Por días sin terminar se ha extendido el paro de maestros en las calles de Colombia. Lo que la ministra de Educación, Gina Parody, califica como algo injustificado, la dirección de la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (Fecode) lo ve como una cosa apenas justa.
Mientras tanto, claro, la ausencia de profesores se sufre en las aulas de clase. Y, la verdad, la culpa de que los de jóvenes no estén educándose en estos días no reside en sólo una de las partes que están en este conflicto, como se pretende mostrar.
Hay tres reclamos: el sistema de salud, la nivelación salarial y la prueba de evaluación docente. Cada cual puede decir e interpretar lo que quiera acerca de estos tres asuntos, pero los hechos concretos saltan a la vista: el sistema de salud, más que ser un tratamiento exclusivo y de calidad para los maestros, se ha convertido en un perjuicio para ellos, por su ineficiencia, no solamente a la hora de la contratación sino también al momento de recibir el servicio; los sueldos que reciben, para ser ellos una pieza tan valiosa en una democracia y en una sociedad moderna, son muy bajos desde la base, cosa que desincentiva, por demás, a los bachilleres mejor calificados, y, finalmente, un examen de rendimiento es necesario para poder saber en qué lugar están dentro del espectro educativo, cuánto sueldo pueden tener, cuáles son sus capacidades.
En el tema de salud es evidente la falta de eficacia administrativa más que de recursos: los maestros no necesitan un sistema exclusivo y privilegiado sino uno que responda. A esas contrataciones y a ese gasto injustificado de dinero le hace falta una reestructuración que apunte a la consecución (al menos básica) de un derecho fundamental.
Los puntos claves en este debate son empero los dos restantes. Sobre todo cuando uno se devuelve en el tiempo a mirar lo que prometió el Gobierno durante su campaña de reelección. Lo primero, por supuesto, un acuerdo que suscribió con Fecode en mayo del año pasado, que consistía en cambiar el modelo de ascenso y ubicación del nivel salarial (suspendiendo de paso la evaluación docente) con elementos como los títulos, la producción académica y la experiencia, entre otros . ¿Por qué el Gobierno se comprometió a hacer eso en vez de darle una vuelta —la necesaria— al sistema que evalúa a los profesores? ¿No podía haber una solución más integral?
Por otro lado, el discurso de campaña: allí observamos no solamente al presidente candidato diciendo que la educación sería su pilar fundamental para Colombia, sino también trazando como ruta un ambicioso informe de la Fundación Compartir (Tras la excelencia docente), por entonces muy comentado. ¿Qué decía el informe? Que el maestro es la pieza fundamental, muy por encima de cualquier otra variable, de la calidad educativa. Y para lograr esa transformación había un problema de clasificación, base salarial e incentivos.
Pero ese no ha sido el eje de la discusión en estos últimos 50 días en la mesa en la que hasta hace poco se sentaban representantes del Ministerio y de Fecode. “Les propusimos un aumento salarial del 10%, pero el sindicato lo rechazó porque para ellos es insuficiente”, dice la ministra Parody, como quien negocia un plato de comida. Y no parece que esa sea la manera de transformar nuestra educación, que debería ser el propósito último.
A las dos partes hay que recordarles que esta no es la tajada de una torta, sino algo más importante. No vemos en esta discusión ninguna proyección a futuro, ningún análisis de prospectiva, ninguna forma en que ese aumento salarial o el cambio en la evaluación docente, si a eso vamos, representen una política pública estructurada con vías a mejorar la calidad educativa.
http://www.elespectador.com/opinion/editorial/politica-y-educacion-articulo-556787