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La paz según los nasa

By 24 de julio de 2015No Comments

Un intenso recorrido entre Popayán, Caldono, Jambaló y Toribío, municipios del departamento del Cauca, le toma la temperatura a lo que se vive en territorios de conflicto. Lo que respiran y piensan las comunidades indígenas contrasta con lo que se negocia en La Habana, entre las Farc y el Gobierno.

La resistencia de los nasa

El pueblo indígena Nasa, al suroccidente de Colombia, lo único que ha conocido desde la conquista, para hacerle frente a la violencia, es la resistencia. Ese es el sinónimo de paz en el que creen y poco en el proceso que actualmente se negocia entre el Gobierno colombiano y las Farc.


Las voces críticas de Caldono

Una vez los mayores dan permiso para entrar al territorio Nasa, se percibe la poca credibilidad que tiene la negociación entre las Farc y el Estado.

Al gobernador del Cabildo San Lorenzo, Víctor Daniel Chepe Collazos, en el municipio de Caldono, le pregunto: ¿Por qué no creen en la negociación? Él responde: “Que la prensa venga y le tome el pulso al Cauca”.

Dos días me toma encontrar respuesta. Confirmo, entre trochas que deberían ser carreteras asfaltadas que acorten la distancia para ir al médico, al colegio o para salir con vida y rápido cuando la guerra se torna cruel, que la incertidumbre de los pobladores de Caldono, Jambaló y Toribío es más que real.

Avanzo con dificultad por caminos empolvados y solitarios, violados por los afiches de las Farc con los que conmemoran sus 50 años, grafitis en los que se lee ‘Cano está vivo’, puestos de policía destruidos que exhiben el miedo de los agentes presas de guerra. Los Nasa ni se les arriman, por temor a un tatuco lanzado desde la distancia.

De Popayán a Caldono hay dos horas de recorrido en carro. La tensión en Caldono corta el aire frío que baja de las montañas. El gobernador del Cabildo de San Lorenzo asegura que quieren ser optimistas pero la guerrilla no ha dejado de actuar. “Por eso creo poco que el proceso llegue a feliz término”.

Es sábado, día de mercado. La sede del Cabildo y la plaza de Caldono están llenos de campesinos indígenas que bajan a vender sus productos. Se dibuja en sus rostros la sensación de que en cualquier momento habrá que salir corriendo. “Mal que bien, los hostigamientos han bajado, pero el cese al fuego hay que verlo”, replica el gobernador del Cabildo.

Las mujeres agrupadas en la Asociación de Tejedoras de Caldono hacen rendir los $5.000.000 que reciben cada año del Cabildo y se concentran en sus mochilas. No quieren hablar de guerra. “Es mejor hilar nuestra cultura y callar. En nuestros tejidos está el secreto para alcanzar la paz, no en una mesa”, afirma Mariela Poscué.

Lucero Yatacué, administradora del Cabildo San Lorenzo es enfática: “Los pueblos indígenas han hecho respetar los territorios y lo seguiremos haciendo, porque lo que vemos desde acá es que los negociadores le dan muchas vueltas a cualquier decisión en la que no se ha involucrado a la sociedad civil y menos a las minorías. Y eso así no funciona”. Lucero apresura el paso porque dice que tiene que atender a la población: “Tengo mucho que hacer para quedarme hablando de la paz que más parece un espejismo”, se despide.

En Pueblo Nuevo se movilizan ideas

Avanzo al corregimiento Pueblo Nuevo, a una hora desde el casco urbano de Caldono. En el Centro de Formación Integral en donde se desmovilizó en 1991 el movimiento indígena Quintín Lame, pervive en la pared la memoria de un Che Guevara a blanco y negro que le recuerda a los visitantes que la única paz en la que creen los pueblos indígenas es en la que equivale a la igualdad.

“¿Cómo se entiende la paz con hambre? ¿Sin trabajo? La paz no se negocia, se construye con hechos”, dice el profesor Carlos Mario Tombé Guetió, un hombre grande y de rostro afable, que endurece sus formas cuando le hablan de un proceso que lleva dos años y diez meses. “La paz nuestra es la de vivir en armonía en el territorio, y eso lo intentamos todos los días aunque los violentos se interpongan”. Pueblo Nuevo, verde y pequeño, es silencioso. Desde las puertas de las casas, algunas marcadas con los grafitis de las Farc, la gente observa a los extraños con cierta desconfianza y preocupación. “A veces la llegada de la prensa es presagio de malas noticias”, dice Jhon Alexánder Sisco, músico que adorna con su quena una canción andina alusiva al conflicto y a la paz. La pieza la toca la banda ‘Sonidos de nuestra tierra’, en las afueras de una sencilla vivienda.

Cierra la noche y hay que ir a descansar al municipio de Silvia, al que llego una hora y 30 minutos después de haber salido de Pueblo Nuevo.

Jambaló, en la ruta del miedo

Resulta imposible dormir mientras el carro salta entre piedras durante dos horas en la ruta a Jambaló. Al verlo, las casas de este municipio parece que fueran a rodar por la ladera. Quienes viven en las montañas de enfrente, y habitan esas gigantes dormidas, observan a un pueblo zarandeado históricamente por los cilindros-bomba. Los pobladores difícilmente se puede comunicar vía celular, porque la única antena la voló la guerrilla hace ocho meses.

De milagro se salvó la antena repetidora de la emisora Voces de nuestra tierra y con ello la posibilidad de enterarse de las noticias que interesan a los pueblos Nasa y Misak. De la agenda editorial no hace parte el proceso de paz. “A mi familia y a mí nos ha tocado correr muchas veces, y hasta irnos por largas temporadas a Silvia, por culpa de la guerra, por eso es difícil creer en la paz”, asegura Misael Calabás, control de la radio. “Sobrevivimos porque hacemos respetar nuestras costumbres, nuestra espiritualidad, pero no porque el Gobierno lo haya querido”, puntualiza.

Jambaló parece un escenario permanente de guerra. Los policías que custodian las maltrechas instalaciones que los resguardan, prohíben tomar fotografías. “El otro día una menor de edad fue detenida con un cuaderno en donde estaba pintada la disposición del comando”, dice en voz baja un agente.

Algunos campesinos, vecinos del puesto de control, se han ido. Como reclamando lo imposible se burlan de su suerte colgando letreros de “se vende” sobre las garitas de la Policía. El agente reitera con secretismo: “la amenaza es latente y el precio sobre nuestras cabezas se mantiene”. Sus frases asustan, es mejor irse de Jambaló.

Toribío, pinturas sobre balas

Sobre los 600 hostigamientos en forma de casas sin techos, paredes de bahareque reducidas a escombros y calles perforadas, están los colores de la vida y de la muerte que hacen de Toribío un pueblo resistente.

En la Estación de Policía demolida se honra con una cruz y una placa al intendente Luis Alberto Hernández, muerto el 19 de julio del 2011. Memorias de rojo sangre, de dolor y de repudio contrastan con los amarillentos escombros que destellan bajo el sol de domingo.

La paleta de colores la completan los murales de Toribío, que hace varios años pintaron jóvenes de aquí y de otros países, para vestir de vida a la muerte. En el Centro del Movimiento Juvenil Álvaro Ulcué Chocué se reúnen los chicos que le responden al conflicto con arte.

Jorge Palomino García, coordinador del programa sicosocial, cuenta que en pocos días comienzan las asambleas de los jóvenes, en las cuales acostumbran a debatir las diferentes formas de resistencia del pueblo Nasa, y una de ellas es el arte. Le pregunto si han analizado el proceso de paz, y cortante sostiene “si de verdad el Gobierno quiere algo, debe comenzar por formar a los niños, a todos los niños de Colombia y apoyar a los jóvenes. Lo demás, son palabras que se las lleva el viento”.

Su mirada es aguda. Sus ojos cristalinos dejan ver ideales claros, los mismos que pregonó el sacerdote indígena Ulcué Chocué, asesinado el 10 de noviembre de 1984 por reclamar las tierras indígenas. A sus 29 años, Jorge Palomino está convencido de que no quiere que su pueblo sea laboratorio de nada, como lo han sido otros lugares de Colombia donde se prueban pactos de paz que nacen muertos: “Por eso nos preparamos para resistir otra vez”.

http://www.eltiempo.com/multimedia/especiales/la-paz-segun-los-nasa/16138700/1

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