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Volverse mujer en el desierto

By 8 de agosto de 2013No Comments

El documental ‘La eterna noche de las doce lunas’ revela cómo, a través del ritual del encierro, las mujeres wayuu se desprenden de la niñez.

Para lograr registrar el encierro, uno de los rituales más íntimos de la cultura wayuu, a Priscila Padilla le tocó volverse invisible. Caminó durante casi cinco años la árida Guajira en busca de poblaciones indígenas que conservaran el rito, aprendió wayuunaiki (el idioma wayuu), conoció a maestras, madres, niñas y autoridades tradicionales, y convivió dos años con la abuela Cecilia Urania, de 75, autoridad de la ranchería Karequishimana (en Maicao), y con su nieta, Pili, protagonista de su documental, La eterna noche de las doce lunas. Pili estuvo encerrada durante nueve lunas (nueve meses), desde el día en que llegó su primera menstruación.
 
“Ningún extraño puede estar cerca de la niña durante el encierro. No sabíamos cuándo iba a llegar la primera menstruación de Pili. Fueron meses de paciencia y cuando llegó la menarquia todo fluyó natural”, dice Padilla, quien tomó la decisión de que fuera la joven la que documentara —con una cámara casera— los primeros tres meses del ritual a través del cual las wayuu se convierten en majayülü (señoritas), pues “son los meses más importantes, y aunque las mujeres permitieron la entrada, decidimos respetar esa primera etapa”.
 
Durante las primeras horas de aislamiento la niña se acuesta boca abajo sobre el suelo, en una casa separada. Allí permanece quieta y luego los adultos la envuelven en un chinchorro y la cuelgan del techo en un lugar alto, para que nadie la vea. En los primeros días, mientras la sangre desaparece, permanece en ayunas. “No se debe reír, ni hablar. Se cree que dependiendo de lo que suceda en este reposo inerte quedarán marcadas las huellas de los humores que tendrá el cuerpo adulto”, explica la antropóloga de la Universidad Nacional, Maya Mazzoldi, en un artículo académico.
 
Cuando la sangre desaparece, la bajan de la hamaca, la bañan, le dan a beber infusiones de plantas amargas para que se mantenga joven y proteger la sangre, le cortan el cabello y le cambian la ropa para que comience la etapa de transformación.
 
El encierro es trascendental para las wayuu porque durante ese tiempo aprenden a tejer, recogen de sus abuelas el conocimiento sobre la cultura y la utilización de plantas medicinales, reciben baños de luna y también riegos con hierbas que las llenan de valor.
 
“Esta sociedad indígena es una de las pocas matrilineales que existen en Colombia. Para ellos no existe la adolescencia, así que el tránsito entre la niñez y la adultez de sus mujeres define la estabilidad de sus comunidades. La mujer wayuu es tejedora así que posee el poder económico; y su rol social es importante. De sus habilidades para tejer dependerá su sostenimiento, y de su capacidad de sanar, la salud de su comunidad. En la mayoría de comunidades son los niños los que realizan este tipo de rituales”, explica la antropóloga Patricia Tovar, profesora titular del departamento de Antropología del John Jay College de Nueva York.
 
“La abuela le repetía a Pili: ‘Cuando ya sepas tejer tan fino y parejo como las arañas y tengas cuerpo y rostro de majayülü, podrás salir a luchar’. Las niñas no le temen al encierro, para ellas es algo natural”, agrega la documentalista Priscila Padilla. Sin embargo, acepta que fue difícil encontrar una comunidad en donde los encierros duren más de seis meses.
 
La cercanía con el mundo occidental y la transferencia de costumbres como la asistencia a una escuela, convertirse en bachiller e ir a la universidad, han reducido la práctica del ritual (que en otro tiempo podía tardar hasta cinco años) a encierros de pocos meses, e incluso días. Otra de las trasformaciones más evidentes, es que ahora el encierro no termina con un matrimonio, “hay sociedades que no encierran a sus mujeres por un tiempo, pero que sí las limitan de por vida. Para los wayuu, después del encierro llega la liberación”, dice la antropóloga Tovar. El fin del ritual se cierra con una fiesta conocida como oyonna, a la que asisten familiares y conocidos que presentan a la nueva mujer en la sociedad, y en la que se come, se bebe chicha y se toma café.
 
En la cultura occidental este tipo de rituales han desaparecido, “para los occidentales la primera menstruación suele pasar inadvertida. Mientras para los wayuu el sangrado tiene una fuerte connotación, pues por muchos años fue un suceso mágico, ligado a los ciclos del universo, para nosotros, que perdimos la capacidad de conectarnos con la naturaleza, la menstruación se convirtió en un asunto comercial del que se benefician los fabricantes de productos para mujeres. Son ellos los que nos hablan de las ideas de pureza y limpieza que deben estar ligadas a la menstruación. El mundo occidental nos negó la capacidad de asombro”, dice Patricia Tovar.
 
acuevas@elespectador.com
@angelicamcuevas

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