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Los niños y sus cicatrices de guerra

By 4 de julio de 2013No Comments

Se realizó un estudio piloto para establecer de qué manera niños y adolescentes terminan afectados por la violencia. Investigación final se divulgará en septiembre.

Tienen pesadillas constantes. Se comportan agresivamente. Son irritables o están llenos de pensamientos negativos. Con dificultad logran conciliar el sueño. Lloran, lloran mucho. Se aíslan. Desconfían de las personas del género opuesto. Movilizarse, más que rutina, es una idea aterradora. Los domina una sensación de desarraigo. Se sienten solos, impotentes, confundidos, desesperados. Ese es, a grandes rasgos, el panorama de los niños y adolescentes cada vez que abren los ojos y se enfrentan a un nuevo día luego de que el tornado del conflicto hubiera azotado sus hogares. Son las consecuencias de la guerra para los seres que más necesitan de protección.
 
Medir el impacto de la violencia entre niños y jóvenes es, quizá, el mayor reto que se impuso el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) para este año. Las conclusiones a las que ha llegado hacen parte de un estudio piloto llamado “Estrategia complementaria al modelo de atención psicosocial del ICBF”, que se elaboró con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y que fue conocido por este diario. Ese estudio piloto se realizó con 214 niños y adolescentes entre los 11 y los 18 años de edad, y es hoy la guía principal para una investigación mayor que se está ejecutando con 2.090 menores, cuyos resultados serán divulgados en septiembre próximo.
 
Esta iniciativa, explica la directora (e) del ICBF, Adriana González, nace de unos lineamientos establecidos en la Ley de Víctimas: “Implica formación de nuestros profesionales, crear instrumentos y protocolos para atender a menores de edad víctimas del conflicto, activar rutas que nos permitan ayudarlos de una manera más integral. Se trata de contribuir con la rehabilitación como forma de reparación”. Las conclusiones del estudio, aunque parciales, son un buen indicativo para comprender o dimensionar lo que la guerra ha hecho en las mentes y las almas de los más indefensos a través del desplazamiento, la violencia sexual, los accidentes con minas, la orfandad, el secuestro, la desaparición forzada o el reclutamiento.
 
Del conflicto y sus consecuencias


“Este es tal vez uno de los resultados más preocupantes (…) los puntajes tan bajos corresponden a una proyección de vida muy pobre, a una visión de futuro altamente perturbada”, dice el informe. Así las cosas, resulta inquietante la poca capacidad que tienen los menores víctimas del conflicto para soñarse como adultos plenos y satisfechos. En los niños que han soportado el flagelo del secuestro, que han lidiado con desapariciones forzadas o que han sido objeto de abusos sexuales, esta característica es particularmente notoria. En el caso de los desvinculados de grupos armados ilegales, anota el ICBF, aunque este tema se trata en los programas que se ejecutan con ellos, “al parecer los esfuerzos no han sido suficientes”.
 
Determinar si los niños y adolescentes víctimas de la guerra sufren de depresión o de estrés postraumático era, por supuesto, un objetivo fundamental del estudio. De lo primero se encontró que no hay niveles clínicos, aunque sí hay síntomas —como tendencia a la tristeza o la melancolía— que, si no son atajados a tiempo, podrían abonar el camino para que esta enfermedad mental fustigue sus vidas como adultos. El estrés postraumático se manifiesta en mayor medida en los niños que han sido forzados a abandonar sus tierras, han perdido a sus padres o son desvinculados. Quienes han sufrido violencia sexual no reportan síntomas notorios de estrés postraumático, pero, advierte el estudio, “se puede deber a que en muchas oportunidades estas víctimas bloquean el suceso y no recuerdan”.
El “desarrollo moral”, es decir, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, de interiorizar normas y de saber qué se permite y qué no, se presenta en un nivel bajo particularmente entre los menores de edad que han sido desterrados de manera obligada o que han enfrentado el fenómeno de la desaparición forzada. “Esta variable y los resultados de la misma ponen de presente la necesidad de que estos grupos sean expuestos a modelos morales altamente competentes, mostrarles que el liderazgo debe ser ejercido desde otras perspectivas diferentes”, señala el ICBF en el documento.
 
La ansiedad es un factor común entre los menores víctimas del conflicto, aunque es más visible aún entre quienes han sufrido el desplazamiento o han perdido a sus padres. No se presenta “de manera drástica”, dicen los investigadores del ICBF y la OIM, pero sí están “en riesgo de presentar problemas posteriores”. Dicha ansiedad aparece de dos maneras: a “nivel cognoscitivo”, que se traduce en preocupaciones excesivas, incertidumbre o pérdida de confianza en sí mismos, y a “nivel somático”, que, como era de esperarse, se acentúa en quienes han terminado mutilados por las minas antipersonal: palpitaciones, sudoraciones, cosquilleos o entumecimiento en la espalda. Sensaciones similares a las que registran los menores víctimas de desaparición forzada.
 
Otro aspecto que se evaluó fue la “capacidad de resiliencia”, que no es otra cosa que la habilidad de ponerse de pie ante la adversidad. En los niños desplazados, dice el reporte, es “bastante débil”. Por esa razón “es necesario revisar las intervenciones que en este aspecto se hace con esta población y los programas y acciones de atención psicosocial, que aparentemente no están siendo lo suficientemente efectivos”. Los menores huérfanos, se lee también, “están en alto riesgo”, por lo que deben ser valorados de manera diferenciada y más precisa. Los más fuertes, al contrario, son los menores desvinculados de grupos armados, quienes han tenido accidentes con aparatos explosivos y quienes han sido víctimas de abusos sexuales.
 
Este estudio, afirma Clemencia Ramírez —coordinadora técnica del proyecto y oficial de investigaciones de la OIM—, es relevante porque permitirá establecer tratamientos para los menores con base en sus necesidades reales y no en las que los especialistas creen que tienen. Sin embargo, Stella Duque, directora de Taller de Vida —ONG que forma parte de la Coalición contra la Vinculación de Niños, Niñas y Jóvenes al Conflicto Armado—, anota: “Estamos lejos de saber qué pasa con los niños en el marco del conflicto. Es un tema que todavía nos desborda, las políticas públicas al respecto deben transformarse. Los niños y sus familias enfrentan las consecuencias del conflicto muy solos y, además, al Estado y a las organizaciones nos falta más coordinación para tener un mayor impacto con nuestras intervenciones”.
 
En el país se han visto un par de intentos por poner sobre la mesa el tema de salud mental en relación con el conflicto. Hace una semana, la organización Médicos Sin Fronteras lanzó un informe con base en más de 5.000 historias clínicas, recogidas a lo largo de cuatro años en Caquetá, motivada por “la vigencia de la problemática de la salud mental en el marco del conflicto armado colombiano y la falta de una respuesta efectiva por parte de las instituciones sanitarias”. El 72% de los pacientes eran mayores de edad y mostraron los síntomas que se fueron visibles en los niños que entrevistó el ICBF: ansiedad, depresión, humor triste, preocupación constante, irritabilidad y dolor corporal. No en vano, Médicos Sin Fronteras las llama “las heridas menos visibles”.
 

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