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La reconstrucción de la verdad

By 25 de septiembre de 2013No Comments

Myriam Criado hace parte del grupo del Centro de Memoria Histórica que se encarga de entrevistar a desmovilizados de los grupos paramilitares para que hagan aportes a la verdad. Militó en el Epl, es maestra y comunicadora social. Testimonio.

A pesar de que las motivaciones son diferentes desde el punto de vista ideológico, hay en común un esfuerzo por superar la pobreza. Todos los entrevistados hablan de que no tenían trabajo ni oportunidades ni educación. He llegado a pensar que la guerra lo único que hace es reciclar y tramitar de manera cíclica los fenómenos estructurales del país.
 
Fíjese, salí de la normal con mi cartón de maestra en 1975, cuando tenía 18 años. En una zona rural descubrí que había personas más pobres que yo. Y también vi fenómenos de concentración de riqueza y eso me cimbroneó mucho. En 1976 me vinculé al Partido Comunista Marxista Leninista, en Norte de Santander, una organización clandestina con postulados de justicia social, y entré convencida de esos ideales. Hacía trabajo social con las comunidades. Me escogieron como vocera regional en el Magdalena y participé en la toma de decisión de negociar con el Estado para desmovilizarnos. Estoy orgullosa de esa militancia, creo que fui coherente: fuimos tan románticos al ingresar creyendo que nos íbamos a tomar el poder, y lo fuimos al desmovilizarnos creyendo que llegábamos a la paz.
 
Establezco una relación muy directa y honrada con los entrevistados. No les he dicho que soy desmovilizada, pero entiendo a quienes buscaron una forma de existir, de ser visibles, porque la inclusión en la guerra la hacen organizaciones ilegales.
 
Mis compañeros se burlan porque mis entrevistas son muy largas, me demoro hasta ocho horas con cada desmovilizado, pero me gané el derecho a llorar y a reír con ellos. Hay historias muy conmovedoras, muy fuertes. Tengo que lograr que cuenten aquello que ha estado oculto. Porque con la nueva política de desmovilización se intenta que la persona llegue aquí como si estuviera estrenando memoria; les dicen: no recuerden su vida pasada porque fue un tiempo muerto, y pretenden que así emprendan un proyecto de vida.
 
Prevalece un discurso de la guerra que asegura que ellos no son sujetos políticos sino que son unas personas violentas que son descalificas. Vea el Conpes 3554: ahí se traza ese perfil sicológico. Entonces se pretende que un terrorista, una vez se desmoviliza, se convierta en un ángel. Ese reduccionismo hace que víctimas y victimarios compartan la clandestinidad. Ni un desplazado ni un desmovilizado logran conseguir trabajo ni reconstruir su vida.
Ellos llegan aquí sin haber hablado de lo que pasó en la guerra. El dolor es tan fuerte que han olvidado el recuerdo, y cuando hago las preguntas siempre terminamos llorando. Para mí es más doloroso porque después de la entrevista se cierra la puerta y ellos se van sin tener con quién hablar. El país y este ejercicio están en deuda con ellos, hay que hacer un trabajo psicosocial después del relato, porque en el proceso de reintegración dejaron una ventana abierta, una herida que no sanó.
 
Mi trabajo es lograr que esas personas aporten a la verdad. Afortunadamente he logrado sintonía con ellos, no soy nadie para juzgarlos. Busco algo más que llenar un formato, trato de ponerme en los zapatos del otro. Tengo un ritual: llevo algo de comida para compartir, frutas, galletas y un té delicioso.
 
Creo que si tenemos esta política de memoria se debería hacer un cambio en la política de atención a desmovilizados, para que se convierta en un puente entre el antes y el ahora, con perspectivas de futuro. Un caso: un joven llega al barrio y cuando saben que es desmovilizado le ofrecen trabajo de vigilante nocturno y le piden que ojalá mate a los ladrones. ¿Dónde está la frontera entre el antes y el ahora?
 
Hay temas que me impactan, como el reclutamiento forzoso y engañoso y el de la esclavitud sexual. Los hombres creen que si las mujeres acceden al comandante es porque sólo quieren salvarse de ir al rancho o prestar guardia, pero cuando hablo con ellas, me dicen que estuvieron obligadas. Sienten que las vincularon para ser esclavas sexuales.
 
En los hombres hay heridas que no sanan: llegaron siendo menores de edad y para mostrar ‘finura’, asesinaban y descuartizaban, y cuando se desmovilizaron, con mayoría de edad, se quedaron sin tramitar ese impacto violento. Son hombres que en la segunda pregunta lloran sin parar.
Acudo a mi experiencia de mamá para saber si me dicen la verdad. Cuando siento que alguien la está enmascarando trato de ver si se está bloqueando por dolor. Todos al final me dicen que venían dispuestos a decir lo mismo que han dicho en otras instancias del Estado y que terminaron contando muchas cosas.
Sé que muchas de esas personas podrían seguir contando más verdades, pero el volumen de gente es tanto que si le dedicamos más tiempo a cada uno, el procedimiento sería tan dispendioso que no podríamos cumplir con la meta de atender 15.000 personas en año y medio. Por eso es importante armonizar este proceso para lo que viene con las Farc. No podemos quedar sin memoria”.
 
“Soy desmovilizada del Epl. Sé lo que significan la guerra y la memoria. Ahora mi trabajo me enfrenta a personas que en aquella época consideraba mis enemigos. Ya había trabajado con reincorporados en Bogotá y ahí entendí que tanto la guerra como la paz son productos sociales y obedecen a una construcción cultural específica. Entendí que la guerra posibilita que en todos los bandos pueda haber barbarie, porque la sociedad ha ido naturalizando la violencia como ejercicio de justicia, como búsqueda de ideales, de estatus o reconocimiento. Así que cuando tengo al frente a un desmovilizado de los grupos paramilitares, veo que no es mi enemigo, es alguien que tuvo una experiencia relativamente parecida a la mía, con una relación distinta a la vinculación, alguien que generalmente tiene la mitad de mi edad, y eso me cuestiona sobre qué tipo de sociedad estamos entregando a los jóvenes.
 
* Versión editada por Gloria Castrillón

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