Hoy se lanza el informe ‘¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad’, del Centro Nacional de Memoria Histórica. Lecciones para no repetir el pasado.
¿Por qué desenterrar los horrores de la guerra?
Porque si no miramos hacia atrás para describir y comprender lo que pasó, podemos seguir repitiendo los ciclos de violencia. La única manera que tiene el país para confrontar su futuro es mirar su pasado.
¿Qué puede representar este Informe para el ciudadano de a pie?
Es una gran oportunidad para que cada colombiano se pregunte qué puede hacer por el país, porque mucha gente está desentendida de lo que aquí sucede. Preguntarse ¿qué hice y qué no para poner un grano de arena a la democratización del país y a la paz? Eso es lo que pretende el informe.
Siendo un informe que nace desde la institucionalidad, ¿cómo fue el proceso para que las víctimas confiaran y accedieran a contar sus historias?
Se negociaron tres ámbitos de autonomía: uno, la no intervención de políticos, ni partidos, porque no fueron designaciones clientelistas; un segundo grado es ¿cuál es la ruta para construir la memoria histórica del país?, y conversamos sobre esa ruta casi un año, antes de empezar por el primer caso y fue un proceso también autónomo; y el tercero es ¿qué hacer con el resultado?
Y en esa tercera etapa entra la publicación del informe, ¿Cómo fue la unión con el sector privado en este aspecto de difusión?
Aparte de tener acceso a la información por la web, era necesaria una gran divulgación, por eso pensamos en distribuidoras que tuvieran una difusión garantizada. Lamentablemente ni la academia la tiene.
Uno de los primeros capítulos del informe habla sobre las dimensiones de la guerra, ¿cómo tipificar el conflicto si las cifras y los resultados son tan diferentes?
Contrastamos diferentes bases de datos y nos apoyamos en una nueva fuente: el registro único de víctimas, que también nos arrojó una cantidad de datos que no conocíamos. El país va a conocer cifras que jamás escuchó y va a reiterar la noción de que la guerra ha dejado muchas más heridas de las que pensábamos y que no sólo se miden cuantitativamente.
Si no cualitativamente, ¿en ese sentido que encontraron?
Claro, lo cualitativo nos refleja que hubo prácticas sistemáticas de tortura pública — eso me dejó impresionada—, escuchar víctimas a las que sometían públicamente a situaciones de horror inimaginables. La motosierra es apenas una de las prácticas. Hubo un terror practicado sobre los cuerpos de las víctimas: en Putumayo hubo un ‘médico’ que practicaba sobre personas vivas lo que les iban a hacer a otros. ¿Y por qué leer ese horror? ¡Porque no puede volver a pasar!
¿Bajo qué parámetros escogieron los casos específicos de víctimas?
La ruta fue: vamos a hacer informes concretos sobre casos emblemáticos de víctimas y encontramos que con las mismas víctimas y sus memorias podíamos reconstruir e incorporar esas voces a partir no sólo del terror, sino del saber local, y allí encontramos que cada masacre buscaba poner un énfasis y engranaje distintos.
Usted se ha especializado en casos de género como la masacre de Bahía Portete, ¿cómo es ese énfasis?
Se ha dicho que en la guerra las mujeres somos algo así como ‘daños colaterales’: perseguidas por errores de cálculo, etc. En Bahía Portete sucedió que, como la mujer tiene un rol especial en sus clanes, son las que manejan la economía e intermediarias entre la vida y la muerte, si atacaban la cabeza visible, atacaban la estructura de una comunidad. No fueron daños colaterales, todo fue perfectamente planeado.
Al final del informe señalan una serie de recomendaciones para lograr ‘una paz duradera’, ¿cómo lograr eso?
La idea central de ese capítulo es que tenemos que hacer un diseño institucional para la paz y la democracia: teníamos unas dinámicas y engranajes para la guerra, ahora necesitamos unas condiciones para la paz que incluyen fortalecer el aparato de justicia. Si el diseño que tuvimos en los 80 perdura y dejó una mentalidad que no permitía el debido proceso (la justicia penal militar, acusar al otro sin saber quién es) eso tiene que ser extirpado de la sociedad y de las instituciones. El Ministerio de Cultura y el de Educación tienen una gran tarea, por eso estamos haciendo el proyecto ‘Una caja de herramientas.
¿Qué busca ese proyecto?
Que desde el aula escolar se hable sobre el conflicto, que los niños se apropien de eso que reconocemos y hemos aprendido en ese proceso para no repetirlo. La escuela es un motor fundamental, que ya empezó a marchar.
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