Por: Mario Morales
Si hubo quienes se indignaron por la propuesta gubernamental de desescalar el lenguaje, no es difícil prever la reacción de esos sectores anquilosados si entendieran que lo que se necesita es un cambio de modelo periodístico y comunicacional en un país en guerra que busca reconciliarse.
El lenguaje es la punta del iceberg. Si asumimos que los medios ayudan a comprender, dar sentido, percibir y legitimar la realidad, no es suficiente con el barniz estético en el uso u omisión de palabras y significados.
No obstante, todo cambio, por menor que sea, incluida la tardía directiva del Gobierno, apunta a reconfigurar las formas como el poder, medios, periodismo y audiencias se relacionan entre sí, como señalan los expertos Galtung, Hackett, Fisas, etc.
Si el Gobierno propone, que asuma. Que separe propaganda de información. El avance del proceso y sus relatos ya son suficiente ganancia para la imagen presidencial. Que deje la bipolaridad, prendado como está de asuntos electorales. Y que convenza a las rancias élites de pensar y permitir modelos periodísticos alternativos.
La etiqueta es lo de menos; llámenlo periodismo de paz, periodismo de excelencia, buen periodismo o periodismo a secas. Pero que sea (citando a Galtung) un periodismo democrático, con múltiples voces, que descrea que este conflicto es entre dos partes, que deje de privilegiar pero no ignore la opinión de los poderosos, que discierna entre conflicto y violencia, entre paz social como equivalente a seguridad y paz positiva en términos de reconciliación.
Después, el resto; cambio de enfoque informativo, como ya he dicho aquí; dejar de reverenciar la guerra per se y priorizar los hechos de paz. Lo que no significa, como algunos aturdidos expresan, preñar el lenguaje de eufemismos o maquillar relatos. Y desadjetivar… y desemocionalizar… y desconfiar… Con el entendido de que el mejor periodismo, con el lenguaje adecuado, ayuda siempre a la construcción de verdad: la placenta de la paz.