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Los secretos de la Operación Carta del Ejército

By 10 de noviembre de 2012No Comments
La última estrategia para no dejar caer la moral de las tropas no se basa en armas, sino en misivas.

A 250 kilómetros por hora, el helicóptero UH-60 Black Hawk del Ejército colombiano atraviesa el Guaviare con un arma secreta en su interior, que no concentra su poder en las balas, sino en 130 cartas con mensajes dirigidos a quienes llevan más de cinco meses internados en la selva.

Camufladas entre pacas de gaseosa,costales de arroz y bolsas con granos están las tulas que el Ejército diseñó para guardar las cartas que familiares y amigos les envían a los soldados para contarles sobre el estado de salud del recién nacido, el matrimonio fallido de un primo, la compra de una moto o el rendimiento del equipo de los sueños.

Los escritos les suben la moral. En medio de la dureza de la selva, donde el calor seca el aliento y los truenos hacen temblar al más valiente en la oscuridad de la noche, las cartas resultan una bendición. Por eso, el aterrizaje de la aeronave propicia una barahúnda, en la que los uniformados se lanzan agachados a recibir las encomiendas.

El punto de encuentro es el alto del Capricho, el lugar desde donde la Brigada Móvil de Selva No. 22 lanzó una ofensiva contra dos frentes de las Farc y las bandas criminales, que tienen en el lugar un corredor de narcotráfico.

Las arriesgadas operaciones, en las que hay que sortear las trampas de las minas antipersonas y el riesgo de convivir con hormigas hasta de cuatro centímetros, han obligado a que los soldados profesionales queden concentrados en la defensa de los terrenos que quedan a lado y lado del río Guaviare.

En pleno siglo XXI, cuando un celular puede enviar en segundos fotos y videos de un continente a otro, los soldados que combaten en estos territorios recónditos viven incomunicados: no hay forma de hacer una llamada o de acceder a Internet, lo que los ha forzado a volverse expertos en técnicas de comunicación. Por eso, no es extraño ver a alguno subirse a un árbol, a una altura de 50 metros, a amarrar la tapa de una olla para buscar, con la ayuda de dos cables, una señal de celular y así lograr una llamada que no dura más de 20 segundos.

Una de las cartas que lleva la aeronave la escribió Nancy Mosquera, tía y madre adoptiva del soldado Jeison Darío Navarro Mosquera, de tan solo 22 años y que está combatiendo en las selvas de Guaviare.

‘No sabe que compramos casa’

«Han pasado ya seis meses que no hemos podido hablar con él. Por eso le escribo que la otra semana nos vamos a mudar a una casa que compramos», relata Mosquera, emocionada. La noticia no sería tan relevante si no viniera de una familia de desplazados afrodescendientes que, al dejar Urabá, lo perdieron todo y que han vivido en arriendo, durante 12 años, en el barrio El Paraíso, uno de los más violentos de Ciudad Bolívar, en Bogotá.

«Jeison se crió conmigo porque el papá no lo quería. Después de que llegamos a Bogotá, lo reclutó el Ejército y, ya en la tropa, decidió hacerse profesional», agrega Mosquera.

Con su trabajo como cocinera y con el de su esposo como vigilante de un edificio y con el dinero enviado por el soldado, lograron comprar en el barrio una casa de un piso, construida en ladrillo, que aún no tiene puertas. La emoción de la pareja es inmensa, pero no se la han podido compartir a su hijo. Por lo cual, la carta es decisiva.

Esas necesidades las detectó el Ejército, que desde hace dos meses creó un centenar de tulas para incentivar el intercambio de mensajes escritos entre los uniformados y sus allegados.

Esta Operación Carta incluye una dotación de revistas creadas por la institución, donde se leen, por ejemplo, recomendaciones para evitar los hongos en la selva o para detectar enfermedades como el paludismo, y consejos para no malgastar el dinero de las bonificaciones de orden público. Pero la estrategia va más allá: famosos y deportistas, como la bicicrosista Mariana Pajón y la automovilista Manuela Vásquez, les escriben mensajes de aliento como este: «Los admiro y, sobre todo, les agradezco porque, si no fuera por ustedes, Colombia no sería lo que es hoy».

‘Mi papá apenas firma’

Uno de los que salen corriendo a recibir el paquete que trae el Black Hawk es el soldado profesional Rigoberto Vásquez Marín, de 28 años, y que lleva combatiendo seis en la zona. «Lo más duro que ha pasado aquí es la toma de Castillo 6, en la que cinco compañeros perdieron la vida, dos quedaron locos y hay dos sobrevivientes que aún patrullan», cuenta Vásquez, resignado, porque hoy no le llegó carta.

En su cambuche recuerda que de ese ataque de las Farc lo salvó un tratamiento, que se hacía en Duitama (Boyacá), contra la primera de dos leishmaniasis que padeció. «Estaba en el sector de Pollo Gordo y me salió un granito en la cara. Al mes y medio me miró el enfermero de combate, me hizo la prueba y me salió positiva. Duré 65 días en tratamiento», dice.

La familia del soldado, que vive en Ibagué, poco le escribe. «Mi papá apenas firma», aclara. Por eso son más frecuentes sus cartas desde la selva que los mensajes de aliento desde la civilización. Y no lo piensa dos veces cuando le cuentan que puede mandar una carta a Bogotá, a más de 400 kilómetros del lugar donde se encuentra.

En medio de la manigua, Vásquez pone en tierra la ametralladora M-60, saca un banquillo y se pone a escribir a una familiar que lo crió en la capital y que hace más de dos años no ve. Le dice: «Hola, tía querida. Te cuento que estoy muy bien de salud, gracias a Dios. He estado caminando mucho, me ha tocado duro, pero estoy contento porque mis compañeros me apoyan mucho».

Varias moscas que se le paran en la nariz y en la boca y otros grillos que se mueven por su cuaderno hacen que este hombre de ojos rasgados y que casi siempre se ofrece de centinela, por lo que lo apodan ‘Vampiro’, interrumpa su escrito. Mientras retoma la charla, cuenta que él y sus cinco hermanos encontraron en el Ejército el lugar en el cual trabajar y ayudar a sus padres, unos humildes campesinos del Tolima. «Tía -continúa escribiendo-, si llamas a la casa, por favor salúdame a mis papás y hermanos y diles que los extraño mucho (…). Si Dios lo permite, en marzo salgo a vacaciones. Te deseo feliz Navidad y próspero Año Nuevo, si no tengo la oportunidad de llamarte. Me despido, tía, que Dios te bendiga, te quiero mucho. Rigoberto.»

El soldado guarda la hoja en una bolsa y se la entrega a su superior, que la empaca con otros mensajes que deposita en el helicóptero. Aún balbuciente por la melancolía, Vásquez cuenta que queda tranquilo porque pudo avisarles a sus familiares que no podrá pasar el fin de año con ellos, una situación a la que, asegura, «ya se acostumbró y que es más dura para los que tienen hijos o un allegado enfermo».

Un día después, la carta llega hasta una casona del occidente de Bogotá, que sirve de centro de rehabilitación para drogadictos. La destinataria es Ángela Rosa Vásquez, una de las cocineras del lugar. «Me alegra que esté bien, aunque yo quiero que lo trasladen más cerquita, porque sobre esos sitios donde él está uno escucha que matan a mucha gente», dice.

Y tiene razón. Hace dos semanas, las Farc hicieron un atentado en San José del Guaviare que dejó ocho heridos, todos civiles. En Arauca, donde los oficiales de Acción Integral del Ejército, que desarrollan la Operación Carta, tenían la función de entregar otro paquete de tulas, no pudieron entrar a descargar por falta de helicópteros -todos dispuestos para el combate-, como ocurrió con la carta de Jeison, que no pudo ser entregada en la selva del Guaviare y, por lo cual, aún no sabe que tiene casa propia.

«La guerra es algo muy terrible que tiene que terminar. Para mí, es muy duro tener a mi hijo allá», dice María Eufrocina Bohórquez, de 61 años, quien se enteró de la campaña de las cartas a través de un volante que llegó a su casa, por lo que fue hasta las oficinas del Ejército a llevar su misiva. Su hijo, el soldado Álex Fernando Bohórquez, combate en Puerto Jordán (Arauca).

Con su mensaje y otro centenar de cartas, empieza una nueva fase de esta operación, que se espera se haga extensiva a otras zonas apartadas para no dejar caer el aliento de los uniformados del país.

http://www.eltiempo.com/justicia/los-secretos-de-la-operacion-carta-del-ejercito_12371886-4
 

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