son el mejor premio.

Su caso se asemeja al de muchas personas en Colombia, ¿qué les dice?

No soy una experta, pero, desde mi humilde concepto, puedo decir que no importa quién eres, pero si haces tu propia paz, contagias. Lo que veo en Colombia es lo que nos pasó a nosotros 13 años atrás; alguien debe dar el primer paso, sé que ya está pasando con las organizaciones que trabajan fútbol por la paz, pero creo que es el momento para que los líderes políticos escuchen. El momento es ahora, no se puede dejar pasar un día más para alcanzar la paz, porque seguirá muriendo gente.

¿Qué metas se traza ahora?

Hoy he logrado crear un modelo que funciona y no quiero quedármelo, sino compartirlo con el mundo. Si hay una sola persona a la que le interesa lo que he hecho y adopta algo o todo de esto, por qué no. Eso no solo me dará paz a mí, sino a un territorio. Cuando hay guerra, un país no crece, pero cuando hay paz se puede hablar de educación, de desarrollo, mejorar la salud de las personas, de lo complejo que es el cambio climático.

¿Juega fútbol hoy?

Sí, lo hacemos en la organización, todos los viernes de 4 a 6. Jugamos para divertirnos; no importa el cargo que tengan en la organización, todos estamos en la cancha.

http://www.eltiempo.com/mundo/africa/con-un-balon-logro-frenar-la-violencia-en-kenia/16608004