Que las Farc comiencen a hablar de reparación es un paso importante, pero las arandelas que rodean el pronunciamiento dejan claro que todavía está lejos de ser definitivo.
Cuando por primera vez en el marco del actual proceso de paz se les preguntó en Oslo a los representantes de las Farc ‘Iván Márquez’ y ‘Jesús Santrich’ si esta agrupación estaría dispuesta a pedirles perdón a quienes han padecido el rigor de sus cruentas acciones, la respuesta tuvo un desconcertante tono de bolero: “Quizás, quizás”. Tal postura fue acompañada de desafiantes sonrisas, en una actitud que propios y extraños juzgaron irrespetuosa de la dignidad de las víctimas.
De aquel episodio a hoy mucha agua ha corrido por debajo del puente. Conforme han ido avanzando las conversaciones en La Habana se ha podido observar una posición por lo menos diferente de la guerrilla frente a un asunto tan sensible.
Un hito importante en esta evolución se produjo ayer con el muy comentado comunicado en el que tal organización afirma que “sin duda, también ha habido crudeza y dolor provocados desde nuestras filas”. Acto seguido se justifica con un señalamiento al “enemigo”, que “no se sujetó a normas de combate”.
Por lo pronto, llama la atención que, por lo menos de dientes para afuera, los insurgentes presentes en La Habana paulatinamente han ido reconociendo que su actuar en las últimas décadas también tiene un considerable saldo de sangre y dolor que no puede ser ignorado. Lo anterior, pese a su desatinada pretensión, varias veces esgrimida, de ser ellos los llamados a encabezar la lista de perjudicados luego de más de cinco décadas de confrontación.
Hay que decir que el mensaje de ayer, que incluyó un llamado a redactar un acuerdo para regular el conflicto, que podría ser consecuencia de las continuas bajas de hombres claves como lo eran alias el ‘Burro’ y ‘Jaimito’ para sus operaciones en el Cauca, no es el primero en el que las Farc se ponen en la senda de la contrición. Sí es, en cambio, la primera vez que públicamente contemplan el requisito –incuestionable– de acompañar perdón con reparación al reconocer “la necesidad de aproximar el tema de víctimas, su identificación y su reparación con total lealtad a la causa de la paz y la reconciliación”.
Pero la esperanza que puede generar esta actitud, y que, de hecho, ya se puede palpar, tiene un pesado polo a tierra, presente más adelante en la misma misiva, cuando queda claro que solo están dispuestos a dar pasos en esta dirección cuando el Estado y también la fuerza pública, los paramilitares, la Iglesia, “las potencias extranjeras” hagan lo propio.
En este mismo sentido, los alzados en armas hablan de una nueva comisión que haga una taxonomía de la violencia que ha padecido el país desde la primera mitad del siglo XX en tanto consideran insuficiente el reciente informe entregado por el Centro Nacional de Memoria Histórica. En pocas palabras, una gota de novedad en un mar de reiteraciones.
Son muchas, pues, las arandelas que le cuelgan a esta señal que no pueden ignorarse. Estamos ante un tema sumamente delicado y definitivo para el desenlace del proceso. Por esto, cualquier episodio relacionado con él tiene una repercusión que otros de la agenda no logran producir.
Por lo pronto, hay que evaluar estas palabras en función de la dinámica de la negociación. Resaltar el hecho de que ya se esté incursionando en campos que al comienzo parecían vedados y, más importante, que las Farc empiezan a incorporar a su discurso conceptos que antes rechazaban con cinismo y vehemencia. Un paso importante, pero todavía lejos de ser definitivo.
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