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Todos ganan

By 16 de septiembre de 2013No Comments

El padre Alejandro Angulo Novoa, a quien esta semana galardonaron con el premio a una vida en la defensa de los derechos humanos, da algunas razones para creer en la firma de un acuerdo.

Si echamos a bailar, por fin, la pirinola de la paz en Colombia, caerá en el todos ganan. En primer lugar el campo, pero también la ciudad. El campesino y la agroindustria, junto con la minería, podrán llegar a un acuerdo razonable, sin extorsiones y sin amenazas. Y en la ciudad, donde habitan los grandes empresarios agrícolas y mineros, junto con muchos otros pequeños empresarios y trabajadores urbanos, se podrá también transcurrir una vida amable para todos los colombianos.
 
El mayor beneficio de la paz es la domesticación de la política. La guerra ha contribuido a polarizar una política, ya de suyo contenciosa y camorrera, dándoles argumentos falaces a sus dirigentes y escapes seguros a todos sus compinches legales e ilegales.
 
Si Colombia puede disminuir de manera significativa el tamaño de sus fuerzas armadas, gracias a la desmovilización de la insurgencia, todo el talento, toda la energía y todos los elementos que las dos partes destinan a la destrucción del país en la guerra se podrán invertir en la creación de nuevas fuentes de riqueza humana y material. De otra parte, el desgaste moral que ha inducido a la práctica del paramilitarismo podrá recuperarse, porque ya no tendrá ninguna justificación aceptable. Todos tendremos la ganancia del juego limpio, que no es poca, cuando se piensa en el desgaste moral y físico que padecemos para poder vivir de la corrupción, del terrorismo y en estado de impunidad.
 
El desarme de las relaciones sociales tiene un efecto multiplicador sobre la economía de los servicios. Dado que el sector terciario es el que posee más dinamismo empleador en el actual funcionamiento de la economía, un sistema de servicios públicos y privados eficaz, eficiente y amable es una riqueza humana que, aunque no se registre directamente, sí se cuela en las cuentas nacionales, porque es una ganancia importante y real de largo alcance. Gran parte de la presión emotiva que han dado en llamar estrés, es un despilfarro de energía por parte de agresores y agredidos que va minando a la población no solamente en el campo de batalla, o en las marchas de protesta, o en los estadios, o en las calles, o en la circulación automovilística (culpable de tantos o más muertos que los de la guerra), o en las ventanillas oficiales con sus interminables filas, o en el recorrido de las calles, sino también en el seno de los hogares y en el corazón de las familias. La violencia comienza por casa. La paz también.
 
Otro dominio en el que la paz será beneficiosa para todo el país es que podamos recorrerlo de norte a sur y de oriente a occidente. Poder disfrutar de nuestro país y de sus bellezas naturales sin el riesgo de una salida sin retorno, es una riqueza que se contabiliza en el alma y en el bolsillo. La paz nos evitará tener que insistir en la piadosa mentira de que Colombia es visitable sin peligro de secuestro o de muerte. Los que se han escapado la creen, las víctimas no.
 
El sustrato de la paz son las relaciones humanas en todos nuestros encuentros: de negocios y sociales, de trabajo y turísticos. Y relación humana es la que se funda en el respeto que puede generar la confianza para invertir en la cooperación. La paz es la empresa más rentable, porque tiene una doble rentabilidad: la humana y la material. La riqueza humana capitaliza con base en la dignidad de las personas. Solamente así la riqueza material produce la solidaridad en vez de engendrar la codicia, como sucede tan a menudo.
 
La paz no es un tratado, ni se hace de un golpe: es un estilo de vida, de vida alegre y amable, es una construcción a la que hay que dedicarle la existencia. Pero es la única forma de vida que vale la pena.
 

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