El editor de ‘The Economist’ habló con María Isabel Rueda sobre las negociaciones.
¿Cómo ve un extranjero periodista, especialista en América Latina, el proceso de paz en Colombia?
Para empezar, creo que lo entiendo y tal vez mejor que muchos colombianos. Hay más confianza sobre el proceso en el exterior, que en Colombia. Gracias a los esfuerzos militares de Uribe, las Farc están hoy mucho más débiles. Cambió la balanza estratégica del conflicto. El Estado democrático ya está ganando y no las Farc, que están en una acción de retaguardia. El país puede escoger entre varios años más de guerra para debilitar aún más las Farc, o ahorrárselos con un acuerdo de paz. Pero tendría que ser uno en que las Farc reconocen la democracia, se desarman, se desmovilizan y se incorporan a la vida colombiana.
¿Y qué pasa si no hay acuerdo de paz antes de que se active el calendario electoral?
Evidentemente hay un problema de tiempos. Será muy difícil que las conversaciones sigan durante la campaña, y sería negativo, porque existe el riesgo de que el proceso se politice aún más de lo que está. Si hubiera la necesidad de suspender las negociaciones antes de las elecciones, nadie puede garantizar que usted pone el proceso de paz en el congelador, y que lo saca seis meses después en igual condición.
¿Y sobre todo, qué quiere decir suspensión? ¿Que los de las Farc vuelvan a Venezuela?
Exacto. Están por ahora en Cuba pero el gobierno de Colombia no puede controlar lo que pase en el futuro con ellos ahí. Supongo que harían eso. Y en el país habría una ola de frustración y de sentimiento de traición o por lo menos de decepción. Eso obligaría al Gobierno a redoblar sus esfuerzos militares.
¿Cómo ve el papel que está jugando el expresidente Uribe en este proceso?
Hay dudas y preocupaciones legítimas tanto sobre el proceso como sobre las conversaciones, que Uribe tiene derecho de expresar como cualquier otro colombiano. Dicho eso, me parece irresponsable que esté tratando de convertir esto en un tema partidario. Es indigno de su condición de expresidente. Un estadista se dedicaría a expresar en una forma apropiada sus preocupaciones legítimas. Pero no las utilizaría para hacer campaña política en esta forma, que lo único que logra es dividir el establecimiento político y hacerle, por ese camino, el juego a las Farc.
¿En eso el expresidente Uribe ha sido desleal?
Su política de seguridad democrática tiene el gran mérito de que transformó al país para bien, y ha hecho posible una negociación de paz seria. Es triste que sus ataques desleales a los esfuerzos del Gobierno sirvan para minar su propio lugar en la historia de Colombia.
¿Qué llama ataques desleales?
Si el Gobierno consideró importante que el señor ‘Catatumbo’ o cualquier otro salieran hacia La Habana, ¿qué sacaba el expresidente Uribe con filtrar las coordenadas? El único propósito imaginable era el de tratar de frustrar esa opción. El proceso de paz hay que entenderlo como un proceso de Estado, no como uno partidario. Cuando llegue el momento va a tener que ser refrendado por el electorado. No me parece que es apropiado actuar en esa forma para sabotear el proceso. Tal vez él piensa que no está haciendo eso, pero es lo que parece.
¿Ve con buenos ojos eso que se llama justicia transicional, o cree como algunos que es sinónimo de impunidad?
No me corresponde como extranjero estar de un lado o de otro. Es una transición extremadamente difícil que el pueblo colombiano tendrá que intentar hacer entre paz y justicia.
Perdón, pero el problema no es solo colombiano. Toda la justicia internacional nos tiene los ojos encima…
Es verdad. Pero Colombia es una democracia y como tal, sus ciudadanos tienen derecho a decidir la solución que más le conviene al país. No veo a los colombianos muy abiertos a la idea de que no habrá ninguna pena o castigo para los dirigentes de las Farc. Por otro lado, hay que ver qué incentivo hay para que esos dirigentes abandonen su guerra si la opción es que van a pasar mucho tiempo en la cárcel. Ese será el punto más difícil de esta negociación.
Hace cinco años escribió ‘Forgotten Continent’. ¿Sigue siendo válido su diagnóstico central sobre América Latina?
Sí. América Latina está cambiando para bien. Las economías son más sólidas, hay avance social, y las democracias, a pesar de todas sus debilidades y defectos, que son muchos, están echando raíces en casi todos los países de América Latina. Hay un círculo virtuoso entre el crecimiento, el progreso social y la democracia. Incluso el chavismo, que en el 2007 muchos veían como una fuerza continental en avance, está en decadencia
¿Eso es bueno, o malo?
Buenísimo. Venezuela ensaya un proyecto político de chavismo sin Chávez. Pero el proyecto a nivel continental está muerto, porque ninguno de los otros del Alba tiene ni los recursos ni la ambición para suceder a Chávez en ese papel. Ya no tenemos que hablar tanto del chavismo en América Latina, excepto por los colombianos, que son los vecinos más afectados, o los propios venezolanos. Hay problemas más graves. Como que el boom de las materias primas en América del Sur está llegando a su fin. El futuro del crecimiento va a tener que basarse mucho más en el sudor, en la inversión y en la productividad. Eso hace que los gobiernos que hacen las cosas bien se beneficien más que los otros.
Dice que el chavismo ya no es un problema. Pero la presidencia de Maduro sigue siendo un factor de estabilidad o desestabilidad en la región…
El gobierno de Maduro es débil por tres motivos: primero, porque todos los indicios indican que carece de las habilidades políticas de Chávez. Segundo, porque el chavismo es un movimiento con fracciones y él no tiene la autoridad que tenía Chávez. Tercero, porque enfrenta grandes problemas económicos: se trata de un país exportador de petróleo que tiene un problema de balanza de pagos, una gestión pésima, y una ineficiencia sistemática. Necesitará acercarse más al sector privado. Es una contradicción. Vamos a ver qué capacidad tiene para manejarla.
¿Qué tan preocupante es la desaceleración económica que registra Brasil?
Brasil no va camino del desastre. Pero podría ir mucho mejor si el Estado da más confianza a los inversionistas. El nuevo régimen petrolero es demasiado nacionalista y el efecto ha sido que Petrobras está demasiado estresado, y se ha retrasado el cronograma de la producción. Brasil enfrenta unos años de un crecimiento más lento, salvo que haya una nueva onda de reformas que se necesitan.
¿Y en Argentina? Allá hay malos signos económicos y políticos…
Argentina es un caso triste: siempre repite los mismos errores. El gobierno de Cristina Fernández evidentemente enfrenta muchos problemas. Pero en el pasado, cuando se llegó a crisis semejantes, rápidamente se hizo una espiral inflacionaria que llevó a la inestabilidad económica y política. Esta vez es diferente, porque tienen un ancla de exportación en los productos agrícolas, porque los agricultores argentinos son muy eficientes; segundo, porque a este Gobierno no le importa estar en la economía mundial. Es casi autárquico, ha impuesto unos controles de cambio, de importación, que hace que necesite menos dólares. Eso no la lleva al derrumbe pero sí al estancamiento y a un descontento popular creciente. Fernández cuenta con una oposición mucho más débil que la venezolana y más dividida. Lo que va a pasar es lo que pasa con frecuencia en Argentina: la oposición va a venir de dentro del peronismo.
¿Ve con optimismo la Alianza del Pacífico que se acaba de reunir en Cali?
Muy positiva, pero con dos dudas. Que México, creo, está ahí para hacer bulto. Estructuralmente, su economía está demasiado integrada a la de EE. UU. y es difícil que se extienda hacia el sur. Segundo, hay un tema geográfico: aún entre los tres países del Pacífico sudamericano, Colombia, Perú y Chile, las distancias son muy grandes. Ojalá sea un incentivo más para mejorar la infraestructura. Pero va a ser bueno para creación de inversión transfronteriza, más comercio entre los países, y si se van a crear cadenas de valor para explotar los mercados asiáticos, mucho mejor.
No lo puedo despedir sin preguntarle cuál es el secreto para la supervivencia de ‘The Economist’ en la era digital, cuando tantos otros han fracasado…
Me gustaría decir que hacemos buen periodismo, pero también somos grandes beneficiarios de la globalización. Escribimos para actores que están interesados en el mundo, no importa donde estén. Tal vez también nos hemos beneficiado de la crisis del modelo de negocios de los diarios de EE. UU. y en general del mundo. Cada vez que cortan un corresponsal extranjero nosotros quedamos mejor, porque ya completamos 35 en nuestro staff. Alguna gente piensa que somos una especie de views-paper, simplemente de opinión, pero las opiniones que tenemos están construidas sobre una estructura de reportajes sin firmas.
¿Influye que el modelo de ‘The Economist’ no incluya firmas?
Sí. Influye en la calidad del periodismo. El efecto es que tenemos muy pocas primas donnas. Hay un ambiente y una cultura interna de mucha colaboración entre los periodistas. Y se puede editar más agresivamente para lograr un nivel de calidad que queremos, sin que el ego del periodista se resienta. Queda menos magullado.
¿Cómo les va a las suscripciones de ‘The Economist’ en el iPad?
Aunque nuestro tiraje en la edición de papel sigue subiendo, hoy es más lento. En cambio, hemos añadido 200.000 suscripciones en iPad en dos años. No lo digo como empleado, sino como lector: su App funciona muy bien. La gran ventaja es que el costo marginal de producción y distribución es cero. Siempre dependíamos menos de la publicidad que Time o Newsweek, pero nunca regalamos The Economist; su precio de suscripción siempre ha sido relativamente alto. Ahora tenemos más ingresos por suscripción en el iPad.
María Isabel Rueda
Especial para EL TIEMPO
http://www.eltiempo.com/politica/entrevista-con-michael-reid-editor-de-the-economist_12825855-4