Hace 20 años —como fue informado en este diario, “Las 136 ideas para reformar la educación superior”—, un grupo de notables se reunió para entregarle al gobierno de entonces un documento que fijara una hoja de ruta para educar a los colombianos “desde la cuna hasta la tumba”, como escribió ahí mismo Gabriel García Márquez. Y pese al impulso mediático que pudo tener, el proyecto no llegó a buen puerto: las condiciones no estaban dadas, decíamos el martes pasado.
Hoy, 20 años exactos después, se ha emprendido la entrega de una nueva hoja de ruta, con 136 puntos, para que se fije el camino de la educación superior. El documento, denominado Acuerdo por lo superior 2034, será entregado el día de hoy al presidente Juan Manuel Santos, y fue diseñado desde una serie de debates y diálogos entre maestros, rectores, estudiantes, el sector productivo y el Gobierno.
Varios son los temas que aborda: cobertura, planteada en un 60% para finales de este período presidencial y 84% en 2034. Calidad, mejorada por la implementación de una agencia nacional que agrupe todos los esfuerzos que se hacen hoy desde distintas instituciones. Financiamiento, encadenado en conjunto, bajo un modelo de “autosostenibilidad y corresponsabilidad” entre Estado y empresarios, actores locales y exalumnos. Es un norte. Es un esfuerzo viable a largo plazo, que es lo que se necesita en este país de emprendimientos cortoplacistas en lo público.
Y está más que bien que se piense en la reforma de la educación superior: poco o nada —aparte del mercado que va creando instituciones de dudosa calidad— se hace para sacar profesionales competentes en Colombia. Y de una buena educación universitaria, fortalecida, sistemática en sus principios, es obvio que puede salir un mejor país en todos los niveles: el impulso al sector privado, así como los insumos recibidos de tener buenos funcionarios públicos, también parten de ahí.
La gran pregunta que queda hacer en todo este panorama positivo es por quienes llegan a las instituciones de educación superior: todos esos bachilleres que se gradúan de los colegios colombianos, muchos de ellos sin saber leer o escribir, resolver un problema deductivo complejo, o pasar, siquiera, una prueba que les dé ingreso a las universidades. Mucho de lo que se habla en la educación es eso: la superior. Pero algo hay de perverso en la básica también, en la calidad de la misma, en los programas de nutrición.
En últimas —se ha dicho hasta la saciedad—, el cerebro de una persona se forma en los primeros años. Luego de esto, no es mucho lo que se puede hacer. ¿Hace falta, también, emprender un esfuerzo colectivo para que la educación básica dé un gran salto a largo plazo?
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