Su historia es un referente de lo que han hecho más de 50 años de conflicto en Colombia.
La vida de María Eugenia Zabala, es una historia de resistencia. A sus 58 años, esta cordobesa ha pasado por situaciones extremas que han forjado su carácter, su tesón, ese ímpetu que le ha permitido convertirse en sobreviviente y en líder.
María Zabala tiene ocho hijos. Perdió a su esposo en medio del conflicto y fue desplazada por la violencia. Todos esos años duros, de tragedia y dolor, fueron superados para convertirla en una líder inspiradora, modelo para las más de 5.7 millones de víctimas que ha dejado la guerra en el país.
Su nombre, tantas veces mencionado por su trabajo incasable por reconstruir lo que las armas han destruido, por la promoción de la paz, volvió a ser pronunciado por estos días por el presidente Juan Manuel Santos, quien contó su historia durante su intervención en la plenaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York.
La historia de María Zabala es un referente de lo que han hecho más de 50 años de conflicto en Colombia, en el campo, en las familias.
Su vida cambió en diciembre de 1988, cuando vivía en la vereda San Rafaelito, cerca de Montería. Junto con su esposo Polo tenían una finca en la que formaron a sus siete hijos, todos menores de edad, en las labores del campo. Para la época se preparaban para tener a su octava hija que crecía en las entrañas de María.
El 14 de diciembre, mientras en la vereda las casitas eran adornadas con luces para darle la bienvenida a la navidad, un grupo armado ilegal irrumpió a las 6 de la mañana en la vida de los pobladores.
Arrasaron con lo que tuvieron en frente. Quemaron casas, asesinaron a los jóvenes y adultos que se encontraron en el camino. En medio de la matanza María Zabala perdió a su esposo, a su tío y a un sobrino. “Todos mis hijos fueron testigos de eso”, recuerda la mujer.
En medio del dolor y la confusión, esta mujer hizo lo que pudo para recuperar los cuerpos de sus familiares incinerados. Con ayuda de sus hijos más grandes los enterró en su propia finca, en fosas comunes.
Ese recuerdo fue el último que le quedó de su rancho, el que construyó junto a su familia con esfuerzo y empeño. Desde entonces se desplazó hasta Montería huyendo de los violentos. “Llegué como desplazada a escondidas, uno no podía decir que era desplazado. Llegué a una casa donde vivía mi hija de 15 años. Era como una posada. Ahí empezó mi verdadera odisea”, recuerda.
Lavando y planchando en casas de familia, vendiendo empanadas, pudo garantizarles a sus hijos el alimento. Los pequeños tuvieron que aprender diferentes labores para ayudar con los gastos de la casa.
A inicios de los 90 logró conseguir una vivienda en uno de los barrios de invasión en Montería, donde no había agua, ni luz, ni vías.
Sus primeros años de liderazgo estuvieron enmarcados por la lucha para conseguir los servicios básicos: “yo les dije a las mujeres que estábamos ahí desplazadas que hiciéramos una junta de acción comunal. Nos convertimos en mujeres líderes, comenzamos a trabajar por el barrio, por el agua, por la luz. Faltaba el colegio. Hicimos una marcha del bloque para hacer el colegio”.
En los sueños de María Eugenia siempre aparecía su casa en el campo, la tierra que tuvo que dejar a la fuerza. Se propuso regresar a su terruño, y junto con 17 mujeres, también víctimas de la violencia y cabezas de familia, hicieron un préstamo en el año 2001 con una entidad gubernamental para comprar una finca de 15 hectáreas. A esa tierra la llamaron ‘El Valle Encantado’,
El Valle de María Zabala se llenó de cultivos que cuidaron de las épocas de invierno que azotaban a la región.
Fue así como su trabajo por las víctimas llegó a voces de otros líderes y varias organizaciones que en el 2004 le otorgaron el Premio a la Mujer Cafam, que reconoció el esfuerzo de esta mujer, víctima de un conflicto que no era suyo, por rehacer su vida y la de sus hijos.
Así ha sido su trabajo por todos estos años que la han llevado a ser un ejemplo. Zabala trabaja por la igualdad, la equidad para que por fin, algún día, en Colombia se pueda hablar de paz.
“La solución no son las armas. La solución son las ideas, buenas ideas”, enfatiza esta campesina cordobesa, que también cree en el poder del perdón. “Si nos matan a los esposos nos queda la responsabilidad ante la sociedad de formar hombres y mujeres de bien”.
MILENA SARRALDE DUQUE
REDACTORA DE JUSTICIA