Uno de los sectores más afectados por este grupo, hoy le apuesta a la paz y le teme a la violencia.
El paisaje es montañoso, un contraste de colores entre el verde y el ocre. Hasta donde alcanza la vista se pueden observar cultivos de papa y alguno de café.
Para llegar a Tablón de Gómez, en el municipio de Pasto (Nariño) -en el que más se han restituido tierras-, se debe conducir tres horas desde Pasto. Allí no entra la señal. Entre 1998 y 2003, uno de los periodos más álgidos del conflicto, este departamento sufrió sendos golpes de violencia.
Pero sin duda, uno de los episodios más cruentos lo vivieron los habitantes de La Victoria, una de las veredas que componen a Tablón de Gómez. En 2002, ese lugar ‘desapareció’. A esta zona, que servía de puente a las Farc para transportar droga hacia Putumayo y Ecuador, llegó un grupo de 50 guerrilleros que despojó y desplazó de sus tierras a todas las familias -unas 400- que vivían allí.
La Victoria siempre fue un punto estratégico porque conectaba con algunas zonas donde ese grupo armado tenía cultivos ilícitos.
“Los miembros de las Farc llegaron en abril. Nos dijeron que teníamos cinco minutos para irnos y que si no lo hacíamos nos mataban. De un lado los guerrilleros y en el otro los militares, que intentaron detener la toma. Como a las tres de la tarde empezaron los enfrentamientos, sonaban las bombas, los cilindros y los disparos”, relata Odilia Sánchez, de 74 años, quien con su voz entrecortada y la mirada perdida parece que hablara de un hecho que ocurrió hace un par de días. Los nueve miembros de su familia fueron desplazados de La Victoria.
El sol en esta tierra es un poco sofocante, pero el viento es frío. Aquí los habitantes, y especialmente las mujeres, ya no tienen miedo a hablar. De hecho, son ellas quienes lideran los proyectos productivos. La reconstrucción de paz viene de su mano.
“Mi casa estaba en medio del fuego cruzado. Tenía ocho meses de embarazo cuando hicieron la toma. Me sacaron cubriéndome de las balas y empujando porque del susto y por la barriga de ocho meses de embarazo no reaccionaba.
Mi hermana casi se muere por el pánico en el que entró. Los guerrilleros le dejaron un carro al frente de la casa lleno de cilindros, balas, y ‘sombreros chinos’ –una especie de bomba- que intentaron estallar en Tablón de Gómez, pero no pudieron”, recuerda Oneida Albán, madre de cuatro hijos, quien se limpia las lágrimas con su camisa.
Sin documentos que certificaran la propiedad de la tierra y solo con el deseo de recuperar lo que es suyo, las familias ‘tabloneras’ comenzaron, de a poco, un proceso de retorno a sus parcelas. Algunos temerarios lo hicieron pocos días después de la toma. Otra, menos arriesgados, tardaron años en pisar sus terrenos.
Para 2013, ya con la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras en marcha, unas 300 familias recibieron con el fallo de 198 sentencias ese papel que legalmente lo devolvía su suelo en La Victoria.
En total, 562 familias de todo el municipio de Tablón de Gómez han sido parte del programa de restitución, lo que lo convierte en la zona de Nariño donde con mayor éxito se ha aplicado esta ley.
Los nuevos retos
En el territorio de Nariño existen 5.672 solicitudes para restituir la tierra, 2.698 están en trámite y 2.087 ya finalizaron con devolución de los predios. Tablón de Gómez lidera este proceso en el departamento con 198 sentencias de restitución, le sigue Pasto con 78, Tangua con 39, Buesaco con 4 y Polícapa con 2.
Ermel Castillo –también desplazado de La Victoria- asegura que para que los casos de violencia no se repitan es necesario que el Estado siga invirtiendo en el desarrollo de los territorios que fueron afectados.
“La Unidad de Restitución ha beneficiado a muchas familias y gracias a eso tenemos donde cultivar y criar a los animales; pero necesitamos más inversión. Sin un sistema de riego, por ejemplo, el cultivo es más propenso a que se dañe o no se puede recoger todo lo que se debería.”, comenta Ermel.
Precisamente, el cambio climático es otros de los desafíos. El paisaje en general de Pasto es árido. Hace más de cinco meses no llueve y el fuerte verano ya afecta a la región.
El fin de la violencia también es otro desafío. De hacerse efectivos, los acuerdos pactados entre el Gobierno y las Farc exigen, según lo manifiestan habitantes de esta región, un acompañamiento constante del Estado.
“Debe haber seguridad y las fuerza pública debe estar pendiente de que las bandas criminales no se adueñen de estos terrenos. Eso solo pasará si el Gobierno se compromete de manera constante y no unos meses después de que empiece el posconflicto”, comenta Rosa Salazar, también desplazada en el 2002.
‘Los cambios están empezando’
Liliana Leitán tiene un hijo de seis años. Juan José Leitán es un niño de piel blanca, sus ojos son claros, su cabello es castaño claro y según dice su madre, la forma de pensar y hasta de jugar ha cambiado.
Mientras su abuela relataba de manera emotiva el momento en el que tuvo que abandonar su casa por amenazas de las Farc, a su lado se escuchaba cómo Juan José jugaba con dos muñecos de plástico a ser policía y a defender a su pueblo.
Juan José dice que quiere hacer parte de la Cruz Roja o ser bombero, a su corta edad sabe que esta profesión le permitirá ayudar a su familia y a las personas que viven con en él.
Sin importar las consecuencias y el dolor que implicó el desplazamiento forzado de cada una estas familias de Tablón de Gómez la conclusión de todos es la misma, el país necesita paz y la oportunidad de un futuro diferente para ellos y especialmente para las nuevas generaciones. Los padres de Juan José ya no quieren ver a sus hijos jugar a la guerra; prefieren una paz imperfecta, que ver morir a los niños en medio del fuego cruzado, como ocurrió en el 2002, cuando las balas entre la guerrilla y el Ejército impactaron a un menor de 10 años aproximadamente. El tiro fue letal, un disparo en la cabeza que no tuvo ´responsables´ ni ´culpables´.