Mientras en los estrados judiciales han pasado 15 años sin lograr establecer cuántas y quiénes fueron las víctimas de la masacre de Mapiripán, el olvido del Estado sigue rondando cada esquina de este caserío del Meta. «Sean uno o 45 los muertos, lo cierto es que los paramilitares sembraron el terror en esta región y eso nadie lo puede desmentir», asegura Clemencia, una vieja colona.
Nadie quiere recordar la masacre. La gente se indigna cuando se les pregunta por los muertos y no por la carretera que todos los gobiernos les han prometido pero que aún nadie construye. Nadie quiere hablar de esa madrugada del 15 de julio del 2007,
cuando 87 paramilitares que llegaron desde Urabá se apostaron en cada esquina e hicieron conocer sus leyes. Hasta ese momento la palabra ‘muerte’ no se cruzaba por la mente de ningún poblador. Pero, para el día 20, las víctimas ya pasaban la docena.
«Nos dieron una especie de reglamento de convivencia y nos advirtieron que a las 5 de la tarde ya no podía estar absolutamente nadie en la calle. Así se hizo», recuerda el actual secretario de Gobierno, Manuel Jesús Ruiz, quien para entonces era un niño de 12 años. Él mismo ayudó a recoger el cuerpo degollado de una de las víctimas, poco después de la matanza.
Como en ese julio del 97, el pueblo sigue hoy sin energía eléctrica permanente (la planta funciona de 6 am a 11 pm), el agua llega cada dos días y las Farc acechan en las afueras del casco urbano.
Mapiripán ha sufrido todas las violencias y la falta de vías de comunicación ha ayudado a alimentar la guerra. El recorrido que se haría en una hora, entre la troncal principal y el pueblo, tarda hasta ocho, por la ausencia de carretera. En el camino solo se ven barro y garrapateros (aves de la región).
«Si hubiera vía, tendríamos cómo comercializar los productos y dejaríamos de ser un pueblo perdido entre el llano y la selva», asegura doña Lucy, la dueña de uno de los hoteles que tiene la población.
La gente asegura que no se va por falta de ganas, si no por necesidad. Por eso, personas como Arbey Ríos llevan más de 20 años en la región. Él fue un ‘héroe’ en medio de la masacre. En su hotel Monserrate (el otro que tiene el pueblo), alojó a los pocos que decidieron quedarse. Al mejor estilo de Hotel Ruanda, Arbey les daba posada en la noche para evitar que los ‘paras’ llegaran a matarlos.
«Primero vimos llegar a la guerrilla y pasearse por el pueblo; en el 97 entraron los paramilitares y quedamos a su merced; luego volvieron las Farc y sitiaron Mapiripán: éramos un ‘oasis’ al que caían cilindros disparados por la guerrilla desde la otra orilla del río Guaviare. Luego retornaron los ‘paras’ y los muertos», señala Arbey.
Hoy existe una imponente estación de Policía y un puesto del Ejército. El tránsito por tierra hacia Villavicencio es seguro, aunque hay presencia de la banda criminal Erpac, pero río abajo, rumbo a Caño Jabón (inspección de Mapiripán y donde también hubo una masacre), las Farc tienen el control. Es tan así, que al equipo periodístico de EL TIEMPO le enviaron la razón de que no tenía permiso para transitar. Por eso la trocha fue la otra opción.
La única fuente de trabajo es la empresa palmera Poligrow, aunque la gente tiene mucha resistencia a su presencia. También se están haciendo estudios petroleros, pero la avanzada que envió una empresa para mirar la viabilidad se quedó atascada en el camino un día entero.
«Con todo esto, ¿qué garantías tenemos para que Mapiripán pueda entrar en la restitución de tierras, si ni siquiera hay cómo llegar?», se pregunta don Jaime, uno de los osados transportadores.
Mapiripán es el tercer municipio más grande del país y pertenece al Meta, pero los servicios de salud, la Fuerza Pública, la ayuda de los organismos de derechos humanos y todo lo demás viene de San José del Guaviare, porque queda más cerca de allí, que de Villavicencio.
Las horas de horror
No era distinto en julio de 1997. Por eso la responsabilidad militar era del batallón Joaquín París, con sede en San José del Guaviare. «Desde el único teléfono que servía, que era el de mi hotel. yo mismo vi como el juez le suplicaba al comandante del batallón que mandara ayuda porque nos estaban matando. Ese coronel nunca nos auxilió», señala Arbey.
La masacre de Mapiripán fue la puerta de entrada de Carlos Castaño y sus Auc a esa región del país. Los aviones en los que llegaron los ‘paras’ a San José del Guaviare salieron de los aeropuertos del Urabá antioqueño y atravesaron medio país sin que ninguna autoridad hiciera nada.
Luego llegaron por río a Mapiripán, con ayuda de varios militares, y se quedaron ahí, sembrando el terror, hasta el año 2006, cuando se desmovilizó el bloque Centauros.
De esos interminables cinco días, en los que un golpe en alguna de las puertas anunciaba que los ‘paras’ llegaban a matar a alguien, solo queda un monumento a la entrada del pueblo, que quiere ser removido por los habitantes. «Esa mano empuñada no nos representa, porque aquí no estamos en pie de lucha. Lo único que queremos es olvidar», concluye doña Clemencia.
Mapiripán (Meta).
Jineth Bedoya Lima
Enviada especial de EL TIEMPO