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Mucho ruido y pocas nueces

By 2 de abril de 2013No Comments
El rotundo fracaso de la Comisión está a la vista: la ilusión de una política exterior de Estado hizo agua con la pérdida de mar.

La Comisión Asesora de Relaciones Exteriores pronto podrá ser una de las primeras víctimas mortales de la guerra de presidentes. Pero no hay por qué llorar sobre su cadáver.

El Gobierno persiste en su afán de identificar culpables del fallo de San Andrés y, para ello, distrae a la opinión pública haciéndole creer que en las actas de la Comisión el señor Procurador encontrará secretos que permitirán repartir responsabilidades.

El expresidente Pastrana cayó en la trampa. «Pende sobre la Asesora la espada de Damocles», le escribió Andrés Pastrana al presidente Santos, con la elocuencia que ameritaría la referencia a un órgano con algo de poder. Creía entonces el expresidente que las discusiones de la Comisión serían reveladas al público en general. Pero, al parecer, es tal la irrelevancia de ese cuerpo que ni siquiera se corre mucho peligro de que Nicaragua pueda terminar sacando ventaja de la publicidad de sus debates.

La Comisión Asesora no sirve para gran cosa y carece de experticia técnica y de valor político. ¿Cómo podría contribuir a la toma de decisiones con base en conocimiento especializado un cuerpo conformado por altos funcionarios gubernamentales, expresidentes, excancilleres y congresistas?

Está compuesta por el Presidente y su Vicepresidente, todos los expresidentes, doce miembros de las comisiones segundas de Senado y Cámara y dos miembros nombrados por el mandatario. La Cancillería funge como secretaría técnica.

Poco debate especializado podría tener lugar en un escenario de esta naturaleza, mucho menos uno sobre la elección de una estrategia jurídica de la complejidad que requirió el caso que enfrentó a Colombia con Nicaragua.

Para colmo de males, la Comisión padece de una visión excesivamente estatista. A pesar de que el Presidente podría nombrar a expertos internacionalistas de sectores académicos o empresariales, se convirtió en costumbre que dos excancilleres ocupen los puestos de libre nombramiento. Pero tampoco ofrece un espacio de confluencia de voluntades políticas. ¿A quién representan los expresidentes y excancilleres sino a ellos mismos? Solo César Gaviria y Álvaro Uribe están en capacidad de actuar como voceros de sectores políticos.

«La tradición republicana del consenso en materia de relaciones exteriores, elevada al orden constitucional en la expresión de la Comisión Asesora, le ha servido bien a Colombia con el consejo discreto y franco de expresidentes, excancilleres y delegados del Congreso por encima de intereses y diferencias políticas», afirmó Pastrana.

Cuesta entender de qué está hablando. ¿Consenso para abordar la cuestión de San Andrés? Si hubiese habido algo de política de Estado, no hubiésemos presenciado el lamentable espectáculo del «sálvese quien pueda».

El rotundo fracaso de la Comisión está a la vista: la ilusión de una política exterior de Estado hizo agua con la pérdida de mar.

En vez de ser convocada de inmediato para definir una posición común ante semejante desafío, el Gobierno se abocó, como bien lo dijo Pastrana, a buscar chivos expiatorios y, de ahí en adelante, las fuerzas políticas terminaron enfrentadas.

Si había algo para lo que se hubiese necesitado unidad nacional, eso era para enfrentar una sentencia así de dolorosa. Pero la Unidad Nacional, quedó claro, no es más que un pacto burocrático.

La primera cita de la Comisión tuvo lugar cuatro meses después de la decisión judicial y eso para seguir levantando cortinas de humo en torno a la publicidad de las actas.

El senador Juan Lozano propone una reforma de la Comisión Asesora. Pero ¿sí vale la pena salvarla? Si algo queda de esta confrontación estéril ojalá sea el entierro de un órgano innecesario, que produce mucho ruido y pocas nueces.

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