Esta obra de José Alejandro Restrepo, publicada en Oropéndola arte y conflicto, es más que un racimo de plátanos colgado del techo. Es un intento por recobrar la memoria de una de las zonas más conflictivas del país: Urabá.
A pesar de haber bajado los niveles de violencia, Urabá sigue siendo sinónimo de guerra y un laboratorio para el posconflicto que incluye amenazas, despojos y muertos. Quienes han ido a cualquiera de sus 11 municipios ven una realidad marcada por un pasado -no muy lejano- de masacres, desplazamiento, extorsión, contrabando y reclutamiento forzado. Todos los actores armados han hecho presencia y el día a día sigue siendo un reto para líderes y gobernantes.
La tierra, tal como ha sido constatado por académicos y periodistas, ha sido el eje de la violencia. Desde que llegaron las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) en 1995, el despojo comenzó a ser masivo y sistemático. La gente perdió el trabajo de toda la vida a la fuerza, y sus fincas pasaron a manos de inversionistas por métodos legales e ilegales. Algunos vendieron forzados por cualquier dinero a compradores sospechosamente cercanos a los despojadores. Y otros, sólo cuando se arriesgaron a regresar a donde los habían sacado a tiros, se enteraron de que en sus parcelas prosperaban enormes plantaciones industriales.
Y el despojo vino acompañado de masacres y homicidios selectivos. “En Turbo no había día en que no matáramos”, dijo sin vacilar el ex jefe paramilitar Ever Velosa García, alias ‘HH’, en versión libre ante fiscales de la Unidad Nacional de Justicia y Paz, para referirse a hechos ocurridos en 1995.
No es casual, entonces, que en la obra de Restrepo, además de los racimos colgados –símbolo de su riqueza pero también, su condena-, se proyecten dos vídeos con espejos: el primero, una pareja desnuda caminando entre platanales. Y el segundo, una serie de imágenes de masacres realizadas por grupos paramilitares y guerrilleros en zonas bananeras, tomadas de varios noticieros nacionales.
Esta entrega de Oropéndola también se una invitación a pensar una región de Antioquia y Chocó que, en sí misma, es una fotografía de lo que ha sido la violencia en Colombia del último medio siglo.
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