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‘Podemos convivir, pero debe haber sacrificios’: Zenúes y Cerro Matoso

By 15 de abril de 2013No Comments
Conclusiones de la reunión entre el cacique indígena y el presidente de la compañía minera.

El encuentro entre el gobernador de los zenúes del Alto San Jorge, Irrael Aguilar, y el presidente de la empresa minera que opera Cerro Matoso, Ricardo Escobar, se produjo en Cartagena, en el apartamento del periodista Juan Gossaín, como árbitro del diálogo, pues fue él quien, en estas páginas, denunció las quejas de los indígenas de la región. (Minería y nativos inician ‘diálogos de paz’ en Córdoba).

Las partes han expuesto sus razones y su disposición a un arreglo. En el momento en que el abogado de los indígenas revela que han demandado a la empresa y que Aguilar irá a Estados Unidos a hablar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, todo parece derrumbarse. Para sorpresa del propio cronista, el ingeniero Escobar propone que trabajen para solucionar el “drama humano”, aunque los indígenas sigan adelante con el pleito.

***

El cacique Irrael Aguilar se pone de pie. Parece más resuelto que nunca. Cruza los brazos en el pecho.

–De acuerdo –dice–. No podemos olvidar el pasado, ni vamos a olvidarlo, pero también nos interesa asegurar el futuro. No quiero nada para mí, ni siquiera una gaseosa helada. Lo único que quiero es garantizar una vida digna para mi pueblo. Ustedes, los blancos, hablan de “supervivencia”. Nosotros no. “Sobrevivir” es una palabra de derrota. Nosotros hablamos de vida.

Mientras tomo apuntes, me hago una pregunta ingenua e ilusionada, para mi caletre, sin abrir la boca: ¿será que alguien los está oyendo en Cuba? ¿Será que los están oyendo los expresidentes y el presidente de la República?

¿Qué es el futuro?

El cacique les advierte que cualquier diálogo, de aquí en adelante, será de cara a la comunidad. El abogado José de la Hoz les recuerda que después de tantos años de disputas enconadas lo más complejo, ahora, es reconstruir la confianza de las comunidades hacia la empresa. No será fácil ni simple.

–Esta que empieza hoy es mi tercera lucha en la vida –dice el cacique–. Venimos librando la de nuestros padres, que es el pasado, y estamos librando la nuestra, que es el presente. Hoy empieza la lucha por nuestros hijos, que son el futuro. Estoy luchando es por mis hijos, y por los hijos de mis hijos.

–Y por los míos –dice el ingeniero Ricardo Escobar.

El cacique nos recuerda que, desde que empezó la minería intensiva en el sur de Córdoba, hace 30 años, “no ha habido más progreso, sino más pobreza. Abren el hueco, lo desocupan y se van. Y dejan escombros donde antes había minerales, que son los nutrientes de la madre tierra. O hay beneficios para que la vida siga, o hay que suspender eso. Eso es lo que yo entiendo por futuro”.

‘Papá, deme el recurso…’

De repente, el cacique se pone de pie. Le dice a Escobar: “Ya dije lo que quería decir. Espero que usted y yo sigamos entendiéndonos”. Escobar también se levanta. “No olvide nunca que mientras se sigan contaminando las aguas, el aire, los cultivos y la vida humana, no habrá desarrollo. Lo que está en juego es la vida, nada menos. Cada vez que alguien le quita un bosque a la madre tierra, yo siento como si desnudaran a la madre de uno”. Entonces se estrechan las manos.

–¿Podemos convivir ustedes y nosotros en un territorio así? –le pregunta el abogado Montoya.

–Sí, podemos –responde el cacique–. Pero hay que hacer muchos sacrificios. Por ejemplo, hay un tema que ustedes nunca tocan: el territorio. Para nosotros el territorio es la seguridad alimentaria de nuestro pueblo. Para ustedes es una mina. Para nosotros es madre y comida al mismo tiempo. Yo llevo tres días soñando con un pedazo de tierra donde pueda sembrar de nuevo la yuca y el arroz, sin que me los contaminen las aguas ácidas.

Baja la voz. Se pone un poco más íntimo.

–Les voy a contar un secreto. Mi hija mayor tiene dieciocho años y un día se irá a formar su propia familia. Entonces me dirá, como es la tradición: “Padre, deme el recurso”. El recurso es la dote. Si le doy esa puerca o esas gallinas, se las come en chicharrón y sopa. Si le doy un pedacito de tierra, aunque sea una hectárea, siempre tendrá maíz y una puerca y unas gallinas.

El cacique se acerca a cinco centímetros del abogado Montoya, que es dos veces más alto que él. Levanta la cara y, mirándolo fijamente a los ojos, le dice con suavidad:

–Si ustedes entienden eso, podemos vivir juntos.

–Usted nos dijo que no tiene título alguno –le responde el ingeniero Escobar–. En cambio, yo me he pasado la vida estudiando en las grandes universidades del mundo. Ojalá yo supiera las cosas que usted sabe.

Lo que sigue ahora

Los cinco hombres, sentados en una especie de círculo, como si estuvieran en una reunión familiar, coinciden en que hay que poner manos a la obra sin pérdida de tiempo. Ya se han perdido 30 años. Sin renunciar a sus procesos legales, deciden que los temas humanos más urgentes son la salud, la educación, el desarrollo de la agricultura, la protección de la naturaleza, el respeto al territorio nativo. “Y reconstruir la confianza perdida, que es lo más difícil”, insiste, con toda razón, el abogado De la Hoz. “Hay que reunirse de inmediato con las comunidades y hablar a la luz del sol”.

Todos se ponen de pie. El cacique Aguilar les dice a los empresarios:

–Les pido un favor. No me miren como un enemigo sino como un hombre que defiende los derechos del pueblo que lo escogió como líder. Eso es todo.

Entonces se van los dos, sin asesores ni nada, los dos solitos, el presidente de la empresa minera y el cacique de ocho municipios y más de cien cabildos, a hablar en un rincón. Están acordando la fecha urgente para su próxima reunión. Ya ese no es asunto mío.

Epílogo

Pienso en mi madre, que solía decir que hablando se entiende la gente. Pienso en mi abuelo Abdala, que el día en que llegó del Medio Oriente se metió a bailar fandango en la plaza de san Pelayo, allí mismito, a la vuelta de la esquina. Pienso en mi padre, aprendiendo español con su diccionario descuadernado, al que cuidaba como si fuera una reliquia sagrada.

Ojalá cumplan todos, empresa y comunidades, voceros, asesores y caciques. Para que se queden chiflando iguanas los políticos de mala calaña que le piden plata a la empresa para no hacerle debates, y al mismo tiempo les piden el voto a los indígenas con la promesa de hacerle debates a la empresa. Y los abogados marrulleros que viven de atizar las discordias ajenas. Y los extremistas de todas las pelambres, de izquierda y de derecha, que viven de azuzar a unos colombianos contra los otros.

Ojalá cumplan. Yo soy un soñador que vive de utopías. Pero también soy periodista. Y un periodista, al fin y al cabo, no es más que un escéptico bien informado.

www.eltiempo.com/politica/dilogos-entre-zenes-y-cerro-matoso_12739631-4

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