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Dos almas que sobrevivieron al horror de Bojayá

By 29 de mayo de 2013No Comments

Víctimas de la masacre ocurrida en una iglesia narran momentos de angustia que marcaron sus vidas.

A María Eugenia Panesso le dio tanto susto el sonido de las balas que cruzaban de lado a lado del río que prefirió salir de su casa y refugiarse en la de su tía Raquel. Estaba con sus tres hijos: de seis, cinco y un año y medio. Era el primero de mayo del 2002 y las vidas de los habitantes de su pueblo: Bellavista, fueron interrumpidas por un fuerte tiroteo que días después entraría a formar parte de la historia de violencia de este país bajo el título macabro de la masacre de Bojayá.

Para Noel Palacio, en cambio, “escuchar plomo” se había convertido en una costumbre, en una rutina, y más desde que los llamados grupos de autodefensa empezaron a hacer presencia en la región. A los dos, María Eugenia y Noel, el destino los puso en dos lugares distintos de una misma tragedia que hoy relatan con dolor, apelando a los instantes fragmentados que aún guardan en su memoria.

Ese día Noél no pudo cumplir con la jornada lúdica que tenía para ese martes, en la que él mismo desyerbaba y hasta cantaba con un grupo musical que él formó, y a María Eugenia le fue imposible atender el trabajo que había conseguido en una empresa promotora de salud, de aseadora y en el que llevaba apenas 15 días, de un contrato que había sido firmado para seis meses.

Resguardados en casas de familiares, escapando de las balas que iban y venían entre Vigía del Fuerte y Bellavista, y que cada vez parecían acercarse más, quedaron en medio de ese fuego cruzado de guerrilleros y paramilitares y con el convencimiento rotundo de que los enfrentados los iban a “respetar” en algún lugar, en un sitio sagrado, como la iglesia del pueblo.

“Como a las 6 de la tarde de ese primero de mayo, el padre abrió las puertas de la iglesia y ante el temor, mucha gente salió a correr para allá. Yo también me fui y ahí pasamos la noche”, cuenta esta madre de cinco hijos, que para la fecha tenía 29 años. Noel, en cambio, decidió quedarse en la casa de su tío. En la noche cesó el fuego, pero a la mañana siguiente volvió.

A eso de las nueve de la mañana del dos de mayo, cuenta María Eugenia, una señora que tenía problemas mentales salió a la puerta de la iglesia a barrer y uno de los tiros del fuego cruzado la impactó en la cara. “Entonces una persona la cogió y se la llevó para que le ayudaran”.

Los minutos y las horas pasaban lentos. “Había momentos en los que los tiroteos se tejían muy seguido: ‘ta ta ta ta ta ta, rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, boom, boom’, pero había momentos que se quedaba como en silencio, todo calmado”, cuenta Noel.

Un estruendo que dividió la historia en dos

Pero pasadas las once de la mañana un sonido único quebró la monotonía de las balas y el silencio sepulcral que había por momentos. “De un momento a otro sentimos un silbido muy fuerte, largo, intenso. Y cuando sentimos fue la explosión dentro de la iglesia”, narra María Eugenia con voz entrecortada.
“Fue la explosión que sonó más duro, fue muy fuerte, pero los que estábamos en las casas no nos imaginamos que hubiera caído dentro de la Iglesia”, relata Noel. Desde entonces, ahí, Bojayá y los habitantes de Bellavista empezaron a vivir momentos de horror que nunca olvidarán.

“Yo estaba recostada con mis hijos por el lado del altar. La pipeta cayó cerca. Y después de ahí vino la tragedia porque salió gente sin miembros, herida, desnuda… Yo salí de la iglesia y me metí a la casa cural y ahí le dije a mi hija Lorleidis: ‘Mami, su hermanito se murió, Lucho se murió…’. Y al rato empecé a sentir ardor en la espalda, en un brazo y le dije, ¡ay mami, yo también estoy herida!, porque me bajaba sangre por detrás”, revive María Eugenia.

Pasado el medio día, el mareo por el impacto de la explosión persistía en esta madre, quien unas horas después se dio cuenta de que su hijo Lucho no estaba muerto, porque iba arrastrándose por el piso hacia ella. A las cuatro de la tarde, alguien se lo llevó para hacerle la curación en el pie, del que había perdido todo el músculo gemelo.

A su hija Lorleidis no le pasó nada, pero en medio de la confusión, desapareció y no se volvió a saber nada de ella. Permanecía solo con su pequeño de año y medio en sus brazos y fue con él con quien cruzó el Atrato luego de que, tras la fuerte explosión, un grupo de pobladores les exigió a la guerrilla y a las autodefensas respetar la vida de los civiles.

El cruce por la vida

“La guerrilla lanzó la pipeta porque los paramilitares se estaban resguardando detrás de la iglesia. Cuando dijeron que ellos no iban a respetar la vida de la ciudadanía y que donde hubiera paramilitares iban a lanzar pipetas, así hubiera cerca pobladores, yo realmente me asusté. Y ahí fue cuando decidimos con un grupo de gente entre los que estaba el sacerdote del pueblo, que saliéramos con pañuelos blancos gritando ‘¡SOMOS CIVILES Y EXIGIMOS QUE RESPETEN NUESTRAS VIDAS!’”, afirma Noel.

Fue entonces cuando, con el río muy crecido, empezaron a salir de donde estaban resguardados y buscaron unas embarcaciones para cruzar el río y sacar a toda la gente de Bellavista hacia Vigía del Fuerte.

En esos momentos fue cuando Noel sintió la muerte de cerca, cuando en auxilio propio y de los demás, salió de la casa con el río hasta las rodillas y sentía cruzar las balas a lado y lado.

Poco a poco fueron evacuando a los pobladores hasta dejar casi que sin habitantes al pueblo. “Lo que quedó allá fue la iglesia con toda la gente muerta y alguna que otra persona que no se pudo trasladar fácil, por ejemplo: una señora de mi barrio que era cuadrapléjica y que sacaron después”, cuenta Noel.

El encuentro

Ya en Vigía del Fuerte, María Eugenia y Noel se encontraron. Son familiares lejanos, pero se alegraron de saber que por lo menos contaban entre sí, después de haber visto el rostro de la muerte tan de cerca. “Esa noche, se vino el aguacero más duro que yo haya visto en mi vida”, recuerda Noel, quien durmió en el colegio de la población vecina tirado en el piso, como muchos de los pobladores de Bellavista que habían cruzado el río.

Después, María Eugenia le pidió al sobrino de su esposo, Noel, que la ayudara a buscar a su hija Lorleidis, que había sobrevivido a la pipeta, pero no se sabía si lo había logrado de las balas. Mientras tanto, otro grupo de personas se encargó de ir a recoger los restos que habían quedado en la iglesia y de enterrarlos a todos en una fosa común.

“A los cuatro días apareció mi hija con otro grupo de gente que se había resguardado en la selva. Estaba llena de gusanos porque como a ella le cayeron restos de las personas que murieron en la iglesia, tenía en el pelo, en los oídos, en la planta de los pies, pero afortunadamente estaba bien”, dice María Eugenia.

Lucho, su otro hijo, y ella, eran los que estaban bajo los cuidados de las misioneras que había en Vigía del Fuerte, quienes fueron las encargadas de prestar los primeros auxilios a los que sobrevivieron a la pipeta. Después llegó el “programa aéreo”, como dice María Eugenia, que se llevó a Lucho para Medellín, en donde estuvo casi tres meses hospitalizado.

“A él tuvieron que reconstruirle el gemelo. Estuvo en coma y estuvo a punto de perder la pierna”, cuenta María Eugenia, quien también recuerda que unos días después, cuando estuvo mejor, salió desplazada de Bojayá hacia Quibdó junto a sus otros dos hijos y su esposo, que no estuvo en la masacre por estar trabajando.

Noel no se desplazó. Siguió en Bellavista y solo hasta el 2004 buscó en Quibdó estudios y perfeccionar su música, en la que lo apoyó el artista plástico Juan Manuel Echavarría, quien al verlo cantar en la visita del expresidente Andrés Pastrana, luego de la masacre, se animó a ayudarlo y apoyarlo con la música.

Un presente en el pasado

Hoy, Noel vive en Bogotá. Ha estudiado música, trabaja y quiere salir adelante sin olvidar de su memoria a su pueblo, a su gente y todo lo que él se forjó como persona en ese rincón olvidado y que “fue conocido en el país y el mundo por la masacre”. En su día a día busca hacer un homenaje a quienes murieron por medio de sus composiciones y trata de ir cada aniversario de la tragedia.

María Eugenia y sus hijos están en Quibdó desde entonces. Ella se “rebusca” la vida trabajando en casas, planchando, cocinando, para ayudar a su compañero a tener un mejor sustento para su hogar. Le duele recordar lo sucedido el 1 y 2 de mayo en su tierra, pero prefiere hacerlo porque asegura que cada vez que lo hace sana heridas, aunque sea en falso.

Un paso que su hijo Lucho no ha logrado, pues no sólo sufre constantes dolores de cabeza, nervios ante cualquier sonido fuerte como el de un trueno, sino que no ha podido avanzar en sus estudios y hoy repite por quinta vez sexto de bachillerato.

“A veces yo lo regaño y sale corriendo, se pone nervioso, no va al colegio… Yo también sufro de nervios, voy por la calle y siento que una persona puede hacer algo malo en cualquier momento. Y físicamente me duele mucho la cabeza, los senos se me inflaman, en fin, creo que las consecuencias se empiezan a ver ahora”, afirma esta mujer que pese a lo sucedido no olvida a su pueblo y lucha a diario por ayudar a otros, porque para eso cree que está viva.

Por eso también, aunque no es música como Noel, compuso una canción con la que le pide a los violentos cesar las masacres y busca que nadie olvide un capítulo triste de la historia reciente de Colombia, que no se debe volver a repetir. En conversación con EL TIEMPO compartió su composición, cuya letra dice así:

Yo nací en un municipio del Chocó
Donde la gente moría de bien, de enfermedades y no de violencia
Pero un día las familias que conocí
De ese municipio llamado Bojayá tuvieron que salir
Para llegar hasta Quibdó, donde nos encontramos ahora
Y nos llaman desplazados porque venimos de otro municipio
Pero ellos no saben que ellos mismos les puede pasar
Que aquella tierra les toca dejar.
Y le pido a Dios que no se repita lo que pasó allá en Bojayá
CORO
Que no haya más masacres por aquí
Que no haya más masacres por allá
Que no haya más masacres en Vigía
Que no haya más masacres en Ríosucio
Que no haya más masacres en Apartadó
Que no haya más masacres Señor
Que no haya más masacres, que no haya más masacres

Que respeten la vida de nuestros niños
ellos son el futuro de Colombia
que no haya más masacres, que no haya más masacres
y a Quibdó llegamos a cuidarno
pensando que la violencia no llegara aquí
pero se apoderó del Chocó
y está e Itsmina y en Bagadó
está en Condoto y en el Baudó
y a Basurú también llegó

CORO
Que no haya más masacres
Que respeten la vida de nuestros niños
ellos son el futuro de Colombia
que no haya más masacres, que no haya más masacres.

ROCÍO HURTADO ANDRADE
Redacción ELTIEMPO.COM
hilhur@eltiempo.com

http://www.eltiempo.com/colombia/otraszonas/dos-habitantes-de-bojaya-narran-la-tragedia-de-la-masacre-hace-once-anos_12830791-4

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