Hablé un poco más. Cuando una alumna se preguntó «es que de qué pueden servir las ficciones en Colombia», quise responder cosas como «traen noticias del mundo», «contribuyen a la confusión», «desmontan los prejuicios», «articulan el desconcierto» y «destapan el oído», pero solo atiné a decir algo sobre ponerse en las botas de los otros. Y salí de ahí tan pronto pude con la sensación de que esa escena iba a servirme para algo.
Para esto: para decirle al auditorio de esa tarde, como otro ciudadano al que se le ocurren las respuestas tres años después, que quizás quien se dedique a leer tramas esté entrenado para pensar que los líderes colombianos más mezquinos de las últimas décadas se han empeñado en convertir a las delirantes Farc en el peor enemigo del país, pues todos los relatos que ven al público como un blanco -y todos los expertos en engañar a la multitud- avanzan por obra y gracia de un villano imposible de vencer: cuanto más implacable e inhumano sea el antagonista, más taquillera será la película. Quien use la imaginación como las piernas podrá ver, sin embargo, que el día en que no existan las Farc será claro que el verdadero adversario de Colombia ha sido su inclemente injusticia social.
Si se acabara la excusa sangrienta de las Farc, si no estuviera a la mano el cartel de las drogas de las Farc para echarle toda la culpa del infierno, al fin quedaríamos cara a cara con un puñado de gobernantes particularmente codiciosos, particularmente indignos, que para lavarse la imagen se han valido de esta guerra que no ha sido creada ni destruida sino apenas trasformada: tendríamos enfrente a los senadores que plagian, a los magistrados que matonean, a los mandatarios que pierden el tiempo del país, a los expresidentes que trinan, a los empresarios legales e ilegales que se quedan con todo.
Si en un giro de la historia tanto las Farc como el Estado en verdad reconocieran su derrota -si cuando se sienten a hablar, como se ha prometido esta semana, aceptan juntos la derrota de Colombia- un día podríamos dejar el melodrama, llamar las cosas por su nombre, tenernos enfrente, uno por uno, a nosotros mismos.
Podríamos armar ese rompecabezas de piezas refundidas que hasta ahora ha sido el gobierno de Santos; veríamos que la paz no es el insulto que reciben los guerreristas ni la tierra prometida que sueñan los tristes, sino el camino interminable que va a dar a las libertades; probaríamos qué tan capaces somos de trabajar con el repugnado, de ponernos en el lugar del victimario, de gobernar con el villano. Diríamos «Colombia fue un campo de concentración», «se vivió la vida entre la muerte», «todos caímos». Y emprenderíamos el viaje espinoso -que solo cabe en la imaginación- de un país invadido de psicópatas en el que el otro suele ser un enemigo que toca exterminar a un país hecho de personas en el que el peor enemigo es uno mismo.