Aquí, el tugurio se multiplica hasta convertirse en masas de ese tipo de viviendas, desbarajustadas, sin servicios públicos, concentradoras de miseria, con hacinadas poblaciones de los más bajos niveles de educación.
Los tugurios, en Colombia, no son la simple choza de pastores o la vivienda o establecimiento pequeño y mezquino, que definen los diccionarios. Aquí, el tugurio se multiplica hasta convertirse en masas de ese tipo de viviendas, desbarajustadas, sin servicios públicos, concentradoras de miseria, con hacinadas poblaciones de los más bajos niveles de educación, en donde reina la acumulación de desperdicios, el ambiente malsano y los delincuentes. La mitad de las ciudades colombianas han crecido así, como barrios piratas o como barrios de invasión.
Los tugurios, con otros nombres, son universales y siempre ligados a la pobreza y la marginalidad. Es lamentable que las sociedades no puedan superar la pobreza y con ella los tugurios. Igualmente terrible es la tugurización, es decir, la tendencia que tiene el colombiano de convertir en un desastre cualquier cosa que funcione o que pueda llegar a funcionar.
Son varias las formas de tugurización. Una de ellas es la espacial, muy sencilla de constatar. En los andenes, el paso de peatones está obstaculizado por escombros; huecos; vendedores ambulantes de todo tipo de mercancías, mayormente de contrabando; minicocinas de arepa y carne de dudoso origen; libros y películas piratas; mendigos, lisiados y no lisiados, con niños o sin niños; policías que hablan a sus novias por el celular que le ha alquilado el vendedor de minutos y propietario del puestico de dulces que funciona en un cochecito de niños, también de dudoso origen, y, en fin, toda clase de actividades ensuciadoras, deterioradoras y, seguramente, peligrosas.
Los semáforos son el tormento de los conductores, que pagan el castigo de poseer un automóvil en una sociedad pobre. Allí se concentran con mayor densidad y frenesí todos los obstáculos de los andenes. Claro que tienen el colorido de los malabaristas.
Si piensa escaparse de todo eso y decide ir a un parque, está perdido. Hay cosas similares y otras mucho más organizadas para tugurizar, como los festivales de comida. Es histórica la tugurización de la vivienda construida por institutos estatales. Entregadas las viviendas, los propietarios les montaban nuevos pisos encima, convertían la sala en tienda de abarrotes, alquilaban cuartos hasta volver la propiedad un inquilinato. No era por maldad, era porque la vivienda es un bien de producción, no solo de uso. Usted dirá: «¿Y la autoridad?». «¿Cuál?», digo yo.
Si usted cree que la tugurización es del espacio público, se equivoca. Los almacenes de grandes superficies han estrechado los pasillos; usted pasa difícilmente por ellos sin estrellar, con su carrito, al que viene de frente, conducido por una señora gorda. También se puede estrellar con las niñas que promueven productos (siempre charlando entre ellas) o con el puesto de cocción de salchichas de alguna marca especial, que compite con las micrococinas de arepas y carne de dudoso origen que usted acaba de dejar en el andén.
También tenemos, quién lo creyera, la tugurización programada: en la calle 26 arriba, en el centro de Bogotá, los diseñadores y constructores ya tugurizaron museo y biblioteca. Los que proyectaron la carrera 11, en el norte de Bogotá, metieron en un mismo andén los árboles, la ciclovía, los paraderos de bus, los andenes deprimidos, alterando el paso normal del peatón, para que entren cómodamente los vehículos a los parqueaderos de los edificios. El aeropuerto internacional ya va hacia la tugurización. Ya se comprobó.
Tugurización no está en el diccionario. Tampoco se habla de la tugurización de lo social, de lo económico, del subsuelo nacional, de los medios de comunicación, de la política, de los ricos y de la justicia.
El espacio no me alcanza para escribir de ellas sin tugurizarlo. Pero ustedes saben de qué hablo.
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